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Carlos Fernández Canul

LAS SEMANAS SANTAS DEL CALKINÍ DE AYER

 

Recuerdos de mi infancia me remontan a la década de los 50’s, cuando en mi pueblo se celebraban con verdadera religiosidad las actividades de la Semana Santa; constituían un verdadero ritual, ya que los protagonistas vivían esos momentos con fe, cosa que se ha ido perdiendo y que sólo en algunos lugares de nuestro país se realizan y sirven de atractivo turístico. Como todo evoluciona, al igual que nuestras costumbres, han quedado sólo en la memoria de quienes logramos vivir esos tiempos:

 

Domingo de Ramos: Previa invitación del párroco Gonzalo Balmes (+), los fieles se reunían a las puertas del templo; el color blanco de las palmas de guano y el olor a rosal impregnaban el ambiente. Acto seguido, el Padre bendecía las palmas con “agua bendita” y luego, con una imagen de Cristo, en procesión se entraba al recinto para dar inicio a la misa.

 

Miércoles de tinieblas: Siete de la noche; un enorme cortinaje negro, colgado desde lo alto, cubría el altar mayor. Se apagaban las luces y quedaba prendida solamente una vela; a lo lejos se escuchaban unos golpes (no se sabía de dónde salía el ruido). Atónitos, observábamos el ritual (era la noche en que el Señor consulta con su Padre sobre su crucifixión).

 

Jueves de Lavatorio: La ceremonia iniciaba a las siete de la noche. Una vez iniciada la misa, a la hora del ofertorio el párroco Balmes, palangana en mano, con agua y jabón lavaba los pies a los “apóstoles”, representados cada años por las mismas personas: Julio Escobar, Macelino Haas, Herminio Pantí, Epifanio Flores, Pedro Rivero, etc. Concluido el oficio religioso, se realizaba la procesión del Santísimo para llevarlo hasta el “monumento” (un altar en la capilla), donde sería guardado y velado por distintos grupos católicos durante toda la noche, previo horario.

 

Cerca de las 12 de la noche, la imagen del Nazareno era llevada en hombros y lo dejada en el baptisterio; ahí permanecería toda la noche. En esos momentos, el altar mayor ya lucía un enorme cortinaje negro, que hacía más solemne la ceremonia.

 

Una vieja “caja-matraca” marcaba los toques de los diversos actos litúrgicos; las campanas habían quedado mudas y volverían a ser tocadas hasta el Sábado de Gloria o de Resurrección.

 

Viernes Santo: Desde temprano, jóvenes y señores llegaban del monte cargando gajos de plantas de roble, zapote, pixoy y otros, para armar el “monte calvario”. En el centro del altar mayor se ponía una enorme cruz negra de madera y, dando las 12 del día, era sacada del Santo Entierro (caja de madera y vidrios) la imagen del “Crucificado”, la cual se clavaría en la cruz, y presidiría la ceremonia de las Siete Palabras, que iniciaba a las  dos de la tarde. Ésta consistía en lectura y meditación de pasajes bíblicos, a cargo del padre Balmes, quien arriba del “púlpito” desgranaba largos discursos que adormecían, por ratos, a los fieles. En los intermedios, un coro de voces, conformado por Máxima Buenfil “Maximita”, Natalia y Conchita Rodríguez, Juanita Berzunza, Amada Ceh, Isabel Sosa Ceh y Rita Millán (casi todas desaparecidas), acompañadas  por don Fulgencio Magaña en el “armonio”, entonaban cantos muy tristes que hacían más solemne el acto.

 

En punto de las tres de la tarde, se cerraban las puertas del recinto católico y desde lo alto del “Coro” se escuchaban unos ruidos que semejaban truenos y relámpagos, que simulaba don Ismael Avilés Herrera, con efectos. Luego, salía un grupo de “santos varones”, representados con trajes blancos por Francisco Trejo, Adolfo Caamal, Luz Yah, Arcado “Chel” Güemez” y Rosalino Ordóñez, quienes bajaban la imagen del “Crucificado” para colocarla en su sepulcro.

 

Miles de manos, con ramos de ruda, cubrían el cuerpo santo, con un olor que se impregnaba en el entorno, para iniciar la “Adoración de la Cruz”: Consistía en que el sacerdote colocaba un pequeño crucifijo en el suelo, el cual era besado por los fieles que echaban monedas en unos platos, que se intercambiaban. El motivo era para que no “faltara el dinero en casa”.

 

Enseguida, se rezaba el “Rosario de Pésame a la Virgen”. Comenzaba la Procesión del Santo Entierro: Grupos de señores cargando el hombro el “Santo Sepulcro”, que era colocado sobre una inmensa mesa de madera. En cada esquina se colgaban unas niñas vestidas de ángeles, también hileras de flores de “mayo” pendían del féretro. Éste recorría el atrio del templo y era colocado en el centro del templo, para su velación. El sábado se hacía el “Rosario de Pésame a la Virgen”.

 

Sábado de Gloria o de Resurrección: El ritual daba inicio a las 11 de la noche; se leían pasajes bíblicos, se prendía el “Fuego Nuevo”, el “Cirio Pascual” y por último el “Agua”, con la cual se llenaban tambores, cubos, botellas, etc. El agua era donada siempre por don Gonzalo Rodríguez. Esto tenía lugar en las puertas del templo. Al término, se iniciaba la misa. En el momento del “Gloria”, todos agarraban sus pedazos de plantas y caía el cortinaje negro y aparecía el “resucitado”, en repique de campanas y aleluyas; el altar lucía adornado con flores y cortinas especiales.

 

Concluida la misa, se realizaba la “procesión”, que sólo recorría el templo. Fallecido el párroco Gonzalo Balmes, se terminaron estas celebraciones que han quedado en la historia de esta ciudad.

 

Informantes: Rita Millán (+) y Pedro Rivero Canul.

 

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Fuente: "Recordando las Semanas Santas del Calkiní de ayer". Carlos Fernández Canul. Suplemento Dominical del Periódico “Tribuna” de Campeche, Cam. Domingo 8 de abril de 2001. p. 1.