Calkiní, 17 de septiembre de 2013
 
Compartiendo diálogos conmigo mismo: Reconciliarse con el camino
 

Demando momentos de luz para huir de las sombras.
Pido espacios de paz para rehuir de las guerras.
Adiós al desconsuelo, no hay dolor eterno que perdure.

El mal tiene su fin y la falsedad sus días contados.
El bien siempre vuelve con la esperanza del encuentro.
Precisamos ser reconocidos por los ojos del creador.

 

Al final somos como niños, buscando el cariño.
Necesitamos querer hasta el extremo de darnos.
Todo lo demás no importa, son menudencias.

Conserva el niño en el alma, el recuerdo del camino.
La inocencia de no ser nada y serlo todo.
No olvides el punto de partida ni al entrar en la meta.

Somos el instante preciso mientras somos.
Y cuando ya no somos, quedan los lenguajes vertidos.
El amor llena nuestros silencios, colma los vacíos.

No hay mayor afecto que escucharse para crecer.
El pulso del corazón llega hasta la cima de Dios.
Es el cénit de la luz que va más allá de la muerte.

Todos respiramos del mismo aire y el aire es uno.
Todos formamos la vida, aunque seamos muchos.
Somos hijos del tiempo, hermanos del mismo pan.

Reconciliémonos para aliviar la carga del camino.
Nunca es pesado el camino que nos lleva hacia sí.
Dejemos que los caminantes se descubran por dentro.

¿De qué nos sirve ganar el mundo si se pierde el alma?
Si el alma es aquello por lo que caminamos, pensemos.
Que quien mucho piensa, mucho vive y más se desvive.

Como aquel que ama, hágase el propósito de donarse.
Concédase el privilegio de querer ser lo que quiera ser.
Y, en todo caso, sea la vida para los que no tienen vida.

Es el espíritu de cada uno quien nos impulsa a ser.
A vivir los pasos de tal modo que amando muera.
A morir en los pasos de tal modo que amando viva.

 
 
Fuente: Texto recibido el 17/09/2013: corcoba@telefonica.net / Foto: Santiago Canto Sosa, 2012