El corazón de Ah' Canul - 57
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Los amantes
Santiago Canto Sosa
Portada - 57
 

Cada noche, Carlota sale al patio de su casa llevando alimentos a alguien. Su marido ve la escena diariamente. Él creía que su mujer tenía un amante a quien ella alimentaba al oscurecer.

En una fría noche de lluvia y relámpagos, Carlota, como de costumbre, se dirigió a dicho lugar con el plato de sopa en una mano y una taza de café en la otra. Se acercó a una figura inmóvil quien con la ropa sucia y remendada descansaba junto al árbol de manzanas.

Los animales, temerosos, se alejaban de aquel sujeto. Ni las aves empapadas por el aguacero bajaban en busca de la fruta. Cuando ella puso en el suelo aquellos recipientes, dijo con cariño: ¡amorcito, ven a mis brazos!

Aquel ser misterioso, oculto por la penumbra, no contestó; parecía estar esculpido en piedra. Carlota suplicaba: ¡Amorcito, ven a mis brazos! Tampoco hubo respuesta alguna de aquel individuo cuyo corazón era de palo.

Cansada de esperar inútilmente las extremidades superiores de su compañero, exclamó: ¡Amorcito, si no vienes a mis brazos yo buscaré los tuyos! Entonces se arrojó hacia el amado cuerpo y lo abrazó llorando.

Al día siguiente, por la mañana, su marido la encontró abrazada al espantapájaros...

 
Texto tomado del libro “Imarginaciones” (Colectivo Génali). 1985.