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El carnaval de Calkiní / Andrés Jesús González Kantún
       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El carnaval, en su origen, era una práctica pagana de los romanos con la finalidad de rendir culto a los dioses Momo y Baco que simbolizaban, respectivamente, la alegría y la libación. A los españoles se debe el hecho de haber traído el carnaval al Nuevo Mundo.

En Calkiní, como en muchos países de habla hispana, el carnaval es practicado por niños, jóvenes y viejos, es decir, no existe límite de edad para disfrutar de esta tradicional festividad. Se puede asegurar que por su originalidad y colorido es un festejo único en el Camino Real. Es tanta su fuerza de seducción que en esas fechas (febrero o marzo) se acrecienta la visita de amigos y familiares avecindados en otros estados de la república. Quien no ha disfrutado un carnaval de Calkiní no sabe lo que es bueno; valdría la pena darle una probadita.

Una de las diversiones más celebradas, que ha desaparecido de su contexto, es la comparsa del “gallito”, formada por un grupo de jóvenes, los cuales interpretaban un canto con letras de hechura fina, que satirizaban a las personas de manera elegante. Cuando se quiso resucitar, se tuvo que prohibir, porque se confundió la esencia de su origen, al transformarse aquellas letras cautivadoras en una sarta de ofensas, dirigidas tanto a las autoridades como a particulares.

Este grupo heterogéneo cargaba un gallo de vistoso plumaje, que lo iban peloteando al son de una música pegajosa. Bailaban en rueda y en medio; un payaso moviéndose por todos lados, mientras en coro, todos -con un papel en la mano- desgranaban picarescos versos, en donde hacían alusión a las personas que durante el año sufrieron algún percance físico o su conducta haya sido motivo de habladurías; cuando escuchaban a estos personajes o les contaban lo que decían, no se sentían aludidos, debido a que los mensajes tenían una construcción muy ambigua y delicada.

Ante el veto de las autoridades por el renacimiento de esta actividad, pero en tono agresivo, un grupo de personas anónimas se valió de otra artimaña: los panfletos que se tiraban clandestinamente en la ciudad por lugares estratégicos; un acto todavía más reprobable. Sin embargo, el pueblo afecto al encanto de lo prohibido siempre los conseguía para darle gusto a su morbosidad.

Esta gente, que se cobija en la clandestinidad para lastimar honorabilidades, no quiere entender que el carnaval es una fiesta de crítica de altura, en donde el juego de palabras transmite lo que el público desea, pero de manera creativa y no con aquella palabrería dicha en forma burda e irrespetuosa. Hoy, ese “gallito” de antaño se ha vuelto afónico; ya no cuenta con ese canto alegre de mensaje chusco. Ha muerto por completo; lo mató la vulgaridad. Ojalá vuelva a reencarnar, pero en traje de gala que da la palabra bien creada.

Pero la fiesta de Momo y Baco sigue su curso; no se detiene, se transforma y adquiere innovaciones en el camino, pero conserva lo más importante: el espíritu intacto de la música, color y la alegría. Señalaremos algunas:

Antes, las comparsas y estudiantinas se acompañaban de música viva, hoy es electrónica. Ayer, la diversión era un poco más recatada; hoy, predomina el desparpajo y preferencia por el ritmo atolondrado de la música disco como le llama la juventud. Ayer se pintaba en el martes de carnaval con un polvo para lavar y se respetaba a la familia; hoy se pinta con todo y se arremete a quien se ponga en el camino; hoy los paseos de los carros alegóricos son insuperables en comparación con los del ayer.

 

 

Sea lo que fuese, el carnaval de antes como el de hoy es digno de elogiar; todo depende del color del cristal con que se mira la época que a cada uno le ha tocado vivir.

Después de todo, el carnaval de Calkiní se puede resumir en lo siguiente:

Por sus concursos de todas las edades para elegir a los soberanos; por la concentración de estudiantinas en la Unidad Deportiva “20 de noviembre” (una gran oportunidad para aquellas personas que no son afectas a salir durante el carnaval); por sus bailes de gala y de disfraces con su lluvia de serpentinas y confetis; por los osos nunkinienses que vienen de excursión a estos lares; por su noche de vaquería; por la bulla que se arma entre los muchachos el martes de pintadera; por la exhibición de carros alegóricos en sus diferentes modalidades; por las bataholas que se forman a cada rato por causa de Dionisos; por la asistencia de las comparsas y estudiantinas en los domicilios donde fueron invitadas, y por último la lectura póstuma del testamento y quema de Juan Carnaval.

Este es el carnaval de mi ciudad; una tradición incambiable; una fiesta a la que se ha dado identidad y arraigo gracias a la participación del pueblo en general, que no olvida sus raíces, y en especial las escuelas de todos los niveles, que sin ellas no se mantendrían vivas estas festividades, y de igual manera a los encargados de organizarlas (las autoridades municipales).

Calkiní es tierra pródiga de insuperables tradiciones.

Martes de Carnaval.

-¡Ahí va! ¡Ahí va! ¡Qué no escape! -exclama excitado un grupo de mozalbetes empuñando en sus manos un polvo azul, de ese material usado en antaño por las mujeres para lavar la ropa, que se va regando en el camino mientras persiguen a un muchacho que tuvo la mala suerte de atravesárseles a su paso.

Aunque en realidad no ha sido casual, fue a propósito. Es un martes de carnaval, mejor conocido como de pintadera; una fiesta en donde ningún joven o niña resiste la tentación de dejarse pintar. Aquel perseguido no corre para salvarse, sino que actúa porque sabe que es el precio que se paga en el martes de carnaval.

Desafortunadamente, esa costumbre se ha ido degradando por el uso de materiales prohibidos como el chapopote, pintura de aceite, huevos, etc., y además ya no se guarda el debido respeto a la investidura de ciertas personas como las mujeres, transportistas, visitantes, incluso se llega al colmo de pintarrajear los vehículos, que tienen la mala fortuna de transitar por donde corretean esos gañanes.

Esa costumbre de la pintadera ha perdido parte de su esencia y poco a poco se ha ido trasladando a los barrios. Ahora son escasos los adolescentes que la practican tal como debe de ser y les han cedido el lugar de manera automática a los niños.

 

 

Doña “Huacha Sierra” y sus “viejas verdes”.

Al compás de una contagiosa pieza musical o de raíces hispanas viene bailando en graciosos giros un grupo de mujeres de la tercera edad. Aunque el tiempo ha dejado huellas en sus envolturas físicas, aún conservan fresco y henchido el corazón de regocijo y sabor musical.

Esplende en el grupo la más vieja, la más salerosa, la que ostenta el escudo de la comparsa que por muchos años no ha dejado de participar en el carnaval de Calkiní, se trata de la desaparecida doña “Huacha Sierra” y sus “Viejas verdes”.

No obstante haber partido, su espíritu se mantiene vigente en el alma de estas fiestas, y de la comparsa que formó, aunque con nuevos elementos, la cual sigue dando batalla como el primer día en que ella decidió crearla.

Requiéscat in pace, doña Eufrasia Sierra.

 

Visita de las estudiantinas a domicilios anfitriones.

La familia entera y amigos invitados esperan, calmosamente, la llegada de las estudiantinas invitadas para actuar en casa, mientras saborean ricos antojitos regionales y bebidas en honor de Dionisio.

Cuando se anuncia la presencia de los artistas, todo mudo arrecia en la gula y libación y se apresta a levantarse para dirigirse al lugar destinado para la actuación de los invitados.

La intervención del grupo de danzarines alcanza su clímax cuando a los dueños de casa se les invita a participar con el baile de la jota. En un principio como que no quieren la cosa, pero luego saltan eufóricos al ruedo, ahora sin ninguna clase de inhibiciones por la animación de los amigos, por un lado; y por el otro, por Baco. Su actuación ha sido soberbia y se les premia con un nutrido aplauso.

Con esta pieza musical española concluye la visita de las estudiantinas, pero con la promesa implícita de volver el próximo año.

Esta singular costumbre ya ha sido adoptada por muchas familias calkinienses y algunas sociedades culturales, como la REYDE, que se programan para recibir a las comparsas y estudiantinas en sus respectivos locales.

 

Fuente: Un viaje folklórico por el solar nativo. Andrés Jesús González Kantún. Vol. 6 de la Colección Ah-Canul. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche; 2007. 82 Págs. / Fotos: proporcionadas por Narciso Cuevas Flores.

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