Calkiní, 29 de octubre de 2011
 
Hanal Pixán (Comida de Difuntos)
 

Por Andrés Jesús González Kantún

 

Sin que nadie se lo diga a uno, cuando se acercan “Todos los Santos” o ”Finados”, que así se les llama comúnmente, se percibe en el ambiente su presencia contagiando al alma de un sentimiento místico, indescriptible, el cual induce a recordar con tristeza a los seres queridos que se han adelantado en el inevitable viaje sin retorno.

 
 

Esta afirmación tiene como base la preocupación de la gente por mantener limpios, en esos días, los solares la casa, el blanqueo a conciencia de las albarradas (costumbre en declive, mas no en otras partes de la península), el remozamiento de las tumbas, la limpieza y el ordenamiento de nueva cuenta de los enseres del hogar, el aseoy arreglo del lugar donde se instalará el altar, la verificación de la cantidad de aves con que se cuenta en el corral para la elaboración de los ricos pibes; en fin, se predispone un escenario propicio y encantador para el arribo de los espíritus menores y mayores desaparecidos.

A estas festividades se les considera una de las tradiciones más arraigadas en la idiosincrasia del pueblo maya, que no sido mermada en su espíritu ni siquiera por aquellas culturas de importación, como sucede con el Hall Owen o Fiesta de brujas, practicadas por la juventud. Al contrario, cuando la ocasión se presenta, se siente orgullosa de ese legado ancestral y no pierde la oportunidad para presumirlo ante cualquiera.

Esta conmemoración acerca más a los mexicanos hacia su presente histórico; permite el reencuentro con los antepasados difuntos e impulsa a la reflexión del hombre acerca de la vida ─como un suspiro─ ante lo inevitable de la muerte; de la ley del nacer y del morir, como una aceptación tácita de la fuerza de la naturaleza ante la fragilidad humana. Una verdadera fiesta de la convivencia entre los muertos y los terrestres, en la ancestral creencia de saborear la sustancia ofrecida en los altares, en honor de los primeros que al fin y al cabo es el motivo principal de estas celebraciones.

“Cuánta ironía, una sentencia dictada de antemano por la naturaleza, del nacer para morir sin una rendija de apelación”. Después de degustar la majestuosidad de la existencia en el entorno de los amigos, la familia, los placeresde la vida, ¿quién desearía morir?

 
 

Fechas de celebración.

Los “Finados” inician el último día de octubre y finalizan el 2 de noviembre. El 31 está dedicado a las ánimas de los chicos; el 1 de noviembre para los grandes; y el 2, para la visita a los panteones. Esta práctica se caracteriza por dos aspectos fundamentales: las ofrendas en los altares y la visita familiar a los cementerios. 

La ofrenda en el altar.

Antecedentes.- Esta ofrenda en los altares tiene su origen en la época prehispánica, la cual fue modificada al mezclarse con las costumbres y ritos religiosos, traídos por los españoles para conformar una nueva práctica como se le conoce actualmente.

En un principio, los antiguos mayas acostumbraban a depositar en el entierro de sus muertos, enseres de barro como platos, cajetes o laques, rellenos de comida de su preferencia, sus ídolos preferidos, objetos de valor que habían poseído en vida; en fin, un bagaje completo de lo que les pudiera servir en el otro mundo para amenizarles mejor su estancia, pues esa era su creencia después de la muerte. Estas inhumaciones iban de acuerdo con la clase social a la que pertenecía la persona; mientras más poderosa y rica era, las ofrendas y la construcción de la tumba eran igual. Nada más que esta práctica de los abuelos se transformóa la llegada de los hispanos, más no su esencia.

Los mayas, en un principio, no acostumbraban a recordar (para nada) a sus muertos en ninguna clase de celebraciones. Si esta costumbre subsiste se debe a la tenacidad religiosa de los españoles, quienes al darse cuenta que en esos ritos funerarios indígenas se resaltaban más los actos de tipo pagano y que contravenían a la nueva religión, optaron por inculcarles sutilmente la costumbre suya: La celebración a Todos los Santos, ya que en España era una tradición; de tal manera que se les permitió a que siguieran con sus prácticas de ofrendas mortuorias, de comidas, bebidas y objetos, pero al estilo español… en los altares, como se conoce hoy con su retahíla de rosarios a los Santo Difuntos.

Descripción del altar.

31 de octubre.- Está dedicado a las ánimas chicas. En el centro del altar se instalauna cruz de madera, un retrato, y en su alrededor se colocan alimentos, de acuerdo al gusto de los niños difuntos: bebidas y dulces, aunque con cierta moderación; se incluyen juguetes, pitos de barro, velas de colores, flores, etc.

1 de noviembre.- Este día le corresponde a las ánimas grandes, con un escenario igual, una cruz y un retrato, nada más que el altar se colma de más viandas, bebidas, dulces, panes, frutas, comidas tradicionales (las que preferían los ya idos), rosas frescas de la región; encima del altar, y sobre el piso del material que sea, destacan las velas blancas y negras que iluminanel ambiente dándole un tono espectral. De igual forma, descuellan los retratos de algunos difuntos colocados en algún resquicio. En alguna parte de la casa (cerca de la mesa) se acomodan las ropas y herramientas del difunto. En fin, un altar mezclado de fragancia, colores y sabores, que lo convierten en una verdadera amenaza para el gusto y el olfato.

 

 

A continuación, se describe de manera pormenorizada lo que lleva un altar de difuntos:

De los dulces, galletas y panes.

Majablanco, merengue, kulín (ciruela seca), mazapán, yuca con miel, dulce de camote, dulce de nance y calabaza, pepita enmielada sobrepuesta sobre hojas de roble, miel embotellada, dulce de cocoyol, dulce de ciricote, caña, caballero pobre, panela, almendras, hojarasca, arepa, suspiros, molletes, cocotazo, camelia, etc.

De las bebidas.

Agua, atole, sacab (pozole), café, chocolate, chocosacán, cerveza, pinole, miel, vino, refrescos de botella, etc.

De los enseres.

En un principio, se usaban para los alimentos unos utensilios de barro llamados cajetes o laques (en maya), que una vez utilizados se aseaban y se guardaban para el próximo año (una costumbre ya perdida). Para los líquidos se preferían las jícaras fijadas sobre la mesa en rodajas elaboradas con huano o bejuco (me’ et).

Los candeleros, incensarios y los pitos, como hasta ahora, son de barro y fabricados por alfareros de Tepakán, comunidad del municipio.

 
 

De las flores.

El altar se ornamenta con todo tipo de flores y hierbas aromáticas (ruda, albahaca) y de las silvestres (pocas) como elX’ puhuk, kan lol.

De las comidas.

De preferencia, se ofrecen aquellas que en vida le gustaban al difunto, como frijol con puerco, pepián, puchero, frijol colado, bollos de pozole (se cuenta que a los difuntos precolombinos se les colocaba en la boca un bollo de pozole, para que no padecieran hambre en el inframundo), tortillas de maíz nuevo (izuá en maya), elote enterrado (pibinal) y chaya.

De las frutas.

Se distinguen las de la región: yuca, zaramullo, macal, jícama, cítricos, plátano y las frutas de clima templado, etc.

Del pibipollo y pib de frijol.

La elaboración de estos dos alimentos varía en dificultad, mientras que el de carne y recado es más laborioso y caro, el de frijol es sencillo y barato.

Sin embargo, ambos manjares requieren de un trabajo de equipo, tanto de las personas pequeñas como de las más grandes y sin distinción de sexo. Cada una de éstas, a fuerza de ejercitarla cada año, las convierte en expertas en la actividad encomendada.

Las mujeres en la cocina lidian con la masa, el recado, el degüello de las aves, la preparación de las hojas de plátano y la vigilancia a punto de los ingredientes; mientras que los varones se distraen en el campo con la traída de la leña y la excavación del hueco para el horno y su preparación (acomodar la leña verde, encimar las piedras y encenderlo), y la exhumación de los comestibles.

 
 

Descripción de la hechura del pibipollo.

El pibipollo es un manjar en forma de torta gigante rellena de kol (atole espeso de maíz, salado y condimentado) y de carne de puerco y pollo. Se sazona al gusto de la familia, preferentemente en la dosificación del picante; luego, se envuelve en hojas de plátano flexibilizadas con el fuego y, finalmente, se amarra delicadamente con tiras de henequén.

De la preparación del horno.

Sobre la tierra se excava un rectángulo, de un tamaño acorde con la cantidad de pibes que se cocinarán. En el fondo del hoyo se instala un manojo de hojas secas para prender la leña verde; ésta, se sobrepone en montones en los bordes del hueco; luego, se le enciman piedras apropiadas, que no se deshagan en cenizas. Se enciende la hojarasca, y la leña prende; al consumirse, las piedras caen calentísimas y con un palo largo se emparejan. Sobre esta cama se colocan los pibes (dentro de recipientes de lata o pedazos de lamina, en algunos lugares se prefiere el henequén); se cubren con hojas de jabín o roble, algunas veces con bolsas de plástico, láminas de cartón o cualquier material que sirva para tal propósito y evitar que la tierra le caiga directamente. Finalmente, se rellenan si se nota que después de esas acciones escapa el humo por algún intersticio.

El tiempo de cocimiento será dictaminado por el grado de calor de las piedras, que podría ser de una hora u hora y media. Este es un detalle que conocen perfectamente los encargados de este trabajo; si se descuidan por algún motivo, los pibes se pueden quemar y las consecuencias serán graves: aguantar, con justa razón, los berrinches de la familia.

 
 

Del rito religioso, propósito de la festividad.

Con lo pibes ya calientitos, dorados y humeantes, se levantan del hueco con algún instrumento a modo y con amor se trasladan al altar para proceder a la ejecución del rosario fúnebre en presencia de los espíritus difuntos y la familia. En este acto, la rezadora deberá recitar, en voz alta, una lista interminable de los familiares muertos, como un símbolo de aprecio y respeto por lo que fueron en vida. Una vez concluido el salve bendito, se reparten entre todos los concurrentes los pibes y demás comestibles que hayan dejado los muertos.

Los viejos acostumbran a paladear los pibes con aromático café o chocolate, dispuesto en jícaras, a diferencia de los jóvenes que los prefieren con las aguas negras del imperioyanqui: la coca cola.

De toda esta fiesta de la gula, los únicos ganadores son los niños, pues no esperan el momento reglamentario para la repartición de las viandas, pues se auto obsequian sin medida las frutas y golosinas dispuestas sobre la mesa.

Existe la creencia, entre la gente grande, que los alimentos consagrados a los difuntos deben ser respetados, pues a ellos les corresponden las primicias de las ofrendas; en caso contrario, se estaría contrariandouna costumbre sagrada y atávica. Nada más que a los niños de nada les sirve estas reglas, dictadas por la costumbre, pues sólo les interesa darle de comer al eterno y hambriento serpentario que traen consigo en el estómago.

 
 

De los entretenimientos.

Una de las distracciones practicadas entre los hombres en estos días de febril actividad, tanto culinaria como física, es la oportunidad que tienen de compartir con Dionisos, porque creen que han adquirido el derecho de conversar con élal cumplir a pie juntillas con los trabajos encomendados de su género. En realidad es un falso pretexto, pues es bien sabido que a los mexicanos por naturaleza les gusta la diversión y por cualquier motivo se entretienen con el dios del vino.

Otra de las actividades preferidas del pueblo, convertida en tradición, es la asistencia el 2 de noviembre al panteón municipal, para escuchar una misa dedicada a los difuntos en un turno para escoger, ya sea matutina o vespertina. En ese lugar, el concurrente tendrá la ocasión de escuchar, de una interminable lista, el nombre de algún familiar suyo si acaso ha cubierto la tarifa establecida por el párroco.

Otras personas prefieren destinar ese día para asistir a diversiones diferentes como entretenerse en un centro de recreo, visita a los familiares no vistos desde hace mucho tiempo o acudir a un encuentro deportivo (béisbol), como es el caso del pueblo de Nunkiní.

 
 

Como rescoldo de esa fiesta popular (31 de noviembre y 1 de octubre), si a la gente le resta suficiente energía y dinero (en algunas familias) festeja el singular bish (octavario), en donde se repite el ritual y las ofrendas en el altar, pero en un grado menor; y, por último, otra ceremonia a fines del mes, también dedicada a los muertos, pero es aquí donde se rompe el cordón umbilical con los muertos. Habría que esperar hasta el próximo año. Estas fiestas finales se deben a que existe la creencia entre el pueblo de que las ánimas no se van hasta que no termine el mes.

El hanal pixán es una de las celebraciones más cautivadoras de nuestro terruño,conservadas a duras penas, pero corre el peligro de desaparecer algún día a causa del dinero o tal vez por la apatía de las nuevas generaciones.

Sin embargo, la SEP, al observar esta indolencia de la juventud hacia nuestras tradiciones populares, ha incluido en sus programas educativos contenidos teóricos y prácticos que estimulan y refuerzan la preservación del patrimonio cultural, como el descrito en el presente trabajo. Aunque en mi modesta apreciación, corresponde -en un principio- a los padres inculcar a sus hijos, desde el ámbito del hogar, el aprecio por nuestras tradiciones con la práctica en las oportunidades que se les presente. Una vez abonada la sementera familiar, la escuela se encargaría del resto para impulsarlas y darles solidez. De otra forma, todo esfuerzo sería estéril.

En fin, corresponde a los padres de familia y a las escuelas cumplir, sin excusa alguna, con este designio. La oportunidad: durante todo el año, en la familia, y en la escuela, el Mes de la Campechanidad.

 
 
 
Fuente: Un viaje folclórico por el solar nativo. Andrés Jesús González Kantún. Col. Ah Canul, No. 6. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, noviembre de 2007. 82 Págs. / Fotos: Santiago Canto Sosa, 2002-2005