Hacia los años treinta del siglo XX, tanto en Dzitbalché como en Calkiní, Hecelchakán, Pomuch, Tenabo, Bécal y en todo el Camino Real, las numerosas haciendas henequeneras y ganaderas establecidas en la época del Porfiriato, aún brillaban con luz propia. Entre ellas se pueden señalar las siguientes: San Mateo, San Francisco, X- k 'an pepen, Chun Tzalán, X- mak', Chac Ni Ch'éen y San Antonio. En el devenir del tiempo, los dueños generacionales mantuvieron la tradición, dedicándose a la cría de diversas especies de ganado como son: bovino, caballar y caprino.
Sus propietarios aprovechaban sus vastas extensiones territoriales para esta actividad, misma que les garantizaba solvencia económica y prestigio social. De igual modo, algunas familias con una infraestructura básica austera trabajaban duro todos los días para salir adelante en este rubro. Una de ellas es el clan Quintal, que generación tras generación sus integrantes se han desempeñado como medianos ganaderos y matarifes. Incuso, en la actualidad una rama de este linaje se dedica a estos menesteres.
A través de la Historia y la tradición oral, se sabe que la energía eléctrica es un servicio público que a la fecha, aún no cumple sesenta años de haberse establecido en Dzitbalché. En aquellos veteranos ayeres cuando el oscuro velo de la noche cubría las calles de la villa, determinadas personas tuvieron la buena o la mala suerte de encontrarse cara a cara con intimidantes apariciones espectrales venidas de dimensiones desconocidas. Estos extraños fenómenos se manifestaban a menudo en las calles del pueblo o en los caminos rurales. Por las características propias del trabajo del campo, prácticamente todos los días agricultores y ganaderos eran sorprendidos por la noche en lugares despoblados. Uno de estos casos es el sucedido a Gonzalo “Gonzalito” Quintal un adolescente de escasos dieciséis años de edad. Por circunstancias de índole familiar, él y su madre Juana vivían en casa de sus abuelos maternos, José María Quintal y Rosario Quintal. El púber y su familia se dedicaban a la crianza de cabras. Los viejos cuenteros del pueblo dicen que un día del año 1936, en una jornada más de labor cotidiana “Gonzalito” saca de su rancho rústico llamado “San Cristóbal,” a sus más de cien animales para llevarlos a “pastorear” a los montes situados al oriente de su propiedad, y al cabo de unas horas después; devolverlos a la puesta del Sol. Pero, por alguna razón el muchacho tuvo un retraso de modo que cuando se puso en camino con sus inquietas cabras, la noche se le había adelantado.
Como el joven pastor conocía muy bien aquellos senderos campestres, caminaba confiado. No había al parecer ninguna amenaza que pusiera en peligro su integridad física o la de sus caprinos. Todo el entorno se veía normal. Sorpresivamente, estando a escasos metros de alcanzar la entrada del rancho, el rebaño interrumpe bruscamente su marcha, las cabras balaban nerviosamente y se negaban a continuar. Como que había en ese lugar algo o “alguien” que las espantaba, impidiéndoles el paso. Este incidente aumentaba el riesgo de una estampida, y por ende el extravío de su ganado, Por ello, “Gonzalito” toma la decisión de averiguar el motivo de tal alboroto. En la diestra llevaba un “chicote” o látigo que le servía para someter a uno que otro rumiante que se saliera de control.
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