Calkiní, 25 de agosto de 2008
 
Un viaje por la vida
 

Por Teresita Durán Vela

La vida del ser humano atiende a una condición biológica, mecanismo que posibilita el crecimiento y aprendizaje, en cada una de las etapas del desarrollo. Así, cada uno de los momentos evolutivos, favorece capacidades, habilidades y destrezas para afrontar las circunstancias del entorno; otorga el potencial necesario para relacionarse con el medio ambiente y las demás personas.

 

Durante la infancia, los pequeños son estimulados para adquirir el lenguaje, desarrollar la marcha, reconocer su cuerpo, etc… En la adolescencia, se experimenta una serie de cambios físicos y emocionales; la juventud, tiempo de aventura y energía, ambas son el impulso para ascender a la cima; ya en la adultez, la oportunidad para cristalizar proyectos: profesión, familia, trabajo, triunfos…y así, en cada una de las etapas, la naturaleza biológica y madurez psicológica, dotan al hombre del potencial necesario para salir adelante. Con el paso de los años, es inevitable la llegada a la vejez, una escala, a la que se llega con un cúmulo de experiencias, enseñanzas de la vida misma, que aseguran sabiduría.

La vida es como un viaje, día a día la persona, acumula conocimientos; va llenando su equipaje, con recuerdos, vivencias, sentimientos y valores, que se convierten en el pasaporte ideal, para disfrutar cada escala en este planeta. Aunque claro, no todas las personas abordan el vagón a tiempo, ni llegan a la estación oportuna. En ese viaje, quizá otros pasajeros alteren la tranquilidad, rompan la cotidianeidad y cambien los planes del recorrido; quienes, si abordan a tiempo cada estación, disfrutan segundo a segundo del paisaje y dan gracias a Dios por permitirles llegar a ese destino. No hay duda, vivir es una aventura; hay que saberla disfrutar plenamente.

Cuando llegue el turno, para hacer ese tramo en la vida, lo mejor es estar preparado, con el boleto en la mano, la maleta llena de recuerdos, bien asegurada, con entusiasmo para emprender la nueva ruta; si mira a su alrededor, seguramente encontrará “pasajeros de más de setenta” sin boleto asegurado, esperando compañía, ansiando cariño, pidiendo un pedazo de pan, con la mano extendida, el rostro lleno de arrugas y sin el brillo de una sonrisa. ¿Cuántas personas se quedarán sin hacer ese viaje?

El último recorrido no siempre es fácil, algunos tienen la fortuna de ir acompañados, sentir el calor de los abrazos y el apoyo para andar por los senderos; otros, tendrán el ánimo para seguir el viaje, pero no las fuerzas para hacerlo; y habrá quienes, ni siquiera se enteren que aún hay un asiento disponible en el vagón. Si conoce a alguien que no puede continuar el recorrido, ayúdelo a llegar a la estación; si son los últimos días de su existencia, y usted sabe que vive solo, piense que él también tiene derecho a seguir viajando, subirse al “vagón de primera”, por tantos años de entrega, trabajo y enseñanzas; haga caso a su corazón, demuestre humildad, sea generoso.

Los pasajeros que están llegando a la estación de la tercera edad, son personas valiosas; tienen mucha influencia en la vida familiar, siembran el bien y la fe, son los primeros educadores en el hogar y el sostén del árbol familiar. Por tal razón, merecen respeto y por su condición y jerarquía, deben vivir con dignidad, para que cuando llegue el momento de abordar, estén listos para disfrutar esa parte del viaje. Nadie sabe cuánto tardará la travesía para llegar al destino final –así que hay que tomar precauciones-.

En el viaje por la vida, no hay devolución de boletos, la taquilla permanece siempre abierta para todos; no importa subirse al vagón, con los ojos fatigados, manos temblorosas, cabello blanco, sostenerse con el bastón y el rostro con arrugas; la última estación, se reserva para los valientes y los sabios.

San Francisco de Campeche, Cam. 25 de agosto de 2008.

 
 
 
Fuente: Texto enviado por Teresita Durán; 25 de agosto de 2008 / Foto: Dpto. de Comunicación del Ayuntamiento de Calkiní; 2007