Calkiní, 2013
 
Un arte, una tradición
por Socorro Rodríguez Ruiz
 
 

Calkiní, lugar de leyendas, cuentos, tradiciones, músicos, poetas y diestros jaraneros, tierra de mágicos espacios naturales, es también cuna de grandes artesanos, hombres y mujeres que con su creatividad y habilidad manual transforman lo cotidiano en prácticos objetos para decoración, vestuario y calzado. Por su variedad, volumen y valor de producción, la artesanía de Calkiní es muy importante. Además de constituir una manifestación sociocultural en la mayoría de las comunidades calkinienses, las artesanías representan asimismo una fuente permanente de ingresos para decenas de familias que subsisten de esta actividad.

 

En esta tradición artística y creadora se utilizan elementos como el barro, la madera, los productos vegetales, las fibras naturales y el material de desecho. Se fusionan también materiales industrializados y sintéticos los artesanos que le dan forma y diseño a lo moderno y tradicional, siendo entonces –en palabras de María Teresa Pomar– “una técnica de antaño que cubre las necesidades del presente”.

La artesanía de este Municipio se divide en las siguientes ramas: alfarería tradicional y trabajos con arcillas procesadas y fijadores sintéticos; artesanía con fibras naturales como el jipi, el henequén y las palmas; trabajos en madera; textiles bordados a mano y en máquina; talabartería; y el urdido de las hamacas frescas y tradicionales

La alfarería.

El barro trabajado con técnicas antiguas encuentra su máxima expresión dentro del estado en la comunidad de Tepakán, lugar en donde la mujer transforma la tierra en objetos útiles y variados como las ollas, los cántaros, los jarrones, los candeleros, los incensarios y silbatos. A los últimos tres se les dan un uso ceremonial principalmente para la celebración de Día de Muertos.

La técnica y el proceso.

En primer lugar, el barro es seleccionado de acuerdo a la parte de confección en una obra dada: el amarillo se utiliza para modelar las piezas y para los relieves con que se adornan; el k’ancab (la tierra colorada) y el xtacok (la tierra negra) se utilizan para dar color. Posteriormente el barro se pulveriza y se cuela tratando de eliminar la mayor cantidad posible de piedrecillas, ya que al calentarse en el proceso de horneado éstas se revientan y dañan la pieza.

Las herramientas empleadas en el proceso de elaboración y transformación del barro, aunada a la sensibilidad de las manos mágicas de sus productores, son: el torno manual, el box y un trozo de metal o cuchillo. El torno manual se compone de un tronco base de madera, llamado ka’bal, que significa “donde empieza el trabajo”. Este tronco base se coloca sobre un madero grueso que soportará el movimiento giratorio del ka’bal, accionándolo con los pies mientras con las manos y con las hojas del árbol del ramón se la va dando el diseño deseado.

Para pulir las piezas se emplea el box, “un tiesto de barro”, y para desprender el barro seco que queda en la base se usa un trozo de metal o cuchillo. Una vez que las piezas están terminadas se orean a la sombra durante un mes; un día antes de hornear se asolean ligeramente, propiciando que tomen cierto calor y pueden ser coloreadas.

Hornear las piezas implica un ajetreo general para todos los miembros de la familia, pues de antemano los varones se encargan de cortar y seleccionar la leña, las mujeres y niños mayores realizan el acarreo de las piezas hacia el horno, que ha sido limpiado de los escombros de quemas anteriores. Se adorna el horno con ocho tercios de leña delgada, que serán encendidos para culminar a ardua labor de más de un mes de trabajo en sus brazas ardiendo. 

En la comunidad de Tepakán la organización “Cerámica Calkiní S.S.S.”, elabora cerámica en molde a una cocción de 1300º C, con arcillas procesadas, fijadoras sintéticas y en hornos perfectamente acondicionados que funcionan con gas butano. Desde hace aproximadamente dieciocho años esta organización ha ido perfeccionando los trabajos y, a través de la capacitación de sus integrantes, ya está logrando una mayor calidad en su producción.

Los trabajos con fibras naturales.

Las manos hábiles del pueblo maya crean objetos diversos del henequén, el pop (el petate), el jipi y las palmas. Los ya famosos sombreros de jipi se encuentran así en Bécal; se elaboran en las frescas cuevas de este pueblo, en donde, con el parloteo de las anécdotas del día y las leyendas de los abuelos, se van entretejiendo deseos, conocimientos, necesidades e ilusiones. Y el jipi, siempre el jipi como mudo testigo de una tradición, va tomando diversas formas, ya sea en un sombrero o en objetos artísticos combinados con la madera y otros recursos para producir collares, aretes, anillos, pulseras, bolsas, abanicos, cigarreras, zapatillas, sandalias, canastas, floreros, cinturones y tapetes individuales para mesa. Esta técnica de antaño cubre las necesidades decorativas del consumo actual. Pero preparar el jipi y la palma para el tejido no es cosa fácil. El proceso que la deja manejable es el siguiente:

1.         El centro de la planta debe cortarse antes de que abra totalmente.
2.         Después del corte, la planta debe rayarse, dividiendo así los pliegues de la hoja. Con la ayuda de una aguja, se desechan los filamentos que forman el esqueleto de la palma, conocido en la región como “chili a huesito”. Este esqueleto restante se utiliza para la elaboración de escobas y combinándolo con tiras de madera se confeccionan canastas, floreros, lámparas, arroceras, cestas para ropa, tapetes, abanicos y bolsas.
3.         Cada cinta es reducida a tiras de un ancho determinado, cuya calidad depende del sombrero que se desea confeccionar, es decir que a cintas más angostas corresponde un tejido más fino.
4.         El siguiente paso es el “ahumado”, cuyo proceso incluye colocar la fibra en una caja o pila de cemento herméticamente cerrada, en la cual se habrá quemado azufre en una porción de sesenta gramos por cada cien plantas.
5.         Posteriormente las tiras se ponen a asolear por unas horas y se lavan ligeramente, con el propósito de que suelten el color verde de la clorofila que aún retengan.
6.         Una vez blanqueado el material se hace una clasificación agrupando las fibras uniformes, tanto en color como en consistencia.

La confección de los sombreros.

La fibra se trabaja en cuevas naturales, modificadas por el hombre, que se encuentran en los patios de las casas. Su elaboración en este medio obedece a que la humedad mantenga flexible la palma y facilite el tejido. Una vez escogida la fibra comienza el emparejamiento de hebras seleccionadas de un mismo grosor. Unas sesenta y cuatro tiras vienen formando un cuadro aproximado de dos centímetros por cada lado. En seguida se hace el primer ajuste, tesando las fibras hasta que el cuadro quede compacto. En cada aumento se va agregando una nueva cantidad de hebras, dando así un mayor cuerpo al tejido. Estos aumentos a “creceres” se realizan de acuerdo con la calidad del sombrero; es decir, a un tejido más fino corresponde un mayor número de hebras, continuando así el tejido de la copa hasta que alcance la medida deseada. Posteriormente se teje la faldilla del sombrero para que tome la forma extendida, haciendo nuevos aumentos hasta lograr la medida exacta. El acabado de la orilla del sombrero tiene un tejido distinto: se doblan las orillas hacia el interior, apretándolas cuidadosamente, para formar un cordón resistente.

El tiempo de elaboración para estos productos es variable. Por ejemplo, un sombrero fino, o con “acabado de seda”, puede llevar de veinte a veinticinco días de trabajo. Aquéllos de tejido calado tardan dos a tres días; los de palma una tarde y las curiosidades requieren de algunas horas al día. Todo esto depende de la habilidad, la dedicación y la paciencia del tejedor.

Una vez que los sombreros se han terminado de tejer, pasan por una técnica más sofisticada, es decir, por las máquinas prensadoras, en donde sus propietarios, conscientes de la demanda turística, se han abastecido de moldes con hormas en serie de diferentes medidas y modelos que van de los tradicionales hasta los más modernos. En estos talleres se moldean tanto los sombreros nuevos como los usados que requieren de una nueva blanqueada.

La técnica del prensado que es utilizada en estos talleres es la siguiente: se calienta el molde a una temperatura moderada que va de acuerdo con el material de la pieza. Por ejemplo, un sombrero de jipi con tejido grueso soporta hasta doscientas libras de presión, otro con tejido fino solamente ciento cincuenta libras y la palma tejida con una sola hebra de cuarenta a cincuenta libras.

Cuando el cliente requiere un sombrero pintado con acabado firme se prepara la siguiente mezcla: a) pintura vinílica con pigmento; b) goma industrializada; y c) glicerina con blanco de zinc. Estos elementos deben estar perfectamente balanceados de acuerdo con el material del sombrero.

El petate o pop –como se le conoce en la región–, es otro recurso natural que se produce en las zonas húmedas de la sabana del petén en el noroeste del estado. Esta planta es trabajada en la comunidad de Nunkiní, lugar en donde se elaboran los bellísimos kich kelenpop, que quiere decir petate bonito o dibujado. Este producto puede tener hasta cuarenta dibujos diferentes en una sola pieza, que suele medir un metro y medio de largo por ochenta centímetros de ancho.

El kich kelenpop es toda una joya artística que surge del cariño, la creatividad y la paciencia de más de tres semanas de dedicación. En sus dibujos hacen alusión a la relación que tiene el maya con la naturaleza, encontrando motivos como el tzol uech (el carapacho de armadillo), can (la culebra), may keh (la pezuña de venado), chak mo’l (la garra del gran tigre), por mencionar algunas. Del pop se elaboran alhajeros, tortilleros, bolsas y manteles individuales para mesa.

La técnica y el proceso.

La materia prima recién cortada se asolea durante diez días y de cada tira se sacan seis o siete adicionales. Una vez divididas las tiras se ponen a hervir con una planta silvestre llamada chak-xiu, que significa hierba colorada, para proporcionarle un tono rojo vino. Sin embargo, esta técnica de teñido está en vías de desaparecer, debido a la introducción de pinturas sintéticas.

Otra de las fibras que se procesa para la elaboración de artesanías es el henequén, conocido en la región una vez procesado como el tzosquil. Con esta materia prima se elaboran bolsas, el casi extinto sabucán (las bolsas de trabajo o morral), el tankak (un mecapal para cargar productos a cuestas) o las frescas y confortables hamacas elaboradas en bastidores de madera, ya sea en tejido fino, enmallado o en tejido de red.

En la región el henequén todavía utiliza técnicas y procesos tradicionales, que se desglosan de la siguiente manera:

1.         En principio, deben escogerse las pencas más robustas. Luego se golpean sobre una piedra grande para que se ensuavicen y suelten la goma.
2.         Posteriormente la penca se coloca sobre un madero o tablón firme, sujetándola con una soga para que no resbale mientras se raya.
3.         El rallado se realiza con un machete, desprendiendo la cobertura verde hasta que poco a poco va apareciendo la fibra deshebrada.
4.         A continuación el tzosquil se pone a secar para poder desenredarlo y poder “corcharlo” (torcerlo); no se debe olvidar quitarle con unas tijeras todos los tejidos que no lograron desprenderse durante el rallado.
5.         Para “corchar” o torcer el henequén existen dos procesos rudimentarios. Uno consiste en torcerlo poco a poco, valiéndose únicamente con las manos y la rodilla del artesano. Se le agrega un poco de ceniza, que permite asimismo un mejor manejo de la fibra e impide lastimar la piel del corchador. El otro proceso emplea una máquina de madera rudimentaria, compuesta por una rueda y dos poleas que se requiere el apoyo de dos personas: una genera la energía con movimientos moderados que permite que la hiladura gire; la otra persona se encarga de darle forma al tzosquil, ya sea para soga o brazos de hamaca.

La calidad de las artesanías producidas con fibras naturales depende en gran parte de la selección cuidadosa de materiales uniformes en tamaño y grosor, así como en lo compacto o fino de su tejido. Su valor está en función del trenzado: mientras más delgadas sean las tiras, más fino será el acabado.

Los trabajos en madera y los juguetes.

La madera es un material que se ha venido utilizando desde épocas muy remotas para usos múltiples. En Dzitbalché, Santa Cruz ex Hacienda y Tankuché se emplea este recurso en la elaboración de puertas, marcos, muebles y carretas (para las labores agrícolas), molcajetes, batidores para el chocolate, bancos y los tradicionales wi’ieb ché y el kisiché: el banquillo y la mesa de cocina que se emplean para el torteado. En fechas recientes Santa Cruz es el lugar en donde se elaboran las bases para sillas mecedoras y las bases para la hamaca jardinera y el columpio, que se complementan con el tejido de hamaca.

Quizá el uso más tradicional de la madera es en la elaboración de juguetes, que no sólo cumplen con su objetivo de entretenimiento, sino también fungen como un vínculo de contacto entre el niño y su entorno cultural, social y natural. De tal manera que el juguete indígena es un apoyo en la enseñanza y el fortalecimiento de los patrones de identidad cultural. A través del juguete tradicional se reproducen diversos aspectos de la cultura local, principalmente aquéllos que fortalecen la cosmovisión de respeto y correlación del niño con la naturaleza. Para elaborarlos se utilizan elementos propios de la región, como semillas, troncos, hojas, flores, cortezas, raíces y en algunos casos la piel, extremidades y vísceras de ciertos animales. Sobre estos últimos ejemplos se pueden mencionar el xtzoo, una sonaja articulada elaborada con una de las extremidades del pavo de monte o gallina para los recién nacidos. Además de distraer al pequeño funciona de amuleto que protege al niño de los malos vientos, según la tradición y creencia local. Para los niños mayores se fabrica el uchimch’ich, o buche de pavo, que se infla y se juega como pelota hasta que pierda elasticidad y se reviente. Actualmente es común encontrar el popular “ojo de venado”, una semilla silvestre que se perfora para atravesarle un cordón con nueve nudos. Esta semilla, al igual que el xtzoo, cumple con la función dual de entretener y proteger al pequeño de las malas vibraciones.

Entre la variedad de juguetes, cuya tradición cultural aún se conserva, se pueden mencionar los siguientes: el atractivo y ruidoso lanzador xtu’beh tzah, elaborado con trozos de madera perforada con un orificio en el que se coloca una cáscara seca de plátano y a través de presión lanza la cáscara como proyectil; el tipri’xch, un juguete que mediante un golpe de presión al bejuco lanza un trocito de madera empleado como cartucho; el “Juan ché”, un muñeco de tronco de árbol para las niñas; y el xt’in horoch, un aro pequeño que gira mediante un hilo que se enrolla y desenrolla al ejercer presión y flexión.

Los textiles.

En este ramo sobresalen los hermosos bordados de Dzitbalché, Santa Cruz Pueblo y aquéllos del barrio de Kilakán, con todas las innovaciones en material y diseño. En esta actividad, la mujer es la encargada exclusiva de bordar en algodón u otra tela. Los famosos huipiles adornados con vistosas tiras floreadas en múltiples colores matizados, ya sea a mano en el tradicional chocbi-chui, el punto de cruz o a máquina, se clasifican en los siguientes tipos por su modo de uso: 1) el casero, que se adorna austeramente –se compra actualmente una tira pintada incluso, que simula el bordado; y 2) el de gala, o terno, compuesto por: a) el huipil bordado con hilo de lino y aplicaciones en chaquira, una innovación de los últimos años; b) el justán o fondo bordado que va debajo del huipil –el adorno bordado con encaje debe tener un largo a la altura del tobillo; c) el rebozo de seda; y d) para los días de fiesta se complementa con todo un paquete de accesorios como collares, cadenas, anillos, peinetas y moños en colores muy vivos. Estos accesorios van de acuerdo con la posición social y económica de su portadora.

El urdido.

La hamaca ha sido una confortable y fresca red, ya sea para el descanso después de una larga jornada de trabajo o para dormir. En la actualidad se han introducido modalidades en sus diseños, por lo que es común encontrar elementos artesanales nuevos como las sillas mecedoras y la hamaca jardinera o hamaca columpio. La hamaca tradicional se elabora en todas las comunidades del municipio; en cada caso es indispensable contar con un bastidor, ya sea para elaborar la hamaca para la familia, la venta o para su reparación. Los materiales que se utilizan son el tzosquil, el hilo de algodón y el de seda.

Otra artesanía que está en vías de desaparecer es la elaboración de sandalias bordadas; pero en 1997 se consiguió un apoyo generoso para el proyecto intitulado “Sandalias Bordadas” en Bécal, gracias al Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias, que coordina el Instituto de Cultura de Campeche.

Comentarios finales.

En esta breve reseña nos refleja que las artesanías calkinienses, lejos de desaparecer, siguen adaptándose a las condiciones de consumo conservando siempre su esencia y características del pueblo que las produce.

Agradecimientos.

Agradezco sinceramente al Dr. José F. Estrada Mijangos, Presidente del H. Ayuntamiento de Calkiní, por su invitación de colaborar en esta edición; asimismo a la Dra. Lorraine A. Williams-Beck por su confianza en el material. Este trabajo les dedico a Víctor y a Ixel por las porras y su amor.

 

Obras consultadas

Coello Ruiz, Manuel
1989-1985    Los géneros de palma y jipi. Revista Ah Kin Pech, Tomo II, p. 311.

Pomar, María Teresa
1988   Acerca del arte popular. Serie de cuadernos del Instituto de Cultura de Tabasco, Villahermosa.

Turok, Martha
1988   Cómo acercarse a la artesanía. Secretaría de Educación Pública, México.

Informantes.

Uc Chí, José Domingo, Coordinador de la Casa de los Conocimientos Mayas de Calkiní.

Uc Uc, Ezequiel, antiguo artesano becaleño.

 
 
Fuente: Un arte, una tradición. Socorro Rodríguez Ruiz, en Calkiní; una historia compartida. Lorraine A. Williams, editora. H. Ayuntamiento de Calkiní. Ediciones Nave de Papel, 1999. 140 pp. / Imagen: Portada del mismo libro