Después
de leer con sumo interés, animó a sus amigos
para que lo acompañaran a la Plaza de Toros. Esa
tarde empezaba la temporada.
Sus
amigos no estuvieron del todo convencidos de querer acompañarlo,
ya que sólo tenían dinero para las entradas.
Pero como “Dol” era muy aficionado insistió
hasta que cedieron a su petición.
Caminaron
largo rato por las aceras de la Ciudad Blanca. El trayecto
les pareció un calvario, puesto que cargaban con
una resaca producto de la parranda de la noche anterior.
Pero ya estaban encarrilados y continuaron su travesía
sin protestar. Por fin, agotados y sedientos, llegaron al
coso taurino.
Compraron
los boletos y entraron. Para su mala fortuna, les tocó
sentarse en las localidades de sol. No les importó.
Después de acomodarse en las butacas se durmieron.
Al
poco rato, reaccionaron ante el griterío de la multitud,
que con relación al torero que estaba en la arena,
de manera eufórica demandaba:
-¡Denle
el rabo!
-¡Que
se lo den! –corearon ellos, de manera mecánica,
pues no estaban despabilados.
Luego
escucharon que la gente decía:
-¡Denle
las orejas!
-¡Sí,
que se las den! –repitieron.
Finalmente,
la multitud gritó:
-¡Vuelta
al ruedo, vuelta al ruedo!
Al
escuchar estas palabras “Dol”, contento, exclamó:
-¡Mare,
cuates, le van a dar la vuelta al ruedo, con chance ahora
sí nos toque sombra!