Narrativa
   
Hanal Pixán (Comida de Muertos)

 

– ¡Todos los años es lo mismo! –exclamó Juan mientras arrojaba contra el piso un rollo de leña–. No entiendo por que se empeña en seguir con esa farsa –se dijo para sus adentros, pues realmente en ese momento se encontraba solo. Luego miró a su alrededor como si buscara algo; después de un rato de observar gritó:

– ¡Papá, ya llegué!, traje lo que me pediste, –pero nadie contestó.

– ¡Papá! –volvió a gritar; y del patio llegó don Pedro, hombre de campo, robusto, muy humilde y un amoroso padre.

– ¿Qué pasa hijo? –dijo dirigiéndose a Juan.

– Ya llegué –contestó el muchacho.

Don Pedro comenzó a desatar la leña, pero luego de forcejear un rato con el bejuco que amarraba el “moloch”, decidió sacar las rajas de una en una; mientras lo hacía, miró a Juan y le dijo:

– Este año tu madre va a estar muy orgullosa de nosotros, espero que le guste lo que le vamos a hacer.

– ¡Papá! deja de decir tonterías, ella está muerta, entiéndelo –replicó Juan, y se alejó por temor a que su padre lo viera llorar. Salió y se sentó en una piedra que estaba en la puerta de la humilde casa y se quedó pensando.

Juan quedó huérfano a los 12 años, ahora tenía 17, pero siempre sintió la falta de amor de una madre; aunque don Pedro nunca dejó que el muchacho se sintiera solo. Aún después de haber pasado 5 años de la muerte de su mamá, Juan no se reponía; cada día se despertaba extrañándola más que el día anterior. Si alguien supiera de las noches en que necesitó de esa mano cariñosa, que le ayudara a conciliar el sueño; las veces que le faltó esa dulce voz que le dijera lo mucho que lo quería o cuántas veces necesitó ese amor que sólo una madre puede darle a su hijo.

Pero Juan siempre había parecido duro de corazón, y aunque el dolor lo estuviera destrozando y las lágrimas prontas a brotarle de los ojos, él contenía el llanto y demostraba insensibilidad. Esto pasaba al estar frente a los demás; pero había momentos en que encontrándose solo lloraba; lloraba largo rato como un pequeño niño, luego secaba sus lágrimas y trataba de proseguir con el día. Por dentro era un niño asustado, necesitaba a su madre junto a él.

– ¡Hijo! entra, las pequeñas almas aún andan sueltas, –dijo don Pedro–. Recuerda que hoy es su día, hoy es 31 de octubre, –continuó diciendo. –A Juan no le hizo gracia el comentario y se limitó a ofrecer una falsa sonrisa mientras entraba a la casa.

Mientras colgaban sus hamacas, don Pedro comentó:

– Vas a ver que a tu mamá le va a encantar el pibipollo, porque voy a hacerlo como ella lo preparaba. Cuando mañana venga, va a alegrarse si ve la casa limpia; así que mañana temprano limpiaremos todo.

– ¡Papá! no creerás todas esas mentiras que dicen los viejos, –exclamó Juan.

– ¡No son mentiras, hijo! sólo digo que mañana es el día de las almas grandes.

Juan se quedó callado, se acostó y al poco rato el sueño fue ganando terreno hasta que comenzó a dormitar, así hasta quedarse completamente dormido.

Por la mañana se despertó y se extrañó de escuchar el crispar del fuego bajo el comal; en el aire se podía percibir un olor a penchuques recién torteados. Se levantó a prisa y movido por la curiosidad corrió a ver quién estaba en la cocina. Al llegar, su sorpresa fue enorme al encontrar a su mamá sentada frente al comal, se paró frente a ella y no podía creerlo, la veía tal y como él la recordaba: el cabello blanqueándose, descalza, con su huipil y con esa mirada triste; consecuencias del largo camino recorrido.

Parpadeó una y otra vez, pensando que todo era un sueño; pero era ella, se acercó y abrazándola le dijo:

– ¡Mamá, te extrañé tanto!

Su madre lo miró cariñosamente y le respondió:

– Yo también te extrañé. Pero vamos a comer, el desayuno esta listo, –dijo, mientras señalaba una mesa con un lec lleno de tortillas recién hechas a mano, una jarra de chocolate caliente, una olla de frijol kabax y un plato de empanadas de arroz. –Juan se relamió los labios nada más de verlo. Y por primera vez en mucho tiempo desayunó con su mamá; algo que él nunca más pensó hacer de nuevo.

Ese día, se divirtió mucho, platicó con su mamá, jugó con ella e hizo otras cosas que solían hacer juntos. Cuando llegó la noche, se acostó a dormir y su mamá se acostó a su lado y mientras le acariciaba el pelo, él se iba quedando dormido; lo último que dijo fue:

– ¡Mamá te quiero mucho!; –y se durmió.

Su mamá lo miró y le contestó:

– ¡Lo sé hijo!, yo también te quiero, –pero esto Juan no lo escuchó, el sueño ya se había apoderado de él.

Al poco rato fue despertado a sacudidas; se levantó espantado:

– ¡Hijo! despierta o no tendremos tiempo para hacer el hueco profundo, –le decía su papá. Pero Juan, quien no había despertado bien, preguntó:

– ¿Dónde está mamá?

Su padre lo miró y le contestó:

– Tu madre era una santa, ha de estar junto a Dios. Pero apúrate o no podremos hacer bien su ofrenda, –dijo, dándole una sacudida que terminó de despertar al muchachito.
Aún no había salido el sol cuando Juan y su papá ya habían preparado el hoyo.

– Voy a colocar la leña y tú ve a traer los pibipollos, –le dijo a Juan. –Este obedeció.

Cuando por fin terminaron de tapar el hoyo con la tierra, el sol apenas comenzaba a salir; en eso, un gallo cantó. -¿Oyes eso?- le dijo don Pedro a su hijo-, esa es la señal que le dice a las almas que ya pueden salir a visitar a sus familiares, pues ya es de día. Juan se quedó callado.

– ¿Qué pasa hijo? –preguntó don Pedro.

Has estado muy extraño, estás más tranquilo que de costumbre –y comenzó a reír.

Juan pareció ignorar el comentario.

En el transcurso del día, el muchacho no comentó lo de su mamá, es más ni siquiera hizo el esfuerzo por mencionarlo. Porque siendo un sueño o no, él sentía que el tiempo que estuvo con su mamá, sólo eran de él y de ella y de nadie más. Mientras pensaba en esto, sonrió y comenzó a limpiar la casa; don Pedro lo miró algo extrañado, por primera vez en mucho tiempo su hijo se preparaba con esmero para el Día de muertos; este hecho lo atribuyó al excelente día que había, pero nunca imaginó lo que realmente sucedió.

Ese día, Juan preparó con entusiasmo el altar, colocó toda la clase de comidas que sabía le habían gustado a su mamá mientras vivía. Colocó el pibipollo, las tortillas de maíz, los tamales; puso también muchos dulces, los había de coco, de papaya, de calabaza, de nance y el favorito de su madre: el de tejocote. Además, entre las ofrendas había colocado una enorme jarra de atole hecho con maíz nuevo y una taza de chocolate aún humeante.

Su padre miró toda aquella mesa llena de tan variados alimentos y le dijo a Juan: –Este año tu madre va a darse un banquete–. Hecho este comentario, padre e hijo comenzaron a reír.

– Hay que terminar de arreglar la casa, –dijo el señor.

Juan y su padre dejaron la casa y el patio muy limpios. Ese día don Pedro se sintió más unido con su hijo; y Juan se sintió más unido a su tierra y sus tradiciones; y si alguna vez pensó que era una pérdida de tiempo, ahora no pensaba igual.

Al anochecer se acostó pensando en cómo a veces la fe en las costumbres logra cosas increíbles y se dio cuenta que esa es la razón por las que éstas sobreviven, pasando de generación en generación.

Días después, estando Juan en la escuela, escuchó a dos compañeros burlarse de uno que platicaba muy animado sobre lo que había hecho el Día de muertos.

Los muchachos se reían diciendo que el Día de muertos era una costumbre vieja y que si ya íbamos a entrar a un nuevo milenio debíamos modernizarnos y olvidarnos de esas tonterías.

– Estamos viviendo en una época moderna, ¿por qué seguir con esas costumbres que ya pertenecen a el pasado? Mejor celebremos el Hallowen. –Fue el comentario final de los jóvenes que ahora se alejaban entre burlas y risotadas.

Juan movió la cabeza en forma negativa y dijo para sí mismo: –Vivimos en una época moderna, pero la única conexión que tenemos con nuestro pasado son esas costumbres, si no las mantenemos perderemos nuestro presente y entonces nos quedaremos sin nada, sin fe y sin esperanza; si eso pasa ¿cómo tendremos entonces un futuro? ¿Cómo viviremos con la ilusión de estar de nuevo con esas personas que hemos perdido?, suspiró desaprobando esa idea. Y se dirigió a sus clases.

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Fuente: Suplemento Dominical del Periódico "Tribuna" de Campeche. Octubre de 2001.