El corazón de Ah' Canul - 31
Inicio
Los aluxes del rancho San Cristóbal
Mitos y Leyendas
Jorge Tun Chuc
Portada -31
 

Mayúscula es la sorpresa que se lleva “Gonzalito” Quintal cuando ve que frente a él, a muy corta distancia estaban parados tres pequeños seres de apariencia humana, y estaban totalmente desnudos. Tenían aproximadamente la estatura de un niño de unos cuatro o cinco años de edad. Paralizado por el miedo no pudo echar a correr despavorido, inesperadamente los tres Aluxes se desplazaron directamente hacia el joven que permanecía inmóvil, con el chicote en la diestra. . En una actitud que desafía totalmente el sentido común, el trío de humanoides logra sujetar al adolescente. Uno de éstos, le arrebata a “Gonzalito” su inseparable sombrero, y entre todos comenzaron a llevarlo a rastras con dirección a la espesura del monte. Ante esta pesadilla sobrenatural, en una acción desesperada de supervivencia, el joven mancebo “chicotea” relampagueantemente una, dos, tres, o quizá diez veces a los tres duendes mayas., hasta que los enigmáticos entes se desvanecen en la oscuridad de la noche.

Cuentan los viejos hombres sabios del Mayab, que los Aluxes son pequeños seres de aspecto humano, de corta estatura pero con las características faciales de un individuo adulto. Se dice que son los dueños y señores de los montes peninsulares. A menudo hacen travesuras y jugarretas a los hombres del campo. Si se les respeta, el asunto no pasa de un mero susto, pero cuando se sienten agraviados son capaces de mandar al más allá al mortal; que tuviere tal atrevimiento.

El campesino maya les tiene un gran respeto. Por ello, al término de cada cosecha el hombre del Mayab lleva a cabo el ritual llamado Hanli Col (comida de monte), como expresión de gratitud a su generosidad.

Por la paliza recibida, los tres Aluxes ya no intentaron materializarse nuevamente para recapturar al audaz pastor de chivos. Finalmente, el osado “Gonzalito” pudo llevar a los animales hasta su corral. El ingenuo joven caminó con rumbo a la zona urbana con paso ligero. En unos quince minutos más o menos llegaría a su casa ubicada en la calle 18 s/n en el barrio de San Román. Le urgía un relajante baño, una cena caliente y unas buenas horas de sueño. Al fin y al cabo consideraba su áspero encuentro cercano con esa energía materializada como un hecho aislado y fortuito. Quizá el despistado pastor creyó que por fin había roto uno de los tabúes más arraigados y respetados del Mayab. Esa noche se sentía privilegiado por haber salvado el pellejo y vivir para contarlo. Sin embargo, el lozano “hereje” ignoraba que los extraños seres tenían un macabro plan represivo contra él. La dama de la oscura túnica le seguía muy de cerca los pasos. Su destino ya estaba trazado. Estando ya a unas decenas de metros para llegar a su casa, Gonzalito empezó a sentirse mal. Le dolía mucho la cabeza, la espalda, los brazos y las piernas. Se trataba aparentemente de las secuelas originadas por la fuerte impresión emocional producto de su encuentro cercano con los extraños duendes del monte.

Ya estando en su domicilio, con la emoción y el dolor reflejados en el rostro, les contó a sus abuelos y a su madre la infortunada e increíble odisea que minutos antes le tocara vivir. En el curso de la conversación el dolor de cabeza se hizo más intenso. Muy nerviosa doña Rosario por lo que acababa de escuchar, le aconseja a su nieto bañarse con agua fresca para quitarse el mal aíre del monte. Así lo hizo “Gonzalito,” pues no quería que sus síntomas empeoraran, pero en lugar de sentir alivio alguno se le presenta una fiebre alta causándole fuertes escalofríos.

Por aquellos años no había médico en Dzitbalché. Ante la situación crítica de “Gonzalito,” se le administró un par de tabletas de un medicamento para combatir la “calentura”. Este fármaco era muy popular por aquellos años por su eficacia, pero no tuvo ningún efecto positivo. Como último recurso su angustiada madre y sus afligidos abuelos echaron mano de algunos de los remedios caseros que tenían fama de ser altamente eficaces para este tipo de padecimientos. Sin embargo, en lugar de presentar la más mínima mejoría, la salud del joven empeoraba a cada minuto Algunas horas más tarde los quejidos del enfermo alarmaron a los vecinos. El dolor se mantuvo en un nivel tal, que el pobre muchacho lloraba y se retorcía en su humilde hamaca de hilos de henequén. .La situación se hizo desesperante e incierta. En las primeras horas de la madrugada la víctima parecía que al fin presentaba signos de alivio al quedarse profundamente dormido, en tanto que su familia se mantuvo en vigilia hasta el amanecer. Todos temían a la maldición de los Aluxes, y en consecuencia, les atormentaba la idea de un desenlace fatal. Sus peores expectativas aumentaron cuando los primeros rayos del Sol despuntaban del horizonte. . El criador de cabras despertó con el dolor que le carcomía la cabeza y todo el cuerpo, así como la fiebre que nuevamente causaba estragos severos al organismo del enfermo, ante la mirada impotente de sus seres queridos.

Su madre y sus abuelos reunieron todo el dinero posible, y esa misma mañana se apresuraron por llegar pronto a la estación en espera del ferrocarril para viajar con destino a la ciudad de Mérida, en un intento desesperado por devolverle la salud al infortunado adolescente que tuvo la mala suerte de defender su integridad personal y su patrimonio de estos vengativos seres. El tren se detuvo en la estación de Dzitbalché a las ocho de la mañana en punto. Después de tres horas de viaje el convoy de pasajeros llega a la “Ciudad Blanca”. Enseguida es llevado el enfermo al Hospital O Horán donde es ingresado para su tratamiento. Los esfuerzos de la ciencia médica parecían estériles ante la misteriosa enfermedad que velozmente minaba la ya quebrantada salud del joven. Hacia el segundo día de estar internado en el nosocomio, la incontrolable fiebre le provoca convulsiones y fantasmales delirios, ante la incrédula mirada de médicos y enfermeras. Al tercer día el infortunado “Gonzalito” cae en estado de coma. Setenta y dos horas después de su letal encuentro con los misteriosos seres el último aliento de vida abandona el cuerpo de “Gonzalito” ante la incredulidad e impotencia del personal hospitalario y de sus afligidos parientes.

Por la carencia de recursos económicos no les queda más remedio a sus deudos, que darle cristiana sepultura en el Cementerio General de Mérida, su lugar de eterno descanso.

Gonzalo “Gonzalito” Quintal desobedeció los consejos de los viejos hombres sabios del Mayab, al transgredir uno de los tabúes intocables de los hombres del maíz. En consecuencia, la deuda de la afrenta la pagó con su vida. La maldición de los malévolos Aluxes que habitan en los montes del rancho “San Cristóbal” se cumplió al pie de la letra.