Ebrios y fuera de sí, alzaban y dejaban caer sus machetes para detener a cuanto oso-viejo y oso-nilño pasaba cerca, tratando de encontrar a sus perseguidos...
¡Hijue... tastastastastas!... nuestra san... gre cae... rá so... bre... tastastastas... uste... dessss...................................
Silencio. Un enorme silencio llenó aquel juzgado. Sus paredes y el piso se impregnaron de un gran silencio teñido de rojo. Mientras tanto en el exterior la muchedumbre escapaba como ganado en tropel. De los Suaste sólo quedaron pedazos de carne y astillados huesos. Sobre ellos caían, como relámpagos, un sin fin de tajos de machete.
¡¡Chacchacchacchacchacchacchacchac!!
Llovía inesperadamente y el agua se mezclaba con aquella otra agua roja que chorreaba de los cuerpirrotos osos-hombres.
¡Chacchacchacchacchacchacchacchac!
Al más leve movimiento de algún nervio no muerto aún de los Suaste, caían unio y dos y tres y más machetazos. Y ahí, bajo la lluvia, Juan Carnaval se quedó solo como testigo mudo de aquella inesperada matanza. La gente corría de espanto y asombro al ver cuánto oso-piel de pita henequenera rodaba por el suelo con una boca más grande en el vientre.
Nadie supo por qué machetearon a tanto oso-viejo y oso-niño esa noche del martes. Sólo nosotros lo supimos. Fue algo que no olvidará el pueblo de Yum-Bé. Todos recordarán esa noche de Carnaval: mi padre... Lisandro, mi primo... y yo que también pude escapar y que le cuento eso que fue la noche... de los osos, señor Presidente Municipal. Usted como Presidente tiene que ir a Yum-Bé, señor... ¡Tiene que ir!...
Fue así como los Suaste venimos a vivir acá en la cabecera municipal. Nunca regresamos a Yum-Bé. Ni los que nacimos después de aquella noche de Carnaval. Así me lo contó mi padre hace algunos años. De cuando en cuando el viento del olvido nos bota en Yum-Bé, pero no tardamos allá y volvemos a caminar lo caminado. Es que la sangre de los tíos-abuelos pide venganza y para los Suaste ya pasaron esos tiempos...