El corazón de Ah' Canul - 47
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Y es que aún no somos humanos...
Andrés Jesús González Kantún
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Foto: Andrés Jesús González Kantún
 

Tengo bajo mi responsabilidad el cuidado  de una casa de escaso valor monetario, pero rica en calor humano. La habita como casa de descanso una persona entrada en años y de enorme estatura  que se la pasa suspirando en la nostalgia   de sus experiencias vividas o paladeando la miel de su jubilación. El futuro y el presente no le preocupan tanto ya que cuenta con el apoyo de una familia amorosa que se encarga  de sus pesares y alegrías.

Algunas veces para refrescarse de los calores  de mayo descuelga su hamaca y descansa sin medir el tiempo mientras lo acompaño enroscado en el suelo de cemento y dispuesto a saltar sobre algún intruso que se atreva a meterse en mis dominios para revolcarlo y a despedazarlo  a mordiscos.

Ni modos, he nacido  con ese linaje milenario de dependencia social por eso debo  apoyarlo siempre en defensa de sus intereses materiales con lo único que sé hacer: ladrar para asustar.

Estoy acostumbrado a su presencia y  me preocupa las raras veces en que no se asoma a la casa. Esa relación de afecto se me ha convertido en una necesidad  obligatoria por causa de la naturaleza de mi ser que me ha conformado a la fraternidad, y además dependiente del hombre que me regala el alimento para poder sobrevivir en un trueque insalvable de favores: yo lo cuido y él me alimenta.

Ese ha sido mi trabajo de siempre. Atento en mi encargo de vigilante. Cuando veo pasar a una persona cerca de la reja de entrada le muestro los dientes desafiantes y le lanzo gruñidos estremecedores que la obligo a apartarse  de la reja en un salto gimnástico digno de un competidor olímpico, más si camina distraída con el desquiciante celular.

Nuestro lenguaje solo se basa en gruñidos, aullidos y movimientos corporales, especialmente de la cola para manifestar nuestros diversos estados anímicos; también sabemos hablar con la mirada, con esa mirada expresiva y tierna que dialoga en el silencio del pensamiento mutuo sin necesidad de la fluidez del sonido articulado. Así nos hemos comunicado siempre con el hombre, con la mirada y los ademanes y a veces, con gritos repetitivos, y seguiremos evolucionando con las pautas que da la vida para entendernos con el homo sapiens de una manera más funcional, con la palabra hablada…

En una mañana de calor tempranero mientras mi patrón reposaba, uno de los brazos de la hamaca se reventó y cae el hombre azotándose la cabeza en un sonido seco y aterrador. Empieza borbotear de su boca espumas rizadas que se van engrandeciendo en globos transparentes como las burbujas que producen los niños en sus juegos con el jabón. Los ojos en blanco y girando como las torretas de un vehículo policiaco y el cuerpo convulsionando en movimientos grotescos.

Quise hilvanar algunas palabras a mi estilo para pedir auxilio, pero me contuve porque aún no era tiempo para mostrarme a los humanos.

Quedé paralizado por un instante. Luego reaccioné y busqué por todos lados un lugar para salir en busca de apoyo, imposible. El terreno estaba protegido con una barda elevada improbable de saltar, ninguna grieta…

La única esperanza era la reja. Me acerqué y me di cuenta que solamente tenía corrido el pasador y sin candado. Con mucho cuidado y con la firmeza de mis dientes, lo tomé para deslizarlo del lado contrario. Lo empujé con mi hocico y me fui  presuroso  hasta la casa de sus familiares.

La puerta estaba cerrada. La arañé con furia, me arrinconé con presión  para abrirla, aullé, gruñí para hacer ruido y llamar la atención, cuando veía pasar a alguna persona me le iba encima para comunicarle mi desesperación, pero entendía mal y se iba corriendo, tal vez pensaba que me había atacado la rabia, justa razón de su parte.

Después de varios intentos se abrió la puerta, y varié mis actos  anteriores: le jalaba el vestido a la señora, giraba en torno suyo, la empujaba y me iba corriendo de un lado para otro y regresaba junto a ella. No sé si me entendió, el caso fue que me ganó la angustia y decidí regresar al sitio de la desgracia para cerciorarme del estado de salud de mi amo.

En unos minutos ya estaban conmigo los hijos y algunos parientes. Conmocionados le dieron la ayuda que se requería en esos momentos y presurosos se lo llevaron al doctor.

Luego vinieron los comentarios de las personas y no cabían de admiración al conocer  mis acciones inusuales. Aseguraban que no era posible que un animal fuera capaz de entender lo que había sucedido y actuara de una manera tan inteligente para salvar a su dueño. Reía dentro de mí, pues no sabían que el progreso intelectual de nuestra raza había comenzado, el habla  pronto vendría… sí, y no tardaría  en que al humano se le dé  la sorpresa.

Hoy a mis años ya no me queda más remedio que retozar en el quicio de la casa. El dueño ya no vive para atenderme, ahora le corresponde al hijo que también se llama como el padre, pero en diminutivo,  aunque aún no me he acostumbrado a su trato.

Al poco tiempo murió don Mayo, cuentan que el golpe recibido  fue la causa de su pronto deceso.