El corazón de Ah' Canul - 51
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Crónica de la visita del Gral. Lázaro Cárdenas del Río
a Campeche y Yucatán, en 1937 (II)
Recopiló: Fred Berzunza Chacón
Portada - 51
 

Sobre la agitada marea de sombreros de palma y de rebozos rojos y violados que enriquecen sus tonalidades ardientes con el fuego del sol que, al ponerse, los retoca con el anaranjado vivo de sus últimos rayos, se destacan el gris del sombrero y del traje del Presidente, que mantiene un constante diálogo con la masa humana que lo rodea sin envolverlo, en un continuo, semicircular y respetuoso abrazo. Pienso que si el pobre don Francisco I. Madero hubiera tenido la estatura física y mental de este Presidente de hoy, y hubiera bajado como éste, a menudo, desde las alturas de Chapultepec, a dialogar con su pueblo, mano a mano, codo con codo, menos profeta y más hermano, menos mesiánico y más comprensivo, seguramente este cuarto de siglo de la historia de México se hubiera escrito con menos sangre.

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Una plaza mucho más grande que el Zócalo capitalino, con una ceiba catedralicia y una tribuna de ladrillos y piedras que le dan prestigios de jardín de Academo y de Foro, así es el centro de este pueblo campechano que se acerca a los linderos yucatecos. Academo es, en el minuto presente, un hombre bajito y nervioso que habla español con esa pausa característica del peninsular que piensa en maya y luego tiene que ir traduciendo al castellano sus ideas con la lentitud gutural y la puntuación característica de esos alemanes que llevan años pensando siempre en su idioma, pero despachando navajitas y patentes en el idioma del cliente.

Enredado en su castellano de vía estrecha que se le resiste y encabrita y pára de manos como un caballo bronco, el orador abandona de repente el idioma de los conquistadores y con una repentina fluidez ciceroniana, derrama sobre la multitud, sin solución de continuidad, un discurso en maya que provoca alaridos de entusiasmo. Y he aquí otra de las facetas múltiples de la tragedia de este pueblo que llegó un día del Asia, sin tiempo o modo para traer consigo ni siquiera una pareja de animales de carga en el arca de Noé de su aventura, y tuvo que ser, durante siglos y siglos, la acémila de sí mismo. El maya piensa en un idioma de mecánica tan distinta a la del castellano, que el solo esfuerzo de la continua traducción lo ha ido agotando y retrasando. Por otra parte, esa misma dificultad le ha brindado una defensa, la de su incomprensión, en parte real, en parte fingida. No entender es, para el débil sometido, un escudo contra el fuerte. Un escudo que a veces salva la vida, pero quita toda posibilidad de engrandecimiento.

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Debajo de los arcos coloniales de un mercado sobre cuyo piso de vieja piedra porosa se reúnen, mañana y tarde, todas las moscas del pueblo, algunas mujeres persisten en mantenerse atrincheradas detrás de los tableros de sus mercancías. Es tan pobre y escaso lo que venden, tan homeopático su comercio, que es increíble que puedan permanecer allí horas y horas sin más finalidad que la de dar salida a tres o cuatro rajas de sandía, media docena de montoncitos de chile –y cada montoncito–, cuatro escudillas de “nancen”, una papaya o dos… No puedo creer que esto sea comercio, aun en la más modesta de las escalas. Y llego a pensar que estas damas lo que hacen, allí acuclilladas, es estar ensayando su papel de “color local” para cuando el turismo, cansado de ver que en la capital hay más autos que en Detroit y tanta arquitectura estilo barco como en Filadelfia, se resuelva a venir a tierras del Sureste a darse baños de naturaleza virgen, sin mófles de autos, incontaminada, sin cemento armado y sin judíos vendedores de chalupitas y tamales.

Continuará… 

Tomado del libro “Yucatán” de Aldo Baroni.