El corazón de Ah' Canul - 48
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Una lucecita misteriosa en Calkiní
Andrés Jesús González Kantún
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La calle 22 que atraviesa la ciudad de Calkiní, era el camino antiguo del ferrocarril de vapor. Por toda esa ex vía de Tepakán a Kilakán o viceversa, ocurrió esta historia que te voy a contar, así que ponte abusado y prepárate para viajar en el pasado en compañía de este romántico hijo de Calkiní, Andrés.

Ya era una costumbre para los vecinos de la estación vieja que por las noches,  después de una terca llovizna, se apareciera en el horizonte de la vía, regularmente por el rumbo de Tepakán, una lucecita misteriosa, roja y pálida como  luna menguante en madrugada. A veces, quietecita, en otras, en danza alocada como si estuviera saltando, y no dejaba de recorrer en doble sentido las vías del ferrocarril en un lento  paso  que pareciera poder ser agarrada con sólo  estirar las manos para poder preguntarle  el secreto de su terca presencia en ese lugar.

Era un evento extraño, sorprendente, inusual. No faltaron personas que animadas por la fuerza de la curiosidad se envalentonaran para ir al encuentro de aquel enigma. Un misterio envuelto en la mortaja de angustias  infinitas, pero cuando  lograban alcanzarla, desvanecía en la oscuridad y se volvía a aparecer en sentido contrario.

Era en realidad una lucecita burlesca, atemorizante, meciéndose siempre en el viento, mezclándose en la mirada de aquellas personas valerosas que habían ido a su encuentro. La querían tocar, pero se les escurría de las manos como si estuviera jugando a las escondidas, como si fuera movida por hilos invisibles en manos de traviesos aluxitos.

 
Foto: Proporcionada por Andrés González Kantún
 

Sin embargo, como sucede siempre en todo acontecimiento sobrenatural, no faltaron los sentencias de gente entendida que afirmaban que pudiera tratarse del alma en pena de algún trabajador del ferrocarril muerto tal vez en un accidente, o quizá señalara, según las creencias de esa época, un lugar en donde pudiera ocultarse algún tesoro y que sólo bastaba fijarse en donde se detenía para hacerse rico en un dos por tres. Otra versión como la explicada por un habitante del barrio de Kilakán, afirmaba que se trataba del “Hich Cal” (un ahorcado) quien paseaba su alma encendida por toda la vía del ferrocarril; pero los más enterados en materia científica opinaban diferente y atestiguaban que se trataba de los llamados “Fuegos fatuos”, consistentes en luces pálidas que retroceden cuando se acercan a ellas y son producidas por huesos ya sean humanos o de animales. He ahí el motivo de su presencia, casi siempre, después de la caída de una lluvia. Esa teoría pudiera ser la más razonable, pues el ferrocarril de vapor que durante su tambaleante recorrido atropellaba a animales sueltos (época en que no se ha acostumbraba a encerrar a las reses en sus corrales), quedando sus esqueletos propagados en sentido paralelo en varios puntos de la vía, provocando ese chisporroteo intenso, causando de esa forma aquel extraño resplandor que asustaba a los desvelados.

Sin embargo, el pueblo en lugar de darle credibilidad a ese razonamiento   científico prefería aquella historia  sobrenatural y cautivadora con la finalidad de satisfacer su insaciable curiosidad.

Estimado amigo, si el miedo no te gana y quieres probar la realidad de este relato, aprovecha algún espacio de tu tiempo y observa  en cualquier rincón de aquella vía —te aconsejo la esquina de la tienda Las quince letras— y espera la oportunidad para comprobar la llegada de esa lucecita sonámbula y misteriosa, preferentemente después de una llovizna, y  la podrás admirar en toda su plenitud; sí, a esa resplandeciente llamita calkiniense que posee el don de la omnipresencia, es decir, de estar al mismo tiempo en varias partes distintas como lo es Dios. Acércate y pregúntale, ahora sí, la verdadera causa de su constante  permanencia en ese lugar, en ese tramo de vía de inolvidables recuerdos de mi infancia de este romántico viejecito amante de los acontecimientos  del ayer.

Anímate, la calle 22 reconocerá tu valor ya que podrás conversar a las generaciones actuales y venideras sobre aquellos sucesos ocultos que mantenían en  suspenso  a los abuelos. Yo desde niño, y actualmente, la sigo viendo, aunque ya no me causa extrañeza, pues ya me he acostumbrado a ella; sí, amigo, ya estoy familiarizado con  esa chocante lucecita que aún sobrevive en el corazón de los ancianos, con esa actitud por seguir exhibiéndose muy tranquila y jubilosa  en toda la vía antigua por donde transitaba aquel “Tren Brujo” (se le llamaba así por su horario pasado de la medianoche) aquí en Calkiní, mi lucecita que no me deja en paz solamente para recordarme que todavía respiro el aire puro de la tierra  hermosa en que nací.