“Uixo”,
como le decían desde niño en el entorno social,
fue muy ingenioso. En cierta ocasión, lavaba un carro
cuando llegó otro vehículo, con placas de
un Estado de la Unión Americana. De una de las ventanas
se asomó el rostro de una dama, que pidió
a “Kalimán”, en un trabajoso español,
el favor de llenar el tanque de su auto.
Mientras,
el hijo de aquélla observaba -desde el interior del
coche- las “brillosas”
jícaras que colgaban de un árbol en el
solar de los choferes, por lo que interrogó a su
progenitora:
–¿Móder
ké serr essas kozas?
La
señora, inquieta, contestó:
–No
saberr, preguntarr al míster.
Ella,
al bajar de su vehículo, se dirigió a “La
uixona”, mascando unas palabras:
–Míster,
¿podrría decíur ké frutos esos?
–Ah,
doña –respondió éste con presunción–,
son quesos
“de bola”
de Chetumal. “Ahorita” están verdes,
cuando maduren quedarán rojos. Son muy pocas las
personas que tienen la dicha de verlos en su estado natural.
Luego
de pagar la nota de consumo, y sin percibir la risilla de
“La uixona”, la gringa subió al coche,
sintiendo gran admiración por los productos que acababa
de conocer en su interesante recorrido por la Península
de Yucatán.