Mis
poemas fueron interpretados –con grata entonación-
por Azael, hermano de Josué. Sonetos y romances fueron
divulgados constantemente, por lo que deseé oír
los ajenos.
En 1984, para
sorpresa del público radioescucha, entró de
emergente Elías Franco a rivalizar con este servidor.
El locutor comentaba que un “mano a mano” se
había iniciado entre los dos bardos.
El
que esto comenta, proclamaba en fragmentos sus emociones:
Por ratos veo sombras\ de mágica estructura;\
parecen los fantasmas\ de mi alma y de la tuya. El
otro, es decir, Franco, esparcía flores tenues a
su enamorada: Paloma de este cielo,\ con resplandor
naciste;\ al verme sin anhelo\ tu corazón me diste.
Fue
una lid que duró varios meses. Los amigos me respaldaron
en la lucha contra el otro poeta romántico que, sinceramente,
me estaba rebasando en popularidad y destreza versificadora.
Hastiado
de escuchar comentarios y elogios en favor de Elías,
y con la sana intención de no volver a emular a Riva
Palacio, en eso de poner seudónimos a la autoría
de uno, decidí ser franco y confesarle a Josué,
que Elías Franco y yo éramos la misma persona.
De
este modo, terminó el “mano a mano”.
He aquí las últimas líneas vertidas
en la estación radiofónica: Subió
la paloma al cielo\ en perenne resplandor;\ como se queda
un anhelo,\ en él, sola, se quedó.