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La
última semana de octubre estuvo muy activa. El
misterio, la soledad de los muertos, significó
la remembranza, los recuerdos, la reflexión.
Niños
y adultos fueron tras las frutas, velas, incienso, cruces,
candelabros, retratos, y cosas de aparente antigüedad.
En
escuelas, instituciones de gobierno, en sitios públicos,
mesas frontales o esquinadas (con ofrendas a los difuntos)
estuvieron a la orden del día y de la noche.
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Muestras,
concursos, representaciones de altares en honor a familiares
y amigos; participantes y jurados calificadores que se
pusieron a leer o investigar en Internet los posibles
rasgos a tomar en cuenta en la conservación del
Hanal Pixán.
En
el Módulo del Cobach de Nunkiní, en la Escuela
Normal de Educadores, en la Normal de Educación
Primaria, en la Plaza del Maestro, en la Casa del Maestro
Jubilado, en todos lados.
Los
manteles, los dulces de pan o mazapán, las vasijas
de barro, las exposiciones orales en maya y español;
en salones de clase, en pasillos, en los pensamientos,
se anidó un altar y una ofrenda.
La niñez comió; la adultez se recreó. La comunidad, el municipio, probó los pibipollos, los pibifrijoles, los pibitos de jamón y queso.
Fue la culminación del Mes de la Campechanidad. La última semana de octubre de fiestas, de gremios, de tierra mojada, por la víspera del "jálowin" que todavía no domina la ansiedad del hombre modernizado. |