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Opinión de Gumercindo Tun Ku
 
(24 de julio de 2012)

Indigenismo maya

 
 

A lo largo de nuestro devenir histórico hemos observado patrones y elementos propios de las culturas indígenas de nuestro país, México; una riqueza cultural dada por su folklor, es decir, la suma de todos los aspectos de lenguas, costumbres, tradiciones, gastronomía, vestuarios, etc. Y que han sobrevivido dentro de todos los movimientos étnicos desde la llamada “conquista” hasta nuestro presente. Caso nuestro, la cultura Maya, en la Península de Yucatán.

En este siglo XXI si nos percatamos y analizamos las condiciones de orden social y cultural de nuestra nación, habremos de ver que son realmente muy pocas las influencias que pueden detectarse como legado indígena, siendo aún un país “pluricultural”. Esto se debe al rompimiento de las estructuras socio-políticas de las civilizaciones “conquistadas” y que así tenía que ser por determinación inobjetable de los invasores, pues sólo así podía ejercer una verdadera dominación y proceder a la explotación de los indígenas.

La espada y la cruz en manos de los invasores impuso sobre voluntades, nuevos conceptos del hombre, de Dios y del universo; la cosmovisión maya se desplazaba diametralmente irremediable; la invasión atacaba la médula espiritual étnica dando paso a la composición de un nuevo mundo, de un nuevo orden espiritual-religioso que complementaba su balanza.

Decía anteriormente de nuestro folklor, que los gobiernos toman como cultura y que de legado indígena nada en la estructura político social del país, nuestras autoridades actuales han tomado el indigenismo como banderas de programas de contenidos superficiales, hay que decirlo. Nuestros pueblos no son dignificados como sujetos, al contrario se les sigue explotando como materiales y objetos turísticos.

Ahora en este nuevo “mundo maya” los extranjeros que más dinero vengan a gastar, porque no es otra cosa más, recibirán el título de AHAU, la máxima distinción maya, mientras que el indígena sigue laborando en el campo de sol a sol y ni siquiera sabe que los vestigios arquitectónicos que deslumbran al mundo, fueron hechos por sus antepasados, que seguramente él, nunca tendrá la posibilidad de verlos de cerca.

Aunque quisiera yo decir lo contrario no puedo, veo una realidad sobre la vida indígena, los discurso de ideología educativa, de antropología, de arqueología, el de los funcionarios de gobierno, igualmente las artes, exaltando las culturas indígenas como origen de la nacionalidad mexicana; sin embargo, muy lejos en el ejercicio de poder los mismos, asumir el control de sus propias instituciones y formas de vida, y en consecuencia de su desarrollo económico y social, implementar los mecanismos propios para mantener y fortalecer sus identidades.

Los programas de paternalismo gubernamentales frenan el verdadero desarrollo de la interculturalidad, se han viciado los esquemas de apoyos; al indígena no se le debe regalar, se le debe de pagar por su trabajo, por la productividad del campo, de sus artesanías, de sus espacios explotados por el turismo.

Existen convenios, comisiones, leyes y acuerdos relacionados con la materia, mas no se aplican como tales, son productos de ejercicios de gestión pública, de cumplimiento normativo institucional. Los que caminamos a diario entre nuestros pueblos podemos dar razón de la vida indígena, el rescate y el fortalecimiento de la identidad es imperativamente urgente. La conciencia maya debe resurgir.

Desde cualquier enfoque que le demos hoy a la vida rural, siempre hemos de ver la gran desproporción existente entre las sociedades, una desigualdad que a lo largo de nuestra historia ha generado movimientos de masas en aras de los derechos y la libertad.

En este séptimo mes del “2012,  año de la cultura maya”, conmemoramos una gesta heroica y trascendental de sublevación, de resistencia indígena; un movimiento social contra el dominio invasor, un no a la sumisión de los descendientes de la gran raza maya, una lucha de sobrevivencia que según los historiadores le llaman "guerra de castas".

Cecilio Chi, el 30 de julio de 1847 inició una guerra que habría de durar casi medio siglo; durante estos años de lucha, los hombres blancos desacreditaban a los líderes del movimiento alzado, haciendo de ellos enemigos del progreso; la insurrección indígena exigía su integración a la sociedad moderna mexicana, lo mismo que exigimos hasta el día de hoy.

Sin duda, los contextos sociales son diferentes con la actualidad, sin embargo, recordar estas hazañas nos permite llegar a una conclusión, los indígenas mayas, seguimos vivos y seguimos luchando por lo que es nuestro, nuestras tierras, nuestras costumbres y nuestras tradiciones, en busca de esa justicia social basada en la libertad y la igualdad.

Sobre la historia de la espada y la cruz, la emancipación indígena maya es impostergable.

 
 
Fuente: texto de Gumercindo Tun Ku, 24/07/2012 / Foto: Santiago Canto Sosa, 2007