Autor: Santiago Canto Sosa

Mi cementerio

 

Élmer Cocom aporta otro de sus textos:

Ernesto Alonso Rodríguez Moguel, mejor conocido como “Pelón”, peyorativo que sólo sus familiares y amigos más cercanos usan para referirse a él por el cariño que le tienen, es ingeniero de profesión. Trabaja como Profesor-Investigador de la UJAT y asesor de diversas empresas en Villahermosa y Cárdenas, Tabasco, donde radica desde hace más de veinte años. Es escritor, y pertenece al grupo “Génali”, de Calkiní.

     

Cuenta que en sus años de infancia hubo un tiempo en que estaba de moda el tema de la muerte. Un día, jugando en el fondo de su patio, se le ocurrió construir un cementerio, su propio cementerio, por lo que fue amontonando piedritas para cercar el terreno que ocuparía su construcción. Con algunas maderitas, que había recogido previamente, hizo las crucecitas, que colocó en las lápidas.

Al final de inmensa labor, no quedó convencido. Estaba triste porque su cementerio "no tenía vida"; en otras palabras, faltaban los muertos. Estuvo pensativo por largo rato, dándole vueltas a su cabeza en busca de una solución, que llegó cuando vio desfilar ante él –como un regimiento de soldados- a las gallinas y pollitos que su mamá soltara en la mañana para alimentarlos con maíz.

Lejos de miradas indiscretas, hurtó un pollito y le torció el pescuezo. Ya tenía al primer residente de su cementerio. Repitió el procedimiento una y otra vez, hasta que quedó satisfecho.

Al llegar la noche, su mamá, con ayuda de una linterna, contó los animales de su pequeña granja y se dio cuenta que hacían falta algunos. Estuvo buscándolos por todo el patio, sin encontrarlos, ante la mirada triste del autor de la fechoría.

Finalmente, abandonó la búsqueda; entró a la casa, pensando que quizá un zorro hizo presa de ellos. Ernesto se sintió mal por el incidente y el bochorno que había hecho pasar a su madre, pero calló.

Todo sea –se dijo- para darle vida a mi cementerio.

 
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