Inicio de la página
Comentarios, artículos, columnas...
 
(27 de marzo de 2005)
 
Epitafios // Iván Turriza Pinto
 

En memoria de María de los A. Pinto N. A once años de su sensible fallecimiento.

¡Cómo lamento y lloro tu eterna ausencia
Cuándo sube a mis labios la confidencia
Buscando en tus palabras dulce consuelo!
Aunque te brinde dichas y paz el cielo;
¡Cuánto lamento y lloro tu eterna ausencia!
Enrique Hernández Miyares. (Poeta cubano).

Los epitafios son esas frases que se colocan en las lápidas de las tumbas. Hay algunas que encierran un reproche, como aquella que puede verse en un cementerio de Minnesota: “Fallecido por la voluntad de Dios y mediante la ayuda de un médico imbécil”. O la de aquél señor que se preocupaba demasiado por su salud y se tragaba toda clase de menjurjes: “Aquí yace un español, que estando bueno quiso estar mejor”. Otros, aprovechándose de su profesión, se hacen promoción gratuita. Como en una lápida mortuoria de California: “Aquí yace Jane Smith, esposa de Thomas Smith, marmolista. Este monumento fue erigido por su esposo en memoria suya y como modelo. Sólo cuesta trescientos dólares”.

Otros epitafios encierran toda una enseñanza filosófica. Para aquellos que no experimentan en cabeza ajena en San Salvador, República de El Salvador, se haya un monumento coronado por un automóvil destrozado cuya inscripción reza: “Esto significa: alcohol, velocidad y distracción”.

Del ingenio popular nos llega este epitafio que alguna señora, desilusionada de su marido, le mandó grabar en su tumba: “Aquí yace mi marido, al fin rígido”. O el de aquel señor que dedicó a su mujer: “Aquí yace mi mujer, fría como siempre”.

Según algunos estudiosos eso de escribir epitafios tuvo su origen en el antiguo Egipto.

Los egipcios fueron un pueblo que veneraba mucho a sus muertos. Las grandes construcciones que realizaron para enterrar a sus gobernantes y la conservación de sus cuerpos (momificación) son ejemplo elocuente de su preocupación por “el más allá”.

Los egipcios pensaban, y no estaban equivocados, que al escribirle su epitafio al difunto “hacían vivir su nombre”.

Afortunadamente se han conservado algunos ejemplos de epitafios egipcios: “¡Que no sea rechazado de vuestra puerta, dioses! ¡Que no la encuentre cerrada con cerrojo!¡Ojalá pueda contemplar a Tum, mi Padre, establecido en sus dominios del Cielo y de la Tierra!”.

O como este otro que procede de un anónimo poeta de la XI Dinastía (2049 – 1991 a. de C.):

“Hoy la muerte está frente a mí
como la curación frente a un enfermo,
como el salir al aire libre después de una enfermedad.
Hoy la muerte está frente a mí
como el perfume de la mirra.
Hoy la muerte está frente a mí
tentadora como el deseo de la casa propia
para quien haya estado preso muchos años”.

La invocación a los dioses de las tinieblas y de las profundidades era cosa natural en el antiguo Egipto: “Que Hades te conceda agua fresca, porque perdiste la dulce flor de la juventud”.

Probablemente los griegos hayan adquirido la afición por los epitafios de los egipcios. Lo cierto es que con los griegos los epitafios adquieren un sentido filosófico nunca antes visto; pero no por eso desprovisto de cierto sarcasmo e ironía, como el escrito por el poeta alejandrino Calímaco (s. IV a. de C. ): “Aquí, Filipo enterró su mayor esperanza, / Nicóteles, su hijo de doce años”.

Los que morían por la Patria no eran olvidados, su sacrificio era recompensado con la inmortalidad. Así lo manifiesta un epitafio griego escrito por Simónides de Ceos (¿556-467? a. de C.):

Estos hombres, después de cubrir de gloria
a la amada patria, fueron cubiertos por la oscura
nube de la muerte. Y muertos, no han muerto,
pues su valor los devuelve de la morada del Hades.

El sacrificio que de su vida hiciera el general espartano Leónidas, junto con sus trescientos acompañantes, en el desfiladero de las Termópilas (480 a. de C.) combatiendo a los invasores persas les valió un monumento funerario y un epitafio que reza así: “Extranjero, ve y dile a Esparta que aquí yacemos por ser fieles a sus leyes”.

Célebre es el epitafio que el matemático griego Diofanto ostenta en su última morada: “Esta tumba contiene a Diofanto. ¡Oh gran maravilla ! Y la tumba dice con arte la medida de su vida. Dios hizo que fuera niño una sexta parte de su vida. Añadiendo un doceavo, las mejillas tuvieron la primera barba. Le encendió el fuego nupcial después del séptimo, y en el quinto año después de la boda le concedió un hijo. Pero ¡ay !, niño tardío y desgraciado, en la mitad de la medida de la vida de su padre, lo arrebato la helada tumba. Después de consolar su pena en cuatro años con esta ciencia del cálculo, llegó al término de su vida”. (¿Cuántos años vivió Diofanto?)*

Los romanos, quizás, adquirieron de los griegos el gusto por los epitafios. Hasta nosotros han llegado varios de ellos.

Publio Virgilio Marón (70 – 19 a. de C.), poeta latino, hizo grabar sobre su tumba: “Mantua me dio la vida / que Calabria me arrebató; / ahora pertenezco a Nápoles, / canté granjas y pastos, / capitanes y sus guerras”.

Otros epitafios hacen mención de las glorias guerreras: “Aquí yace Escipión Africano el Mayor (235 – 183 a. de C.), cuyas acciones ni sus compatriotas ni los extranjeros pueden negar”.

En las Catacumbas romanas, cementerios subterráneos que utilizaron los primeros cristianos como centros de reunión, se han encontrado los siguientes epitafios: “Quietos yacen los huesos entre las piedras / mientras el alma vuela a voluntad de Dios”. “Nacido con el nombre de Pascasio Severo el jueves de Pascua, día anterior a las nonas de abril... quien vivió seis años, recibió la gracia el 11 de las calendas de mayo y depuso sus albas bautismales en el sepulcro la octava de Pascua”. “Aquí está puesta Veneriosa, recién bautizada, que vivió seis años, finó el 8 de las idus de agosto”. “A Domisio inocente, recién bautizado, que vivió tres años, treinta días”.

Los mexicanos, tal vez, recibimos de los españoles eso de escribir epitafios. Los pueblos mesoamericanos sentían una profunda veneración por sus difuntos. De ahí que pronto adquiriera carta de naturalización en nuestro país escribir sobre las lápidas de las tumbas algún pensamiento dedicado al ser querido.

No faltarán aquellos que saquen a relucir su sentido del humor, como la funeraria González que anunciaba allá por los años cincuentas del siglo pasado: “Aquí no nos pasamos de vivos con los muertos”.

En el cementerio de la ciudad de Calkiní podemos admirar varios sepulcros que contienen originales inscripciones.

Los familiares de Alejo Pérez García y Petrona España Pacheco escribieron: “¡Papi y Mami: El dolor de haberles perdido se convierte en gozo al saber que Dios les ha recibido”.

En la tumba de la niña Librada R. Santoyo C., quien falleciera a los cuatro años de edad, se lee la siguiente cita bíblica: “Viéndolo Jesús les dijo: Dejad los niños venir a mí y no se los estorbéis; porque de los tales es el Reino de los cielos. Marcos Cap. 10:14”. Además, en la lápida tiene esculpido un reloj que marca la hora de su deceso: 6:30 A. M.

Sin duda alguna las madres son las que se llevan los más grandes elogios. Como la inscripción de la Sra. Clementina May: “Duerme en Paz madre querida que / mientras duren nuestras vidas / depositaremos en tu loza fría / rosas, lágrimas y oraciones”.

Desde luego que también hay recuerdos para el progenitor. “A la paz ganada por un padre que supo cumplir su misión en la vida”. Epitafio dedicado al Sr. Hernán Avilés Pérez. Pero quizá el más significativo sea el que le escribieron sus hijos al Sr. Felipe de Jesús Dzib Puc: “Viejo: Descansa en Paz”.

En el camposanto antes mencionado, en los lotes que llevan los números 61 y 62, se encuentra el Osario de la Familia Pinto Negroe, en él encuentra su sueño eterno la que en vida llevara el nombre de María de los Ángeles Pinto Negroe (1930 – 1993). Persona muy apreciada por la sociedad calkiniense por su amabilidad, don de gente y afable trato. Como un homenaje a su memoria dedico este acróstico, que bien pudiera servirle de epitafio:

Al recuerdo de tía Olo, con gratitud.

M oriste para este mundo de ingratitud
A l prójimo ayudar fue tu mayor virtud
R ecuerdo tu rostro santo de beatitud
I rse tu alma purísima por la altitud
A sí lucías santificada en tu ataúd

D e ti yo tengo recuerdos de gratitud
E n tu alma noble no cabía ingratitud

L os que te conocieron en la juventud
O rgullosos testificarán plenitud
S obre todo notificarán rectitud

A quellos que testimonian tu magnitud
N o dejarán de reconocer excelsitud
G anaste el amor de todos con tu actitud
E ras por antonomasia la gratitud
L ucías como una estrella en su plenitud
E ras astro que guiaba nuestra rectitud
S eguirá haciéndolo, aun estando en el ataúd

P ero tu deceso nos llenó de inquietud
I luminar ¿quién podrá nuestra juventud?
N o habrá otro faro para guiar alba virtud
T ú iluminabas con tu luz la negritud
O scuro y triste, tú, alumbrabas el ataúd.

N o sea tu ausencia eterna causa de inquietud
E n ti hallaremos ejemplo de gratitud
G racias te damos por ser ángel de virtud
R ogamos a Dios te acepte con amplitud
O ramos para que alcances la beatitud
E ras una santa, aun tendida en el ataúd

Y para aquellas personas que se abaten, sufren, acongojan y entristecen pensando en la ingratitud, el olvido, la indiferencia y el abandono de sus seres queridos después de su muerte es bueno, como consuelo, meditar en las palabras del escritor francés Henri de Montherlant (1896-1972): “Hay personas que viven, únicamente, por un bonito epitafio”.

Y usted, amable lector, ¿ya redactó su epitafio?

* 84 años. (325 – 409).

 
Fuente: Texto proporcionado por Iván Turriza Pinto