¡Claro, Lisandro! ¡Cómo no me acordaba! Ese cabrón tiene que ser. ¡Él persigue a los tíos! Ya recuerdo. Fue hace como quince días cuando el tío Gus se lo platicó a tío Rodrigo. Me puso a despachar y se fueron a la bodega. Logré oír algo. Hay que decírselo a mi papá. Hay que llegar a la casa. ¡Hay que ir, primo! ¡Antes que traigan a mi papá!
¿Pero cómo lo hacems, Berto? ¡No veo cómo...!
Ya veremos. Tenemos que encontrar la manera.
Martes de Carnaval: mucho ruido y contento que parecía anunciar algo. Aunque ya los viejos decían: "Hay que divertirse; esta vida sólo es una". Y precisamente es lo que hacían en Yum-Bé: reír y olvidar en estos días carnestolendos. Y ni se diga en este último.
La gente salía a la calle como piedras que brotaran del suelo. Un griterío de machos encabritados por la espuela del alcohol, se oía junto con la música. Comparsas iba pregonando su despreocupación. Se palpaba que de Yum-Bé el dolor y el llanto fueron exiliados. Martes de Carnaval: el día más esperado. Niño, viejo, joven o mujer ansiaban su llegada. De todos, era el más alegre durante la fiesta carnavalesca del lugar. Martes: noche de risa, música, baile, cerveza y comparsas. Sobre todo las comparsas de osos: osos-hombres, osos-borrachos, osos-niños, osos-jóvenes. Osos y más osos como escapados del monte. Por cualquier lado deambulaban en grupo, solitarios o por parejas. Una pita o saco viejo de henequén servía para confeccionar la piel de estos osos-borrachos, osos-viejos, osos-nilños y osos-hombres que acompañaban a JUAN CARNAVAL en sus últimos minutos de vida.