El corazón de Ah' Canul - 50
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Nunca deja uno de aprender
Un pozo llamado noria
Andrés Jesús González Kantún
Portada - 50
 
Foto proporcionada por Andrés J. González Kantún
 

Las santas palabras son como los seres vivos: nacen, se desarrollan y mueren; los culpables, el tiempo y los hablantes.

Unas, dejan de usarse como retobado, miriñaque, encima, tostón, crinolina, etc.; otras, sufren cambios en su morfología: fuistes en lugar de fuiste, Grabiela en lugar de Gabriela, Kilakán en lugar de Kinlakán, Navidad en lugar de Natividad; y las que soportan permutas semánticas o de significados como encontrar por buscar, desapercibido por inadvertido, arrimar por alejar. Y de manera especial, ese cambio conceptual que le da el pueblo a la palabra noria a un pozo cuando su significado verdadero debiera ser otro: un elevador de agua.

Veamos cómo el diccionario define cada una de estas palabras:

Pozo: Hoyo profundo que se hace en tierra, especialmente, para extraer agua procedente de manantiales subterráneos.

Noria: Maquinaria hidráulica que consiste en una gran rueda con aletas transversales colocadas parcialmente entre un curso de agua, el cual, gracias a las aletas imprime a la rueda un movimiento continuo. Ésta pone en su perímetro una hilera de recipientes (arcaduces o cangilones) que con el movimiento de la rueda, la eleva y se deposita el agua en un conducto conectado a la noria que la distribuye al canal o regadío. Existe también norias para extraer agua de pozo, en la que el movimiento se consigue generalmente, utilizando comúnmente tracción animal.

En Calkiní, en el barrio de la Concepción, existe un pozo comunal de técnica hispana, que es símbolo histórico del lugar, mal llamado noria cuyo significado no es correcto, aunque inevitable en su uso porque así lo conoce la gente, tal vez, por su fisonomía estructural o por ese abundante manantial de sus veneros entrecruzados en las profundidades de su vientre. Pero la fuerza de la palabra o la costumbre no la derrumba nadie, y así lo seguirán llamando los hablantes municipales, estatales o tal vez peninsulares. Sin embargo, nada se pierde con dar a conocer la verdad de estos cambios diacrónicos y singulares de la lengua. Es curioso que la gente confunda un pozo por una noria, pero bien sabe de qué se trata. Aunque estas variantes semánticas se dan en todos los estados de la república, al principio causan cierta confusión, pero se aclaran luego.

No cabe duda que las palabras cambian fonética, morfológica y semánticamente por el uso que se les da a través del tiempo. El pueblo las cambia porque es un derecho inalienable que le corresponde como usuario de la lengua. La corrección del lenguaje en estos casos sale sobrando.

Nunca deja uno de aprender.

 
Foto proporcionada por Andrés J. González Kantún