Autor: Santiago Canto Sosa

"Ibarra" y los cocos

 

A “Ibarra” cualquier situación le resultaba amena. Su figura flácida, desnuda por el pecho, iba de un lado a otro, detrás de la sombra de una carretilla de madera que le habían regalado para trasladar objetos pesados.

“Ibarra”, en este caso que hoy se relata, llevaba un montón de cocos hacia “La Japonesa”, un sector del barrio San Luisito llamado así por la popularidad de una tienda de abarrotes del mismo nombre.

“Ibarra”, óleo de Manuel Mijangos. 1980.
     

Los dueños tuvieron la costumbre de pintar la figura de una japonesa en uno de los costados del inmueble. Los nuevos y últimos inquilinos (familia Mayor-Cuevas) durante muchísimo tiempo siguieron estampando la imagen de la mujer de ojos rasgados, ataviada de un kimono y una sombrilla.

Enfrente de ese inmueble de Fernando Mayor Pérez existió una cantina, propiedad de Gabriel Vagundo Esquivel.

Hasta allí llegó nuestro personaje, con su carga de frutos exóticos cuyo dulce líquido ansiaban las personas riñonudas. Al estacionar su instrumento de trabajo, y antes de entrar al bar, miró de reojo el producto leñoso de las palmeras.

Al poco tiempo de traspasar el umbral de sillas, mesas y botellas, dos muchachos, alumnos de la ETA 86 (EST 3), pasaron por el lugar y al ver “abandonados” los cocos cogieron algunos.

Un vecino, al salir de la tienda, se dio cuenta del suceso. Al verse descubiertos, los adolescentes corrieron hasta perderse de vista.

El intruso en aquel atraco buscó al dueño de la carretilla; se arrimó a la puerta de la cantina y gritó: ¡“Ibis”, se roban tus cocos! Éste, sacó la cara por la abertura del aposento de cervezas y, sin preocupación, respondió: “¡Lo bueno que están contados!”.

 
Volver