–Un
día de éstos me voy a animar a pedir su mano;
pero tengo que prepararme. Hum... –empezaba el relato–,
tengo una “escuadra” con cinco tiros. Me acerco
a la casa; llamo, se abre la puerta y sale la muchacha.
Y le digo lo que le tengo que decir. Ella va a despreciarme,
naturalmente. Va a decir que no: “en primer lugar,
no eres de mi categoría”. ¡Ay! me está
doliendo antes de que me lo diga.
–Saco
el arma –proseguía–, y se la “pongo”
en el pecho. Le digo: ya que no eres mía, no serás
de nadie. Le disparo tres veces y luego, al verla caer,
me “pego” los dos últimos tiros.
–Al
escuchar los disparos la gente se arremolinará en
la puerta. Los policías llegarán y nos verán
muertos en el mismo lugar. A ella la introducirán
en su casa; a mí me llevarán a la Colonia
(un sector de la ciudad); vendrán las averiguaciones
y la gente irá al velorio. Ya estoy viendo esta escena...
–Al
otro día nos llevarán juntos a la iglesia,
pues el cura no va a hacer dos misas al mismo tiempo –aclaraba–.
En la esquina de don “Pinos” (calles 20 y 15)
se encontrarán los dos féretros, uno cargado
por la “gentuza” y el otro por la “élite”.
Ambos sepelios se unirán y nos encaminaremos todos
al cementerio.
Después
de sorber un trago, “La uixona” remarcaba:
–“¡Qué
liinndo!”.