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La Noche de los Osos / Miguel Ángel Suárez Caamal
       
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Fue una tarde cuando dije a mi papá lo que oí aquí. Lo recuerdo ahorita porque ese día jugaba beis. Un batazo metió la pelota en el patio del palacio. Fui por ella pero estaba lóbrego. Me puse a buscarla. Entonces escuché voces que hablaban de los tíos. Sé la maya, pero no entendí muy bien lo que dijeron. Conversaban bajito. Encontré la bola y salí poco a poco. No dije nada a mi equipo y regresé a casa. Se lo conté a mi papá. No quiso creerme: "No, Berto, me dijo. No lo creo. Como hablaban en maya, a lo mejor entendistes otras cosas". "Le repito que era algo de mis tíos, pero quién sabe qué, pues lo decían bajito, bajito. "Sí, Lisandro, platicaban bajito. Como ahorita que hablo contigo".
 
 

(¡Le avisastes a don Jacinto Can, Tono!, porque no ha llegado.)

(Sí le dije..., mire, ay'llega.)

(Sólo usted faltaba, don Chinto. Don Tono, cierra la puerta de atrás... Bien. Tú, Tono, junto con don Pedro Can, irán por ellos hasta traerlos aquí en el palacio. Sí, claro, los meterán en el juzgado. Usted don Venancio y usted don Chinto, verán que nadie salga. Y ya saben: mucho cuidado. Que nadie sepa de esta plática, porque entonces la jodida será para nosotros. Ninguno debe salir. Si alguno intenta escapar, ya escucharon qué deben hacer. Tampoco se les olvide el día, ¿eh?)

 

Me puse terco pero mi papá seguía sin creerme: "¿No reconociste la voz de alguno? Cómo creerte, hijo, ¿ja? Puede ser que hablaron de algunos presos y te imaginastes lo que me has dicho". "¡No, papá! De mis tíos hablaban..." Y así quedó todo ese relajo, Lisandro. Nunca supe quiénes fueron esas gentes, hasta hoy que nos escondemos de ellos aquí tras del palacio. Todavía así, me dijo mi papá: "Posiblemente se trate de un problemas pasado que tuvo tío Augusto, pero, nooo..., no creo".

 
 

Entonces cómo la ve, don Augusto. Piénselo bien. Sería un buen negocio. Ninguno perdería y usted menos.

Creo que es riesgoso. Además me parece cabrón hacer eso que me propone. De esta gente vive mi tienda.

No, hombre. Oiga, don Augusto, ya de por sí son animales. Cuando están chumados, cualquier mierda toman. Es más, no se darán cuenta que pondremos alcohol del barato en las botellas. Usted sólo venderá producto en su timbiriche y recibirá su porcentaje. Y con esa autoridad que tienen acá en Yum-Bé ustedes los Suaste, pues...

― ¡Definitivamente no! Sería una puerqueza. No me presto a semejante cosa. ¡Y mucho cuidado! Ni lo intente porque lo denuncio.

― ¡Pendejo, no sabe cuánto perderá! Y todo por sus escrúpulos de pueblerino.

¡Pero ya vera!

¡Van a conocerme!

¡Ya veráaaa...!

¡Ya veráaaa...!

― ¡Ni hable con mis hermanossss!

― ¡Ellos tampoco aceptaránnnn!

 

Pues sí, Lisandro. Creo que por ese problema hablaron de los tíos esa tarde. Si no, por qué los buscan ahorita como me dijistes que escuchastes. Esa misma noche de que te hablé, no dormí. Me revolcaba en la hamaca. Hasta a mi mamá desperte: "¿Qué tienes, hijo?, me dijo. ¿Por qué no duermes?" "Nada, mami. Me dormiré." "Ya hazlo pues tienes que madrugar. A tu tío Rodrigo le gusta abrir temprano la tienda. Ya sabes: apenas canten los gallos". "Sí, mamá. Ya sé". Pero no dormí en toda esa noche. Hasta pegué mis ojos con un poco de chicle montaña. Ni así pude hacerlo. Cada vez que los cerraba, veía a los tíos grita que grita dentro de un cuarto de aquí del palacio. Querían salir pero cuatro señores no los dejaban. Así estuve hasta la madrugada. Me levanté. Tenía que abrir la tienda del tío Rodrigo. Durante el camino buscaba la forma de cómo decir al tío Ró, eso que oí aquí y el sueño que ya conoces. Me acuerdo bien de sus palabras: "Oye, Berto. Te veo mal. ¿Qué tienes, hijo? Cinco veces te han pedido algo y despachas otra cosa. ¿Qué te sucede?" "No sé como decirlo, tío". "A ver, Berto. Dime de qué se trata..." Y le dije todo lo que ya sabes, Lisandro. Todo lo que creí escuchar de ellos. No me hizo caso: "Tontera de chiquitos", dijo, y me hizo pesar un bulto de azúcar, que para que no me ocupe de pendejadas. No volví con el chisme. Y como pasó el tiempo y nada sucedía, me olvidé de todo ese relajo. Me acordé de él, hoy que nos escondemos de esa gente que busca a los tíos. Creo que los quieren matar. Tenemos que avisar a mi papá. ¡Ayúdame, primo!

¿Pero cómo le hago, Berto? ¡No sé como ayudarte!...

El pueblo estaba de fiesta. La bulla andaba por todas las calles. Personas iban y venían. El corredor del palacio municipal estaba repleto de gente y los caminos traían más a Yum-Bé. Chamacos y jóvenes con la cara pintada iban de un lado a otro. La pintura se mezclaba con el sudor. Todo mundo parecía zorimbo: bailaban, gritaban y vestían extrañas ropas. Tal parecía que en Yum-Bé reinaba la locura: era martes de Carnaval y la música estaba toca que toca.

 
 

Te vengo a ver, Rodrigo. Pasemos a la bodega.

Pero mira es que...

Dile a Berto que atienda a la gente.

― Bueno, ni modos: Berto, despacha tú.

Deja de pesar. Ahorita vuelvo. Voy a hablar con tu tío Gus...

― Bueno, te escucho.

― Es lo siguiente: ¿Te acuerdas de aquel señor que vino de la capital del Estado hace como ocho meses?

― Ajá.

― ¿Te acuerdas que quiso ganarnos a la gente, vendiendo más barato, según él?

― Ajá, ¿qué tiene?

― ¿Recuerdas que no pudo y se enemistó con nosotros?.

― Ajá.

― Bueno, pues ya regresó. Estuvo conmigo. Al principio se mostró amigable. ¿Y sabes qué?...

― ¡Ya, ya, dilo! Me apendejas con tantas vueltas.

―Mira. Quiere hacerse de dinero acá en Yum-Bé, de la manera más fácil y cabrona. Pretende vender "fuerte", pero adulterado. Dice que no se nota cuando se sabe preparar. Pero lo más chistoso, ja, es que desea que nosotros lo vendamos en nuestras tiendas. Sólo quiere vengarse, Rodrigo. Quiere que la gente se encabrone contra nosotros.

― No, Augusto. Busca algo más que eso. Estoy seguro que así es. Lo del "fuerte" y aquello de vender más barato es puro gancho. Desde hace tiempo te lo dije, pero no me haces caso. Ya basta de chingaderas. Dejemos que haga lo que quiera ese fulano acá en Yum-Bé.

― ¿Tú crees?

― Sí, Augusto. Eso es. Quiere tener al pueblo en sus manos, como lo tenemos desde los tatarabuelos. Hay que dejarlo. Total, siempre los Suaste han manejado todo acá en Yum-Bé. Nuestro apellido ha sido el único y más respetado desde años y años. Aunque debemos aceptar que los tiempos han cambiado y soplan otros vientos...

― Bueno. Luego veremos, pero ya te avisé.

 

 
Fuente: La noche de los osos y otros relatos. Miguel Ángel Suárez Caamal. Publicación del H. Ayuntamiento de Calkiní, 1988. 128 páginas. Foto: Santiago Canto Sosa.