Cada
vez que el director de la orquesta miraba hacia el vestíbulo,
un progenitor bajaba la cabeza para no dejar ver el torrente
de sollozos que manaba de sus ojos. Al no poder reprimir
su llanto, un tutor se vio obligado a aceptar, ante la pregunta
de un espectador, que lloraba de felicidad por la suerte
de ver a tantos niños y jóvenes en conjunción
de notas y compases, lo que nunca se había visto
en esta ciudad.
Pasó
el tiempo, y como pasa la ilusión de quien sueña
despierto, se fue perdiendo el entusiasmo de autoridades,
sociedad y hasta de los propios integrantes de la Sinfónica
por seguir promoviendo esa actividad recreativa y forjadora
de vocaciones.
En
la entrada de la Casa de Cultura, el mismo señor
de los sollozos, padre de uno de los escasos integrantes
de la orquesta, dejaba caer sus lágrimas espesas,
como si un río encauzara su fuente en aquel lugar.
Con
curiosidad, otro espectador se atrevió a interrumpirlo.
-¿Llora
usted de felicidad?
-No
lloro de felicidad, sino de tristeza... ¡porque a
la Sinfónica se la está llevando el carajo!