El corazón de Ah' Canul - 27
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Hanal Pixán
Entre la vida y la muerte, celebración en Calkiní
Felipe J. Castellanos Arcila
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En la cultura maya antigua, cuando un individuo fallece, su espíritu se traslada al inframundo, desde donde aguarda su retorno al mundo de los vivos.

En Calkiní, como en la gran mayoría de las poblaciones de la Península Yucateca, se mantiene una fuerte raigambre ligada a esta cultura, que se manifiesta en diversas formas de expresión, como la del Día de Muertos presente en todos y cada uno de sus habitantes y que de manera clara expone lo más profundo de estas raíces.

El retorno al hogar de los parientes fallecidos, en los días de la celebración, trastoca el diario acontecer de las familias, quienes al interior de la misma, con antelación se van preparando para este acontecimiento, tanto de manera espiritual, con el reencuentro contemplativo, a través de los recuerdos, evocando a los familiares y amigos ya fallecidos, como de manera física; habrá que limpiar las casas y los patios, las tumbas y los osarios, elaborar el horno de tierra para cocinar los alimentos, preparar el altar para las ofrendas, confeccionar los dulces tradicionales, en fin, todo lo necesario para esta celebración.

En la noche del día 30 de octubre, "Día del Mercado", que se prolonga hasta las primeras horas del amanecer del nuevo día, la población en romería acude al Mercado Municipal, lugar donde asisten, a comprar las vituallas para la celebración a sus muertos: pan, chocolate, dulces, entre éstos las calaveritas de azúcar, incorporadas a la tradición local en tiempos más recientes, los silbatos y los inciensarios de barro de Tepakán; la fruta: jícamas, naranjas y mandarinas; papayas verdes, ciruelas y calabazas secas, estas tres últimas, para la elaboración de dulces; las velas y las veladoras, para los altares; y principalmente lo requerido para la preparación de la tradicional comida de los muertos (Hanal Pixán), los "pibipollos"; carnes de cerde y pollo, manteca, pasta de semillas de achiote, hojas de plátano, los condimentos, y la masa de maíz, que se utilizarán para su preparación.

Situación que se repite en la noche del día 31.

El día 31 de octubre, "Día de los Niños", se pondría el altar correspondiente a éstos, con las fotografías de los "pixanitos" (alma de los muertitos) que vendrán a la visita desde el otro mundo; las velas y las veladoras de colores, los juguetes, entre ellos los silbatos de barro, los dulces y los refrescos, las flores y, en la más pura tradición, una pequeña cruz de madera en color verde.

Muchas familias desde este día, por la tarde, preparan el pibipollo, un gran tamal cubierto de hojas de plátano y cocinado en un horno confeccionado bajo tierra, al calor de la leña y de piedras calcinadas sobre las cuales se colocan y se tapan con hojas de planta aromáticas y una capa de tierra al final, sellando el horno. El tamal, una vez cocido y desenterrado, pasará a ocupar un lugar preponderante en el altar o "mesa de los muertos", y será el alimento principal de éstos y, desde luego, el de los vivos, durante los tres días que dura esta celebración, en nuestro terruño; muchas familias repiten esta celebración a los ocho y treinta días después.

El día 1° de noviembre, "Día de los Difuntos Mayores o de los Grandes", las velas y veladoras de colores, son sustituidas por otras en color blanco o de cera, se agregan al altar las fotografías de los mayores fallecidos, las comidas y bebidas de su preferencia, sin fallar los pibipollos, ya que la intención es la de deleitarlos y dejarlos satisfechos con este rinco manjar.

Algunas familias acostumbran dejar fuera de la casa, algunas porciones de los alimentos y una veladora, para satisfacer a las "ánimas solas", la de los difuntos que ya no cuentan con familiares que los reciban.

Las familias que con anterioridad no prepararon el tradicional alimento, en este día, desde muy temprano se ocupan de estos menesteres, ya que pasada la hora del mediodía, será la gran convivencia entre vivos y muertos, en la que no todos, los participantes, se ven, pero se sienten. Se evoca a los ausentes, y se solicita su presencia, sin pesares ni tristeza, ya que en esos momentos se les considera como los principales de la celebración.

El día 2 de noviembre, "Día de todos los Santos", es cuando con mayor solemnidad y respeto se venera a los muertos, ese día desde muy temprano y hasta entrada la noche, las familias calkinienses acuden al Cementerio a visitar las tumbas y los osarios, donde a sus fieles difuntos se les hace llegar las últimas ofrendas: flores, velas y veladoras; plegarias y rezos, y por último se asiste, en su honor, a la Misa de Difuntos que en diversos horarios se celebra en el Camposanto.

De esta manera los calkinienses conviven, -o es acaso que "conmueren"- con sus difuntos, manteniéndolos de esta manera vigentes..., al menos en sus recuerdos.