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Salida del Gremio
   
     
 
Gremio: Pintura de Enrique Herrera Marín

 

Estallan los voladores y los globos de papel de china surcan polícromos las alturas. Entra el gremio a la iglesia parroquial entre cantos, rezos y velas encendidas. Toca la banda de música, se apretuja el gentío, lloran algunos niños de brazos, huele a pólvora; más tarde morderán el cielo vespertino los fuegos artificiales y el torito-petate embestirá a la muchedumbre. Una fiesta de colores son los estandartes bordados a mano. Octubre, los gremios: los barrios, señoras y señoritas, canasteros, abastecedores, taxistas, alarifes y otras cofradías comerciales. Se tira la casa por la ventana. Giran el carrusel y la rueda de la fortuna. Llenos de colorido marchan los gremios por las calles en esta bella tradición de nuestro pueblo que patentiza la devoción religiosa transformada en alborozo.

Los recuerdos enhilan palabras que se transforman en versos nostálgicos:


Globos de papel de china
en los cielos de mi infancia
se alejan. Les insufló
la vida su aliento
aunque nadie en ellos vaya.

Había humo y velas
en esa tarde mortecina
cuando el sonsonete de la orquesta
tocaba "Viva Cristo Rey"
y las cofradías de los gremios
entraban con sus estandartes
al atrio de la iglesia.

El hacedor de globos
soltaba estas palomas
de buches esponjados
y los niños las veíamos
partir. Nunca faltaba alguno
que, díscolo, disparara su resortera
y el globo trastabillara
y en llamas caía frente a nuestro miedo.
Los ilesos se hundían en el cielo guinda
y sus carapachos poco a poco
eran sólo un punto en el mar.

Se va un navío, navío
cargado de preguntas
y lo quiero detener antes
que se apague en mi memoria
o caiga e incendie
mi corazón pueril.

Junté mis manos
e hice con ellas una bóveda
para guardar a estas criaturas
de seda, a estos capullos
del aire, a estos sombreros
de copa, a este corazón
que arde todavía
en el cofre de mis manos
y les insuflé mi aliento
hasta que el barco estuvo listo.


Más alto que la iglesia,
que su torre única, se alejaba.
Hablé como lo hace un niño,
sin dobleces,
aunque el díscolo que me habita
tenía la mano cerrada
y, en ella, una piedra
que no se atrevería a lanzar
contra sus propios sueños.

No caiga todavía quien no merece caer,
no se aje a destiempo la rosa
en el nicho de un santo
ni ardan los ángeles
aunque Dios Padre los castigue.
Amor los perdone,
Piedad los ame
y ame a este niño
cuyas ropas arden
mientras se marcha
solo por el camino
que la campanas
anuncian con tristeza.

 

 

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