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En
1994, siendo director de la Casa de Cultura, tuve el
gusto de conocer a Bartolomé Chan May, joven
oriundo de esta ciudad, que en esos momentos trataba
de establecerse de nuevo en el terruño que lo
vio nacer, ya que procedía de Cancún,
en donde se forjó un porvenir halagador en el
arte pictórico.
Exponía,
entonces, algunos cuadros en la mencionada institución,
donde daba a conocer su reciente obra, de una misteriosa
subjetividad, por el extraño ambiente que la
rodeaba en cada trazo del pincel.
Uno
de los cuadros en exhibición, de regular tamaño
e impactante por su delineo sutil, era el de “El
cielo y la tierra”. |
| “El
cielo y la tierra”, acrílico de Bartolomé
Chan May. 1994. Foto: Nicolás Arango
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En
él se plasmaban dos entornos asimétricos:
en uno, la silueta de un cristo se multiplicaba en perspectiva,
en un fondo de nubes, y sobre una base de azules superficies;
en el otro, en la parte de abajo, una montaña semejaba
el mundo árido, el mundo real de nuestro tiempo.
En
la inauguración del evento, hubo un especial interés
por adquirir “El cielo y la tierra”, cuyo precio
era muy elevado en relación con los demás.
Al
final de la ceremonia de apertura, Julio Alpuche se acercó
para hacerme un comentario sobre el alto costo del cuadro
aludido. Tomándolo a modo de guasa, me pidió
el favor de preguntar el precio de dicha obra, sin “la
tierra”.
Al
encontrarme con Bartolomé en el segundo día
de la muestra, me atreví a consultar el valor de
aquel lienzo tan solicitado, pero “sin la tierra”.
Chan May respondió: “Si no puede usted comprar
la tierra, menos podrá comprar el cielo”.