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El pueblo de los osos (Tradición nunkiniense) / Andrés Jesús González Kantún
       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nadie se acuerda de dónde vino ni cuándo apareció el primer oso en el poblado de Nunkiní; lo único que se sabe es que en Carnaval todos quieren ser osos.

En un principio surgieron en grupos y eran completamente ariscos. Ese carácter indómito los hacía temibles con sus enemigos, que osaban enfrentarse a ellos en el desahogo de viejas rencillas.

Los barrios de San Román y el Gato Negro eran enemigos a muerte y se agarraban, precisamente en Carnaval, a trancazos y pedradas, protegidos en la clandestinidad de sus disfraces de osos, y para evitar confusiones entre ellos tenían una clave que los hacía identificarse.

Los zafarranchos que provocaban todavía cuelgan en la memoria de mucha gente. Ahora los osos casi se han civilizado.

Se presentan dando brincos, volantines, y se comunican a través de gritos estentóreos, ininteligibles, causando la turbación de las personas que no los conocen, pero que hacen la delicia de todos los habitantes del lugar.

El oso gruñe, se embriaga, se revuelca, se contorsiona, gime por puro gusto, debido a los cimbreantes latigazos recibidos a cada momento, en su tosco lomo, por un domador que lo guía sin dificultad cuando se cansa o lo arrastra cuando se resiste; cuerda o cadena es el cordón umbilical que los une siempre.

Su traje es muy singular, confeccionado de piel de pita o fibra sintética que le cubre todo el cuerpo, que a más remedo de plantígrado semeja a un grotesco muñeco informe. La parte dorsal es cubierta con un pedazo de piel reseca de venado, cuya finalidad es resaltar el chicotazo que se le propina a cada rato para menguar su inagotable energía.

En la cintura de ambos (domador y oso) cuelgan sendos cencerros cuyo tintineo anuncia su presencia por los lugares en donde deambulan.

El oso sufre en su carapacho de costal, pues necesita mucho corazón para soportar el intenso calor, producido por su piel artesanal de traje hermético y asfixiante. Si no contara con el apoyo de “Dionisio”, quizá no hubiera osos enfundados en piel de agave, aunque cuentan que algunos han muerto, no se sabe sí de calor o del vino.

Así se festeja el Carnaval en Nunkiní, tierra de petates y sandías, la fiesta sin par de osos, osas, ositos y ositas. Carnaval de hombres que quieren ser osos... y de osos que no quieren ser hombres.

Esta tradición ha trascendido a otros lugares del municipio de Calkiní.

 

Fuente: Un viaje folklórico por el solar nativo. Andrés Jesús González Kantún. Vol. 6 de la Colección Ah-Canul. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche; 2007. 82 Págs. / Foto: Santiago Canto Sosa; 15 de febrero de 2010.

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