Calkiní, febrero de 2013
 
Recuerdos del abuelo
por José Felipe Estrada Mijangos
 
 

−No tengan miedo, a la noche y a la oscuridad no se les debe tener miedo, muy por el contrario nos brindan la oportunidad de excitar nuestros sentidos.

−Esto les decía el abuelo a toda la familia reunida en la sala después de cenar, habían sido días difíciles, el huracán había azotado la península y había creado un desorden en modo cotidiano de vivir de nuestras familias, faltaban en forma urgente el agua potable y la energía eléctrica.

 

−Abuelo, qué vamos a hacer sin televisión.

−Hablaba el más pequeño de los nietos.

−El abuelo sonriendo y quizás hasta divertido, con esa muesca tan picaresca que aún no acierto a descifrar, entre lo que podría ser burla, diversión o incomprensión, contestó:

−Qué bueno que vino este huracán y que aún persista la lluvia y que ustedes no puedan salir a la calle, esto nos dará la oportunidad de convivir, algo que he anhelado por muchos años, si les parece platicaremos y me darán la oportunidad de transmitirles muchas cosas de nuestra familia y de otras familias, pero si no quisieran conversar, también podemos cantar, yo tocaré la armónica y ustedes cantarán y me acompañarán con sus aplausos o chiflidos y verán qué divertido la vamos a pasar, o haremos algunos juegos que nuestros padres nos enseñaron y que aún recordamos perfectamente, porque bien dicen “que lo que bien se aprende nunca se olvida”. En mis tiempos no había luz eléctrica, ni agua potable, ni calles pavimentadas, mucho menos radio o televisión, sin embargo, ¡cómo extraño aquellos tiempos! Todo era tan sencillo, todo era tan transparente.

−El abuelo suspiraba profundamente y sin querer queriendo ya todo el auditorio familiar lo rodeaba.

−Abuelo –comentó el pequeño− ¿cómo se divertían ustedes cuando eran niños?

−El abuelo se acomodó en su mecedora y orgulloso al fin de que fuera objeto de alguna atención, contestó:

−Curiosamente nuestros juguetes eran muy sencillos, la mayoría de ellos hechos por nuestros padres. A cada juego se le daba un tiempo determinado, no sé si había un encargado en el pueblo para dar tal orden para dichos cambios, pero había un tiempo para trompo, para las canicas, para el yoyo, para la timbomba, un tiempo para cazar mariposas, para el balero, para la cojarraya, para el tinjoroch, etc. Por las noches nuestros padres nos transmitían por medio de cuentos, las leyendas y tradiciones de nuestra tierra, tales como el cuento de la X´tabay, como el de la gallina y sus pollitos, el Huay Chivo o el Huay Kekén, etc., que nos son imposible olvidar, así como las anécdotas que nos son familiares, para recordarnos a la mamita Herrera, a papa Tino, al abuelo Martín, etc. Nuestros padres salían a conversar en las calles y los niños jugaban al pesca pesca, a los encantados, al cincuenta y uno y medio, pero además nos divertíamos trabajando con nuestros padres y ayudando en las labores del hogar. Ir al monte a traer leña, era considerado un paseo y por cierto muy estimulante, porque podíamos convivir con la naturaleza en todo su esplendor, el azul del cielo, rimando con el verde del monte, el canto de los pájaros era más estimulante, nos sentíamos los dueños del planeta, no había necesidad de tener a las aves en cautiverio, si todos nuestros hogares eran inundados por el canto de las mismas, el aire era limpio, disfrutábamos de la sombra de los árboles, del fruto del chom y la caricia del sol, traer leña era un mandado hecho con un gozo extremo, que anhelábamos se hiciera diariamente. Al regresar del monte, en las manos de nuestra madre nos esperaba la jícara de pozole, que nuestras hermanas habían traído junto con el nixtamal, el pozole había que moverlo con el chile max y en días muy especiales con un pedacito de panela, que sabe a gloria, haciendo brotar el sudor de nuestras frentes.

−Todos estaban interesados y abobados, el abuelo se sentía profundamente emocionado, la lluvia había cesado y el fresco de la noche invitaba a salir del jardín situado en la parte posterior de la casa.

−¿Por qué no sacan sus sillas? Platicaremos más a gusto en el jardín. -Propuso el abuelo-.

−Inmediatamente todos corrieron y quedaron instalados en el  pórtico, delante de la entrada principal, circundados por el aroma del hilam, los jazmines y la flor de noche.

−Violeta, la nieta mayor, una jovencita de 17 años, hermosa niña, que recibía en forma generosa todo el influjo hormonal, preguntó:

−Abuelito, ¿cómo hacían ustedes para elegir a sus novias? ¿Es cierto que algunas veces los comprometían sin conocer a las muchachas con quien debían de casarse?

−Sofocado por una tosecilla y entre risas, el abuelo comentó:

−En las haciendas, los ricachones si lo hacían para proteger sus fortunas, pero nosotros, la gente pobre, sólo teníamos atención para el trabajo. Mi padre trabajó de encargado en la finca de Dolores y tengo que reconocer que los patrones nos trataron muy bien, teníamos casa, comida y la sensación de protección por parte del patrón, pero al fin, por la educación de sus hijos nos trasladó a Calkiní. Después de estar en la finca, Calkiní nos pareció muy grande, muy bello y muy bullicioso; las muchachas se nos antojaban todas hermosas, junto con mi hermano Armando, no buscábamos a quien mirar, aunque con cierta discreción, pues las familias eran muy celosas de sus hijas y como no habían tantas distracciones, las entregaban a aprender música o corte y confección, y como no había más lugares donde verlas, pues también entrábamos a aprender música con don Gerón y así que cupido no sólo hizo un gran número de músicos, sino también un gran número de parejas, así que en el pueblo, por música para las fiestas no parábamos, pues teníamos tres orquestas, que tenían los nombres de las tres sociedades que florecieron en ese entonces. Programar un baile era una sensación y una emoción muy grande, los directores de orquesta editaban unos volantes con la piezas que tocarían durante todo el baile. Con algunos días de anticipación se repartían estos carnet’s a los jóvenes y ellos iban anotando con quien bailarían los valses, lanceros, mazurcas, polkas, pasos dobles, etc. Los jóvenes, con muchos días de anticipación sacaban a asolear sus fluses (trajes), para que fueran perdiendo el olor a naftalina y utilizaron lo que estuviera a su alcance para impresionar a las jóvenes, quienes acudían al baile con su belleza natural, con trajes modernos oliendo a limpio, recién bañaditas y como único perfume el aroma natural, todo era romántico, la luz tenue de los faroles, la luna entre las nubes, tomar del talle a la pareja y deslizarse por el salón de baile, bajo la mirada atenta de la chaperona, que miraba en forma directa que la mano del galán no descendiera demasiado del talle, los bailes, siempre se hacían en los corredores del Palacio y nos deslizábamos por todo el salón. ¡Cómo añoro esas épocas!

−Todos reían y festejaban al abuelo.

-Abuelito, preguntó Iván el terrible que hacía honor al nombre, ¿dónde pasaste la niñez?

−Al abuelo se le humedecieron los ojos y sin hacer ningún esfuerzo recordó:

−Mi niñez fue maravillosa, la pasamos en la hacienda de Dolores, un lugar muy pintoresco, junto con mis hermanos solíamos andar por el monte, dejando trampas (nupes) para perdices y por las tardes las recogíamos para llevar a la casa, siempre caía un buen número, que como no podíamos comérnoslas todas las que sobraban las manteníamos en un gallinero y los sábados o domingos las comercializábamos en el pueblo, por pan, café o chocolate.

−Abuelo, cuéntanos ¿cómo era Calkiní?

−Había hablado el más pequeño de los nietos, que por cierto se llamaba igual al abuelo, y para éste quizá fuera el nieto preferido, el abuelo hizo una aspiración profunda y eligió a su mente una retroalimentación de imágenes, y cuando ya las había ordenado comenzó no sin reflejar una tristeza lejana.

−El día comenzaba muy temprano.

−Comentó el abuelo.

−A las cinco de la mañana, mamá Rosa ya había puesto agua a calentar para el chocolate, lo cual acompañábamos con tortillas con un poco de manteca y sal, nuestras casas eran redondas con techos de paja, los pisos de tierra blanca y nos bañábamos a jicarazos, en el fondo de cada solar, cercado con piedras se situaba el excusado, mi padre muy listo improvisaba unas letrinas rústicas, la llegada de los primeros rayos del sol por el oriente, marcaban el inicio de una jornada de trabajo, todas las calles de nuestra ciudad presentaban gran número de piedras y todas nuestras calles eran de tierra, las cuales eran regadas por nuestras madres todas las tardes para evitar que el polvo entrara a nuestras casas, todas las mañanas las  vecinas barrían el frente de sus casas, así que la imagen de nuestro pueblo era de total limpieza, en algunas calles era muy difícil transitar, principalmente en bicicleta y quien la tenía era una persona muy importante, por las tardes los jóvenes se reunían en los barrios a jugar en sus plazuelas algún deporte, era común entre los jóvenes platicar el béisbol, el voleibol y los niños jugábamos a las quemadas. Los sábados y domingo, por lo general el sitio de reunión era en el parque principal, un jardín bellísimo, un espacio pequeño de aproximadamente cincuenta metros por lado, con bancas coloniales, con postes de alumbrado de origen alemán, en cuyos faroles ardían los mecheros de aceite, estos mecheros también se encontraban instalados en las esquinas principales del primer cuadro de la ciudad y que el sereno se encargaba de encender y apagar todos los días, el jardín estaba rodeado por una hermosa herrería italiana y tenía cuatro puertas principales con unas rejas bellísimas, con las transformaciones hechas a nuestro pueblo, estos materiales fueron a pasar a muchos hogares, probablemente por causas justificadas, los jóvenes corrían por la plaza principal, la cual se privilegiaba con un césped natural muy fino y que los pájaros se encargaban de trasplantar en cualquier plazuela predispuesta, en la calle veintidós pasaba el ferrocarril de línea angosta con una máquina de combustión mantenida con leña, y que por lo general consistía en una máquina, un carro para el correo, uno para leña, tres vagones de pasajeros y un vagón comedor, el cual tenía una terraza con mesas y manteles largos con una plataforma mirador. Sábados y domingos por las tardes, la visita a la estación era un paseo obligado, vestir las mejores ropas y saludar a los que pasaban en el tren o darles la bienvenida a los que llegaban y acompañarlos de la estación al centro, escuchar sus aventuras, narraciones de los pueblos por donde anduvieron, y principalmente de sus grandes historias en la ciudad de Mérida, yo recuerdo que sólo una vez fui a Mérida en mi juventud y fue a la edad de los quince años, los amigos te aconsejaban que llevaras carbón, para ir señalando por donde pasearas para no perderte, recuerdo haberlo hecho, pues éramos muy obedientes y desconocíamos todo aquello que no fuera Calkiní, en todas nuestras calles era común encontrar árboles como el tamarindo, el choch, los robles, los almendros, más lo más bello era que le daban a nuestro pueblo una perspectiva muy especial, los ricos del pueblo tenían su casas con arquitectura española con ventanas altísimas y unos zaguanes bellísimos por donde entraban los carruajes de los señores y en la parte posterior tenían sus caballerizas, en la parte anterior de las casas siempre tenían unas argollas donde amarraban sus caballos por si debían utilizarlos en algún momento, recuerdo casi todos los zaguanes, aunque destacaban el de los Castellanos, el de los García, el de los Berzunza, el de los Castilla, el de los Rodríguez, etc., los pisos de estas casas principales siempre eran con materiales importados de Europa y los zaguanes tenían piso de piedra labrada pulida. ¡Cómo ambiciono caminar sobre algunos de estos pisos! Nuestro ambiente era muy bonito y aunque teníamos una educación muy pobre, había un gran respeto entre la gente, los saludos a los mayores y la atención a los ancianos y a las mujeres era algo especial, y pobre del que no lo hiciera, porque le daban un castigo de negro, el respeto entre todas las clases sociales de Calkiní se daba en forma cotidiana y el valor de una palabra tenía más aceptación que mil papeles firmados, sigo pensando, aunque ustedes se rían, que la educación a muchas personas las perjudica, esto es, que por un poco que leen creen que pueden cambiar el mundo o porque alcanzan un título ya no pueden conversar con cualquier persona, ojalá que ustedes queridos nietos nunca cambien y siempre estén orgullosos de su origen que son sus padres, sus amigos, sus tradiciones, sus costumbres y no anden ambicionando lo que está tan lejos de nuestra forma de ser y que si un inglés se pinta el pelo de verde ustedes lo imiten, o que si un africano se perfora la nariz y se agrega aros en el cuello, ustedes piensen que también deban hacerlo, o que se perforen las nalgas, el tuch (ombligo) y a veces hasta la lengua.

−Los nietos reían a carcajadas y el abuelo se sentía soñado, porque al fin la familia lo hacía sentirse el jefe de la manada, todos preguntaban ¿quién vivía aquí o allá”, o le preguntaban los acontecimientos más relevantes, pero el abuelo ya pegaba sus primeros bostezos y al fin alguien dijo:

−Ya es la una de la mañana, vámonos a dormir y ojalá que la luz no regrese pronto para que mañana el abuelo nos siga contando cómo era Calkiní y nosotros podamos contarles a nuestros nietos.

−Todos ayudaron al abuelo a levantarse de la mecedora, y sin ningún temor amparados por la noche y la oscuridad penetraron al hogar.

 
 
Fuente: Calkiní: una historia compartida. Lorraine A. Williams, editora. H. Ayuntamiento de Calkiní. Ediciones Nave de Papel, 1999. 140 pp. / Imagen: Portada del mismo libro