Autor: Santiago Canto Sosa

Gravidez

 

En una escuela secundaria de Calkiní sucedió el caso de un maestro que se presentaba los miércoles, con una licencia médica de dos días, y como estaba causando dolores de cabeza, el director decidió corregir el problema.

En uno de sus acostumbrados arribos a mitad de semana, Moisés –como llamaré a este personaje– fue avisado por los prefectos para que acudiera a la Dirección, a entregar un documento justificatorio.

     

Moisés, muy quitado de la pena, se introdujo a la oficina de Martínez –como apellidaré al director–, diciendo: aquí está “mi incapacidad”. Aquél tomó el papel membretado, al que le habían puesto los datos del paciente.

Al mirar el encabezado, Martínez sonrió; luego, sin poder contenerse, soltó una carcajada. Había leído: “Licencia por gravidez”. Moisés, con súbito interés, se acercó a leer lo que su jefe leyó –ahora– en voz alta: “Licencia por gravidez”.

El “enfermo” quiso arrebatarle la hoja a Martínez, pero éste la retuvo con fuerza y preguntó: ¿Así que gravidez? Moisés, tratando de arreglar la bochornosa situación, pidió hacer algo para que no se enteraran de este error los demás profesores. Se imaginaba la burla que tendría que soportar, al ver estampada aquella licencia en el registro de asistencia del personal docente.

Martínez le propuso remediar el caso, no volviendo a faltar a clases; sus compañeros estaban inconformes y algunos padres de familia se notaban inquietos por la desatención a sus hijos en una asignatura.

Durante largo tiempo, conserjes, secretarias y maestros se extrañaron de la actitud de Moisés, quien –en los recesos- le llevaba al director panuchos y refrescos, con una docilidad repentina.

Cierto día en que Martínez descansaba en la sala de su hogar, su mujer le señaló de una manera cortés: “Estás engordando...”

El susodicho, sabiendo el motivo de su reciente subida de peso, respondió sarcástico: “¡Ha de ser por la gravidez!”.

 
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