Durante
la infancia, los pequeños son estimulados para adquirir
el lenguaje, desarrollar la marcha, reconocer su cuerpo, etc…
En la adolescencia, se experimenta una serie de cambios físicos
y emocionales; la juventud, tiempo de aventura y energía,
ambas son el impulso para ascender a la cima; ya en la adultez,
la oportunidad para cristalizar proyectos: profesión,
familia, trabajo, triunfos…y así, en cada una de
las etapas, la naturaleza biológica y madurez psicológica,
dotan al hombre del potencial necesario para salir adelante.
Con el paso de los años, es inevitable la llegada a la
vejez, una escala, a la que se llega con un cúmulo de
experiencias, enseñanzas de la vida misma, que aseguran
sabiduría.
La
vida es como un viaje, día a día la persona, acumula
conocimientos; va llenando su equipaje, con recuerdos, vivencias,
sentimientos y valores, que se convierten en el pasaporte ideal,
para disfrutar cada escala en este planeta. Aunque claro, no
todas las personas abordan el vagón a tiempo, ni llegan
a la estación oportuna. En ese viaje, quizá otros
pasajeros alteren la tranquilidad, rompan la cotidianeidad y
cambien los planes del recorrido; quienes, si abordan a tiempo
cada estación, disfrutan segundo a segundo del paisaje
y dan gracias a Dios por permitirles llegar a ese destino. No
hay duda, vivir es una aventura; hay que saberla disfrutar plenamente.
Cuando
llegue el turno, para hacer ese tramo en la vida, lo mejor es
estar preparado, con el boleto en la mano, la maleta llena de
recuerdos, bien asegurada, con entusiasmo para emprender la
nueva ruta; si mira a su alrededor, seguramente encontrará
“pasajeros de más de setenta” sin boleto
asegurado, esperando compañía, ansiando cariño,
pidiendo un pedazo de pan, con la mano extendida, el rostro
lleno de arrugas y sin el brillo de una sonrisa. ¿Cuántas
personas se quedarán sin hacer ese viaje?
El
último recorrido no siempre es fácil, algunos
tienen la fortuna de ir acompañados, sentir el calor
de los abrazos y el apoyo para andar por los senderos; otros,
tendrán el ánimo para seguir el viaje, pero no
las fuerzas para hacerlo; y habrá quienes, ni siquiera
se enteren que aún hay un asiento disponible en el vagón.
Si conoce a alguien que no puede continuar el recorrido, ayúdelo
a llegar a la estación; si son los últimos días
de su existencia, y usted sabe que vive solo, piense que él
también tiene derecho a seguir viajando, subirse al “vagón
de primera”, por tantos años de entrega, trabajo
y enseñanzas; haga caso a su corazón, demuestre
humildad, sea generoso.
Los
pasajeros que están llegando a la estación de
la tercera edad, son personas valiosas; tienen mucha influencia
en la vida familiar, siembran el bien y la fe, son los primeros
educadores en el hogar y el sostén del árbol familiar.
Por tal razón, merecen respeto y por su condición
y jerarquía, deben vivir con dignidad, para que cuando
llegue el momento de abordar, estén listos para disfrutar
esa parte del viaje. Nadie sabe cuánto tardará
la travesía para llegar al destino final –así
que hay que tomar precauciones-.
En
el viaje por la vida, no hay devolución de boletos, la
taquilla permanece siempre abierta para todos; no importa subirse
al vagón, con los ojos fatigados, manos temblorosas,
cabello blanco, sostenerse con el bastón y el rostro
con arrugas; la última estación, se reserva para
los valientes y los sabios.
San
Francisco de Campeche, Cam. 25 de agosto de 2008. |