El corazón de Ah' Canul - 49
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Crónica de la visita del general Lázaro Cárdenas del Río
a Campeche y Yucatán, en 1937
Recopiló: Fred Berzunza Chacón
Portada - 49
 

Mérida, agosto.- Después de una llanura erizada de púas de henequén, como fabuloso puercoespín dormido bajo el sol, nos saluda otra vez la mancha verde tierno, verde vegetal de otro oasis. Y digo verde vegetal en contraposición al verde metálico, verde mineral del henequén, en el que la vista no puede descansar, como no puede descansar la mano en sus hojas orientadas en las seis posiciones de la guardia de la espada, punta en línea hacia todos los rumbos de la posible amenaza.

Estrépito de campanas, cohetes y aplausos nos dan la bienvenida desde el andén de la estación de Dzitbalché. Por encima de sus cráneos chatos y sus perfiles egipcios, numerosas parejas silenciosas mantienen tensas ante nuestra curiosidad, grandes fajas blancas de manta que llevan impresos en rojo, en azul, en negro, los desiderata del pueblo y su comarca. “Los indígenas de Dzitbalché piden ayuda económica y social.” Sería muy difícil pedir más con menos palabras…

“Libertad para nuestros campesinos presos”, exige otra faja de manta que dos indígenas levantan con gesto hierático.

“Los cooperativados de Bacabchén piden cesen los atropellos de que son víctimas.” Y así cincuenta más. Muchas de esas peticiones no serán atendidas nunca, porque son demasiado personales y arbitrarias; pero los abanderados no se preocupan. Les basta con saber que, por primera vez desde la Independencia, todas las reclamaciones son, cuando menos, leídas y estudiadas. Por lo demás, una vez lavada, la manta de los estandartes es entregada a la tijera y la aguja, y aunque de muchas de las palabras de los letreros no quedará más que el recuerdo de la extravagante ortografía en nuestra memoria, siempre permanecerá en los abanderados, el consuelo de un par de pantalones nuevos. Por lo pronto, los cincuenta futuros pares de pantalones, con sus protestas, sus peticiones, sus saludos y sus exigencias a veces fantásticas, se ponen en marcha por la calle fangosa perturbando la siesta de la pequeña arca de Noé pueblerina. Al frente de los cincuenta letreros va uno que dice: “Queremos armas y tierras para que se haga de una vez la revolución en Campeche.” El hombre que pintó este exigente letrero, evidentemente ignora que las revoluciones, cuando se hacen de arriba abajo, no necesitan para triunfar cumplidamente más que de buena voluntad, comprensión, unidad, coordinación… Y de otra cosa muy importante: no pedir milagros repentinos. En todas partes, por lo que hemos visto, el Presidente escucha las peticiones y las quejas, las estudia, las resuelve favorablemente, cuando son justas, es decir pone en movimiento el motor. El futuro ya sólo depende del hecho de que cada hombre sea buen acumulador, para que la energía que ha de ponerse al servicio de la renovación, no se desperdicie, inutilizándose.

“Queremos tierras para cultivarlas y útiles escolares para nuestros hijos”, pregona otro letrero que dos indígenas llevan por encima del río de sombreros de palma que se canaliza entre las paredes encaladas y las arboledas de las huertas, calle abajo, rumbo a la plaza. He aquí dos buenos acumuladores que han sabido condensar un excelente programa máximo en un mínimo de palabras.

Continuará…

Tomado del libro “Yucatán” de Aldo Baroni.