El corazón de Ah' Canul - 55
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Futura casa de los terrícolas
Andrés Jesús González Kantún
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“La tierra es la cuna de la humanidad, pero no podemos vivir para siempre en una cuna”.

Konstantín Tsrolkovsky
 

África, el Edén soñado, ha sido considerada por los investigadores como la cuna de la civilización humana. Hace millones de años en ese vergel terrenal un cataclismo geológico produjo una descomunal fisura que separó totalmente en varios miles de kilómetros a los homínidos impidiéndoles todo tipo de contacto comunal. Una parte mantuvo las mieles de la bonanza alimenticia que les ofreció la naturaleza madre; mientras que la otra se estancó en un lugar inhóspito, irónicamente, una situación adversa para la vida que les favoreció el desarrollo del intelecto.

De la porción desfavorecida, una estepa, los homínidos lograron erguirse, convirtiéndose en bípedos para visualizar mejor el horizonte para defenderse, cazar o escapar de los animales depredadores. De aquella alimentación exclusivamente arborícola, les fue insuficiente para sobrevivir y aprendieron a comer de todo, es decir, se transformaron en omnívoros. Lograron desarrollar una inteligencia aguda y sus manos, clave para su evolución. En cambio, aquella otra parte que contaba con el cuerno de la abundancia no progresó, se le abolló la inteligencia por falta del ejercicio mental ofrecida por las necesidades de la vida, se quedaron en la banca de la esquiva evolución. Así el hombre con su tenacidad inquebrantable de superación se fue extendiendo por el mundo hasta conformar esa variedad de razas, originadas por el ambiente físico en que le tocó vivir.

Hoy, se repite aquella pasada historia de supervivencia aunque con ciertas variantes que las motivan. En muchas partes del mundo la vida ya es insostenible por diversas causas como la sobrepoblación, falta de agua, escasez de alimentos, la contaminación ambiental, guerras fratricidas, el calentamiento global que son los jinetes apocalípticos que auguran la cercanía de un futuro desalentador para la humanidad.

Sin duda, el hombre con su ciencia ha logrado crear satisfactores que le permiten una vida holgada; ha conseguido erradicar las enfermedades con medicinas eficaces; en fin, ha creado una tecnología tan avanzada que ha hecho de la humanidad un ser autosuficiente, por el momento. Sin embargo, su destino ya está determinado por las circunstancias de la vida por causa del mismo hombre.

Desde tiempos inmemoriales, al ser humano le ha fascinado escudriñar el firmamento el cual se le ha vuelto una obsesión compulsiva. Por eso, no es casual que los hombres sabios actuales, especialmente rusos y americanos, exploren el espacio infinito, ensayando modos de supervivencia en el espacio sideral o instalando estaciones espaciales, indagando nuevos mundos habitables, más ninguno de estos sondeos y experimentos son hechos al azar sino con un propósito bien definido. Ellos saben que este mundo está sentenciado a sucumbir, si no geológicamente será por los extravíos del hombre por demostrar su supremacía entre hermanos, lo que pudiera ocasionar guerras catastróficas o darle el estoque final a esta tierra ya descompuesta de por sí, reitero, por sus propias manos.

Por las causas que sean, los más más evolucionados tecnológicamente podrían vivir en una ciudad subterránea convertida en una ciudad habitable o podría ser en otros planetas de nuestro Sistema Solar o en otras galaxias ya cuando consiga viajar a la velocidad de la luz en donde el tiempo no cuenta. Mientras tanto el objetivo, hasta ahora, es el planeta rojo, Marte. Un mundo semejante a la tierra, pero aún no apto para la vida, pero será el genio del hombre quien lo convierta en una tierra apta para vivir. El gran escritor americano Ray Bradbury ya lo ha soñado en su novela: Crónicas marcianas.

El hombre lo logrará, no cabe duda, pues es una calca de Dios, aunque parezca risible, porque todos somos dioses y sabemos crear, recomponer, clonar, volar en alas de la imaginación científica, soñar en imposibles. Ese hálito de vida esperanzadora ya no dependerá de la selección natural sino de la selección tecnológica.

Ante tal escenario enloquecedor, se puede augurar que la estirpe del homo sapiens nunca se extinguirá cuando aprendamos a movernos en el espacio, para estar muy cerca de la morada de ese Dios divino que la religión cristiana ha estado esperando con ansias desde hace mucho tiempo.

Esperemos…

 
 
Imágenes: Proporcionadas por Andrés Jesús González Kantún (vía correo electrónico).