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Opinión de Gumercindo Tun Ku
 
(20 de marzo de 2013)

En un día de campo

 
 

La mañana es un cristal nítido, el azul del cielo resplandece ante los ojos de la humanidad de esta mi tierra; me levanté con el ánimo de escribir algo que realmente esté sucediendo, ya no quise pensar en fechas a celebrarse en este mes de marzo, quería algo original, del presente, del momento, así que me dije: “voy a un día de campo”.

Decidí ver el diario vivir de la gente del cultivo, el trabajo incansable del campesino; caminé por veredas y entre matorrales, cuando por ocasiones perdía el rumbo fijado por los tantos pasos de los dueños de estas regiones, sin embargo, seguía, no me sentía perdido, porque sabía que más adelante llegaría a un lugar propicio para admirar las faenas cotidianas del hombre y de la mujer en las milpas.

Efectivamente, los encontré, quizás fueron tres o cuatro  kilómetros la distancia que recorrí; don Mariano Xool y doña Catalina Tun, hombre y mujer de 70 y 67 años de edad, respectivamente; con sus tres nietos, de 6, 8 y 9, que por ser día inhábil en la escuela (18 de marzo) estaban ahí. El tiempo transcurre sin muchos cambios a admirar desde el punto de vista social, aparentemente, pero para ellos, aquí, todos los momentos tienen algo diferente a los anteriores.

Desde ver cómo el sol va cambiando de posición en su recorrido continuo por la faz de la tierra; los nuevos trazos de las sombras de los árboles por su efecto, el aire que mece las ramas más sutil o más fuerte que ayer, y hoy que el pájaro cardenal ha cantado incesante casi sobre sus cabezas, son las maravillas igualables de sus vidas.

Cuando llegué, suspendieron sus trabajos; nos sentamos debajo de un frondoso árbol de tsalam, sobre unas piedras labradas que les ha servido para descansar desde entonces.

Mientras compartía con ellos una jícara de pozole fresco, con su chile verde y su sal en grano, la plática transcurría afablemente; por instantes todo el espacio se callaba, se percibía el silencio cual anestesia contra el caos del mundo de los automotores contaminantes, del ruido de los equipos eléctricos de las casas citadinas y del ocio que se extiende igual que la hiedra entre los individuos. Los niños, atentos escuchaban callados las pláticas de sus abuelos, mas podía observarse el orgullo que sentían con las palabras de los señores.

En este bello y agradable lugar, hay tantas anécdotas de toda una vida que sólo la memoria guarda inefablemente. Observaba que la cosecha ya había terminado, la tarea entonces era el “meents`ul”, es decir, recorrían los surcos nuevamente por aquellas mazorcas que en su momento no lograron percibir, al igual levantaban las calabazas y recogían algo de leña.

Aquí se pasan el día de la familia, el día de internacional de la mujer, el día de los abuelos y el día de todos los demás días por decirlo cabalmente; no hay lamentaciones, no hay tristezas, hay esperanzas de seguir adelante; aquí, hasta las risas que emitimos el viento las recoge, las lleva alegre a los confines del planeta, y las aves, con ellas corear nuevos cantos. Hablamos de todo un poco como se dice, el relato de los aluxes no pudo faltar, un tema tan interesante. Un servidor que ha gustado mucho de estas conversaciones, me sentí cautivado.

Estaba por despedirme cuando me ofrecieron mostrar de dónde habían tomado las piedras labradas que con antelación les había yo preguntado; me condujeron hacia un cerro, he ahí parte de ciertos vestigios de lo que quizás alguna vez fue un gran cuyo, ya no quedaba casi nada, seguramente como muchos más en las profundidades de los montes de estas regiones mayas, perdidos en el espacio y el tiempo, condenados a seguir guardando los secretos milenarios de una gran civilización.

Mirar el polvo del k`ankab en los pies descalzos de doña Catalina, los agrietados talones que sobresalen de las alpargatas de Mariano, los surcos del tiempo en sus rostros y ver el sudor escurrir como perlas transparentes sobre sus frentes, al mismo tiempo que la lima se desliza sobre el machete desgastando su metal, me hizo recordar parte del diálogo de una novela de Michael Gear: La Tribu de los Lagos "¿cómo podemos saber adónde vamos si no vemos el camino que hemos recorrido hasta el presente? ¡Yo quiero conocer nuestros orígenes! ¡Aquello que nos hace humanos!".

Precisamente, mi origen es el de los hombres del campo.

Aunque, al inicio de este breve texto, precisé no hablar de una fecha específica de las efemérides establecidas, quiero decir ahora, cuando en estos momentos mi dedos se posan de tecla en tecla, víspera del día mundial de la poesía, esta vivencia, es como tal. Es el más completo de la poesía que uno puede gustar.

Cuando el aire canta en rededor y por momentos se detiene a susurrar a los oídos sus secretos, cuando se suman los aleteos de los insectos, el siseo de los arrastres de los animales entre las hojarascas, al coro de las voces de las aves que con sus plumajes pintan el paisaje y el azul del cielo, admirar las ascuas encendidas de los “joloches” secos en la alfombra roja de la tierra enmarcada por los verdes árboles, no puede ser otra cosa, más que poesía.

En un día de campo, he vuelto a nacer como humano.

 
 
 
 
Texto y fotos: enviados por Gumercindo Tun Ku, 20 de marzo de 2013