El corazón de Ah' Canul - 53
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Amor eterno
Joel Gonzalo Pacheco Berzunza*
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Armando Berzunza y Gloria Quintal. Un matrimonio de aquellos que permanecen unidos más de medio siglo y que ahora están al borde de la extinción. Conocí a los tíos cuando ya eran unos ancianos y de inmediato me cautivó su modo tan optimista de ver la vida, algo raro en personas de edad avanzada: ”Los que no saben disfrutar la vida son unos pendejos, la vida es tan fácil saberla disfrutar, y si no me crees, míranos a Gloria y a mí", era una de las frases favoritas de don Armando; algo no tan fácil de comprender cuando uno escuchaba las peripecias que le sucedieron a lo largo de su extensa vida, pero comprensible cuando uno los visitaba en su pequeño paraíso terrenal.

La finca en la que vivían su retiro era su orgullo; el tío Armando hablaba de Siho como el mejor lugar para vivir en el mundo: ubicado en la periferia de la ciudad de Calkiní, Campeche, era un lugar que había pertenecido a su bisabuelo y que se enorgullecía de ser uno de los sitios que fundaron los hermanos mayas Ah Canul cuando se asentaron para conformar un cacicazgo en esta región de la Península de Yucatán durante el siglo XV. "Siho es el origen de Calkiní", decía con orgullo don Armando. Al llegar a la finca, se puede sentir la tranquilidad que la pareja disfrutaba, pues desde la entrada al lugar lo sobrecogen a uno los árboles que, formando un túnel, conducen hasta la casa de dos plantas, rodeada también de vegetación por donde en ocasiones se pueden observar ardillas, tejones, cereques o chachalacas; a un lado, una cancha de tenis rústica y, más al fondo, corrales para borregos; el terreno de varias hectáreas, limpio en su totalidad y cubierto por la fronda de los ceibos, cedros y caobas. "Acá viene a visitarme todo el mundo, incluso presidentes de la república han venido y han sentido envidia de este lugar", decía don Armando fantaseando un poco.

Platicar con los tíos Armando y Gloria en el corredor de su sencilla casa, era una lección de vida: él hablando siempre de su azarosa vida en México, de cómo fue parte importante en la construcción del Metro "Pino Suárez", de cómo ingresó a las filas del Ejército Mexicano y casi era enviado a la Segunda Guerra Mundial, de cómo se enamoró de su esposa y de cómo la conquistó, de cómo se le ofrecían las mujeres pero siempre fue fiel a su amada Gloria, de cuando regresó a Calkiní y reconstruyó con sus propias manos la finca; en fin, le gustaba presumir sus mejores años de vida y aún aquellos de su vejez en los que decía con ese humor picante que lo caracterizó, que ningún joven podía superarlo en la cama; se sentía orgulloso de ser útil a sus más de ochenta años. Doña Gloria hablaba de sus penas y sufrimientos: de cómo perdió a dos de sus hijas, de la vida en la Ciudad de México, de alegrías, tristezas y carencias que supieron afrontar como matrimonio y que los mantuvo unidos por tantos años. El tío Armando estaba orgulloso de la mujer que escogió para esposa y en su mirada, en su alegría y en sus anécdotas, siempre estaba presente ella.

Pero aquel anciano alto y delgado que se enorgullecía de lo que podía trabajar a su avanzada edad, aquel alegre personaje que cada semana coqueteaba con las vendedoras del mercado municipal cuando, vestido de impecable filipina y sombrero de fieltro, salía a su compra de víveres, aquel cuerpo cuyos brazos se extendían para abrazar a su mujer, empezó a marchitarse a sus 93 años, después de quedar ciego por unas cataratas que no quiso operarse. Aquel hombre empezó a decaer cuando tuvieron que internar unos días a su amada esposa, en Mérida, por una deficiencia nutricional. La tristeza lo invadió al verse lejos de la mujer de toda su vida y finalmente su existencia se fue apagando hasta morir en completa paz el 8 de octubre del 2017. Doña Gloria regresó a su añorado hogar y la melancolía de no estar con Armando, le fue apagando la vida, al igual que a él, hasta que finalmente falleció en paz a sus 90 años de edad, un mes después del amor de toda su vida.

Armando y Gloria supieron disfrutar la vida, pero no la vida de consumismo y vanidad a la que estamos acostumbrados en la actualidad, sino una vida sencilla: ver un amanecer juntos, disfrutar un café juntos, platicar o ver la televisión juntos; creo que el secreto de su amor fue gozar y sufrir la vida juntos; así vivieron y así murieron. Fue voluntad de ambos ser incinerados y que sus cenizas se esparcieran en el lugar idílico que amaron tanto como se amaron el uno al otro, para que así, la misma tierra los vuelva a unir para siempre y germine el fruto de su amor eterno.

 

Joel Gonzalo Pacheco Berzunza. Piloto aviador y escritor. Miembro de la Sociedad Mexicana de Estudios Aeronáuticos Latinoamericanos y presidente de la A.C. "Armando Toraya Lope".