| Esta
casa de nuestros días
En
esta casa de nuestros días duermen mis hermanos.
Aquellos hermanos que siempre me dicen,
por qué nunca
estoy a su lado
cuando de vez en vez aquí llego.
Algunas veces
preguntaba a mi madre
por mis hermanos sin rostro.
Ella decía:
“Hijo, ¿nunca los has visto en el espejo
de tu cuarto?”
Y cuando vengo de vacaciones
o en Día de Muertos,
busco en los muros y en los espejos
a mis hermanos exiliados de la vida
a mis hermanos sin carne ni hueso
Y cuando me levanto de la cama
después de andar por los andamios del sueño,
esculco en todos los rincones y en los espejos
de esta casa, que hoy sólo habita mi padre,
a mis hermanos de rostros sin rostro
para preguntarles:
¿Saben algo de nuestra madre?
Y escucho en todos los rincones sus voces:
“¿Es que no la has visto?
Está viva con una sonrisa de dulce pan
en el muro sur de esta casa de nuestros días
sin días”.
Es cierto: ahí está ella sonriéndome.
Yo le sonrío y me duermo para encontrarme
con ella de nuevo,
en esta casa de nuestros días y de nuestros
desencuentros.
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