Cuenta
que en sus años de infancia hubo un tiempo en que
estaba de moda el tema de la muerte. Un día, jugando
en el fondo de su patio, se le ocurrió construir
un cementerio, su propio cementerio, por lo que fue amontonando
piedritas para cercar el terreno que ocuparía su
construcción. Con algunas maderitas, que había
recogido previamente, hizo las crucecitas, que colocó
en las lápidas.
Al
final de inmensa labor, no quedó convencido. Estaba
triste porque su cementerio "no tenía vida";
en otras palabras, faltaban los muertos. Estuvo pensativo
por largo rato, dándole vueltas a su cabeza en busca
de una solución, que llegó cuando vio desfilar
ante él –como un regimiento de soldados- a
las gallinas y pollitos que su mamá soltara en la
mañana para alimentarlos con maíz.
Lejos
de miradas indiscretas, hurtó un pollito y le torció
el pescuezo. Ya tenía al primer residente de su cementerio.
Repitió el procedimiento una y otra vez, hasta que
quedó satisfecho.
Al
llegar la noche, su mamá, con ayuda de una linterna,
contó los animales de su pequeña granja y
se dio cuenta que hacían falta algunos. Estuvo buscándolos
por todo el patio, sin encontrarlos, ante la mirada triste
del autor de la fechoría.
Finalmente,
abandonó la búsqueda; entró a la casa,
pensando que quizá un zorro hizo presa de ellos.
Ernesto se sintió mal por el incidente y el bochorno
que había hecho pasar a su madre, pero calló.
Todo
sea –se dijo- para darle vida a mi cementerio.