Narrativa
   
Elmer Cocom Noh
La apuesta

 

Neto y Licho eran dos amigos singulares e introvertidos que se divertían apostando por todo lo que les pasara en mente según les calentara el sol.

En una ocasión apostaron para ver quién cruzaba el cementerio a media noche. Para asegurarse de ganar, Neto astutamente aprovechó la ingenuidad de su amigo de suertes, para pedir, cuando la moneda aún daba cabriolas en el aire:

- Águilas gano, sol pierdes - con una sonrisa maliciosa e imperceptible.

Claro, en estas condiciones, cayera lo que cayera Licho siempre llevaba las de perder. Y así fue. Éste último no tuvo más remedio que aceptar su derrota y prepararse para la noche. Eso sí, su compañero de aventuras prometió esperarlo a las afueras del recinto. Acordaron también que el perdedor llevara un machete, por si acaso.

Rayando las doce de la noche ambos estaban reunidos cerca de la reja principal del cementerio, tal como habían acordado. Después de una breve charla entablada como para olvidarse momentáneamente del motivo que los había llevado a ese lugar sombrío, cada quien se dispuso a cumplir con la parte que le correspondía: Neto, a los pies de un viejo roble, Licho a saltar albarradas para llegar al otro extremo del cementerio.

El primero, sentado en una piedra , a esperar a que su compañero realizara la proeza de la semana. El segundo, titubeante, pero sin rajarse a la apuesta, atravesaba el estrecho corredor que divide a la mitad el camposanto. A cada paso se sentía desfallecer, pero aguantaba como los hombres, sudaba copiosamente, temblaba y no por el aire gélido que imperaba en ese lugar y que hacía más ingrávido el ambiente.

Avanzaba con extrema precaución, al menor ruido, escudriñaba minuciosamente cada rincón, cada espacio del lugar como si alguien siguiera sus pasos, lo observara detrás una estatua, una lápida, una esquelético árbol. ¿Funesta presencia?

Para sentirse más seguro se llevaba con frecuencia la mano al cinto para asegurarse que todavía estaba en su poder el machete. Aún así su cuerpo se le hacía carne de gallina. Su angustia crecía con el transcurrir del tiempo porque a pesar de apretar el paso sentía que no avanzaba.

A punto estaba de abandonar este calvario cuando sintió que algo o alguien lo detuvo del pantalón. Tan enmarañado estaba con sus pensamientos que por inercia entumió el cuerpo. Pensó que la mano de un muerto lo agarraba.

Estático, como los ángeles de mármol que tenía enfrente y tragando saliva contuvo la respiración mientras pensaba en alguna estrategia para escapar de aquella trampa nocturna. Ni con los pulmones a punto de reventar cruzó por su mente la idea de volver la cabeza. En esta postura permaneció por varias horas hasta que perdió la noción del tiempo.

Afuera, Neto se había impacientado por su tardanza. Fue más grande la tentación del sueño que el compromiso contraído y optó por regresar a casa.

Ya iba aclarando cuando Licho, cansado de la incómoda postura en que se encontraba y animado por la luz que se extendía por todo el cementerio, se arma de valor y voltea, no sin antes de llevarse la mano a la cintura.

De frente a su captor, se da cuenta que una mísera rama de roble lo mantuvo así toda la noche pues se había atorado en una de las bolsas raídas de su pantalón. Enojado por el incidente vergonzoso, desenfunda el machete y avienta tajos a diestra y siniestra.

- Así que era una rama, pues lo corto. Y si hubiera sido la mano de un muerto, lo corto también.

Licho se alejó de allí con la espalda adolorida y los pies entumidos, sin reparar en la ausencia de su "inseparable amigo" de aventuras.

 

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Fuente: Revista Literaria "U Tuuk' Kaan", No. 1. Grupo Génali. Calkiní, Campeche, 1999. 48 pp.