El corazón de Ah' Canul - 48
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Gaviotazos: Nada es nuestro
Carlos Sobrino Carvajal
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La Independencia es el mayor problema de los hombres como de las naciones. ¿Tiene solución?

Lo que poseemos parece ser nuestro, pero la realidad es que somos poseídos por aquello que tenemos. Por lo que la única propiedad incontestable debería ser el yo; y, sin embargo, aquilatando bien, ¿dónde encontramos el residuo absoluto, aislado, que no depende de nadie?

Los demás, de una u otra forma, participan, ausentes o presentes, en nuestra vida interior externa. No hay forma de salvarse. Aún en la soledad perfecta nos sentimos, con espanto, “átomo de un monte, célula de una colonia, gota de un mar”. En nuestro espíritu, nuestra carne, hay la herencia de los muertos; nuestro pensamiento es deudor de los difuntos y de los vivientes; nuestra conducta está guiada, aún contra nuestra voluntad, por seres que no conocemos o que, en el peor de los casos, despreciamos.

Todo lo que sabemos lo hemos aprendido de los demás. Cualquier cosa que adquiriéramos es obra de otros, sin que nada tenga que ver que la hayamos pagado. Sin el operario, sin el artesano, sin el artista, estaríamos más desnudos que Calibán, Robinsón Crusoe o que Adán Eva. Si requerimos movernos o desplazarnos, tengo necesidad de máquinas no fabricadas por mí. Me veo obligado a hablar una lengua que no he inventado o mismo. Y los que han venido  antes nos impusieron, sin que nos percatáramos, sus gustos sus sentimientos y sus prejuicios.

Si desmontamos el Yo pedazo por pedazo, encontraremos siempre trozos  fragmentos que proceden de fuera; a cada uno podríamos ponerle una etiqueta de origen. Esto es de mi madre, esto de mi padre, aquello de mi primer amigo, esto de Emerson, esto de Voltaire  o de Balzac. Si realizamos a fondo el inventario de las apropiaciones, el Yo se nos convierte en una forma vacía en una palabra sin contenido propio.

Pertenecemos a un pueblo, una raza, a una especie; hagamos lo que hagamos, no conseguimos evadirnos, de unos límites que no han sido trazados por mí (o nosotros). Cada idea es un eco, cada acto un plagio. Podemos arrojar a los hombres de nuestra presencia pero una gran parte de ellos seguirá viviendo, invisible, en mí, o nuestra, soledad.

Si tenemos criados debemos soportarlos y obedecerles; si tengo amigos tolerarles, servirles, y los dineros quieres ser guardados, cultivados, protegidos. Las pocas alegrías que disfrutamos la debemos a la inspiración y al trabajo de hombres que a no existen o que nunca hemos visto. Conocemos lo que hemos recibido, pero ignoramos de quien nos lo ha dado.

Si conseguimos reunir unos miles o millones, no lo habríamos logrado sin el esfuerzo de cientos o miles de hombres que trabajaron con y por nosotros, si miles de hombres no hubieran tenido necesidad de lo que les podíamos vender, si no hubiera otros miles que hubieran inventado las máquinas, las reglas sobre las cuales descansa y funda la vida económica del planeta.

Abandonado a mí mismo, habría sido un salvaje que se alimentaría de raíces y perros muertos.

¿Dónde está, pues, el núcleo profundo autónomo en el que ningún otro participa, que no haya sido  generado por ningún otro y que pueda llamar verdaderamente mío?

¿Seré la esclava molécula de un cuerpo gigantesco? ¿Y la única cosa que creemos verdaderamente nuestra –el Yo– es, tal vez, como todo lo demás, un simple reflejo, una alucinación del orgullo?...

Qué piensas, amable lector…

NOTA.- Hago la aclaración que esta idea tampoco es mía…