El corazón de Ah' Canul - 56
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EDITORIAL
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El tiempo pasa en un cerrar de ojos, sin detenerse, sin dar pausa, sin volver atrás la mirada. No existe fuerza poderosa capaz de atajarlo. Trae en su mochila un revoloteo de estrellas galácticas, recuerdos de hechos buenos o malos.  La historia es la encargada de guardarlos en ese cajón antiguo en donde se escucha la risa o el llanto.

El próximo 30 de noviembre, Calkiní cumplirá 100 años de haber recibido el Título de ciudad. Una ciudad de nombre maya peninsular que no lo tiene por capricho o vanidad, de ninguna manera, sino que lo recibió por méritos propios, se lo ganó a vencidas en el trayecto recorrido durante mucho tiempo en su pausada transformación que protagonizó en la historia local.

Calkiní en sus orígenes padeció los juegos inciertos de la vida para sobrevivir, brincó vallas una y otra vez, y mil veces para avanzar a brazo partido en el camino del progreso. Llegaron las sandalias hispanas y tuvo que acomodarse a su nueva vida para seguir caminando, aunque con esfuerzo e incertidumbre. No se detuvo, y cobró más importancia evolutiva por el lugar en donde estaba situada, y además fortalecida por el nuevo poder compartido con el gobierno español. Calkiní se convirtió desde ese momento en el centro de atracción de toda actividad cultural, social, religiosa, política y económica. Una influencia a todas luces, inobjetable.

Transcurre el tiempo de acomodamiento sincrético y el comercio se desarrolla, los servicios elementales cobran vida, las actividades laborales se multiplican, la urbanización crece, surgen las tradiciones; todas estas alusiones dieron pie a que a Calkiní se le considerara, primeramente, como villa, y posteriormente, ciudad.

Ese es el meollo de ese magno evento que la ciudad debe celebrar con bombos y platillos.