Cuando
leí los primeros versos de Vianey, en trípticos
que su progenitor, el escritor Ramón Suárez Caamal
publicó en Bacalar, Quintana Roo, hace poco más
de seis años, me causaron una grata impresión. No
sólo por tener en cuenta la edad de quien los escribió,
sino por la forma en que manejaba las palabras y la cadencia de
cada línea plasmada.
En
un principio, algunos lectores dudábamos de la autoría
infantil de Vianey, ya que la creadora tenía siete años
de edad. Sin embargo, al tener enfrente a la poeta escribiendo
sus inquietudes y sus sueños (esos sueños que recogen
los niños al salir el sol), me permitió constatar
la fuente de aquellos versos lúdicos, coherentes.
Al
verla trazar las imágenes del entorno en cada hoja de papel
que llegaba a sus manos, entonces creí. Dichosos los que
escuchan y leen poesía y creen en el poeta, porque para
ellos serán el ritmo y las metáforas.
Vino
a mi mente el recuerdo fantástico de una niña prodigiosa:
la poeta precoz de la ex Unión Soviética, Nika Túrbina,
quien a los seis años ya redactaba sus vivencias en páginas
que el tiempo le convidó para decir sus quejas y temores:
"¿Qué no escribo mis versos?/ Está bien,
no soy yo./ Tomen sus cuadernos/ y escriban/ sobre lo que vieron
en el sueño,/ doloroso y claro,/ escriban sobre ustedes
también./ Entonces les creeré, amigos,/ mis versos
no los escribo yo."
En
su primera publicación, el cuaderno de poesía "El
insólito tiempo de escribir" (1989), Vianey mostró
al ave que intenta el vuelo, que vuelve a intentar y vuela; pero
ese vuelo es corto y necesita nuevos impulsos. Entonces, con nuevos
impulsos vemos llegar a la autora de "Sombra de mi sombra",
un volumen de hojas fragantes.
En
algunos textos, el ser se expresa tal y como es; refleja su emoción
en un espejo de palabras diáfanas. El aliento poético
de Vianey trastoca la realidad y la comparte con quienes se acecan
a su estro: "Camino en la playa/ y me encuentro una estrella
fugaz/ la que cayó del árbol/ y floreció
en la arena."
En
"Sombra de mi sombra, mar, pájaros, árboles,
estrellas, piedras, son elementos cotidianos que rondan las espaldas
de quien escribe. Hay versos configurados de una manera en que
los temas son demasiados altos para esta muchacha de trece años.
Quisiéramos, como lo comentara Juan Bañuelos, durante
su estancia en Calkiní, en octubre de 1992, que Vianey
contara también cosas propias de su edad. El fondo es tan
importante como la forma. Y el mensaje que nos ofrezca será
digerido con presteza, apetito y reflexión, como en "Sombra
de mi sombra" se pone de manifiesto: "No sé si
soy madera/ noche en tu memoria/ o barro de fuego que derrumba
tu puño./ No sé si soy esclava en los espejos/ o
silencio/ o la quilla que se perdió en el último
relámpago./ Quizá soy la tinta que corre por la
hoja."