Moisés,
muy quitado de la pena, se introdujo a la oficina de Martínez
–como apellidaré al director–, diciendo:
aquí está “mi incapacidad”. Aquél
tomó el papel membretado, al que le habían
puesto los datos del paciente.
Al
mirar el encabezado, Martínez sonrió; luego,
sin poder contenerse, soltó una carcajada. Había
leído: “Licencia por gravidez”. Moisés,
con súbito interés, se acercó a leer
lo que su jefe leyó –ahora– en voz alta:
“Licencia por gravidez”.
El
“enfermo” quiso arrebatarle la hoja a Martínez,
pero éste la retuvo con fuerza y preguntó:
¿Así que gravidez? Moisés, tratando
de arreglar la bochornosa situación, pidió
hacer algo para que no se enteraran de este error los demás
profesores. Se imaginaba la burla que tendría que
soportar, al ver estampada aquella licencia en el registro
de asistencia del personal docente.
Martínez
le propuso remediar el caso, no volviendo a faltar a clases;
sus compañeros estaban inconformes y algunos padres
de familia se notaban inquietos por la desatención
a sus hijos en una asignatura.
Durante
largo tiempo, conserjes, secretarias y maestros se extrañaron
de la actitud de Moisés, quien –en los recesos-
le llevaba al director panuchos y refrescos, con una docilidad
repentina.
Cierto
día en que Martínez descansaba en la sala
de su hogar, su mujer le señaló de una manera
cortés: “Estás engordando...”
El
susodicho, sabiendo el motivo de su reciente subida de peso,
respondió sarcástico: “¡Ha de
ser por la gravidez!”.