"La
disciplina es el mejor camino para la libertad pero,
si
se le concibe como fin en sí misma,
degrada
a la persona convirtiéndola en
autómata".
Hermann Keyserling
Antes
de abordar el tema sobre hasta cuánto debemos
respetar la libertad de nuestros hijos, es necesario recurrir
a los orígenes de la vida del ser humano, y es ahí donde
nos daremos cuenta de la importancia de hacer de los niños,
seres humanos de éxito.
Un
niño nace cuando deja de formar un solo ser con
su madre y se transforma en un ente biológicamente separado
de ella. Sin embargo, si bien esta separación biológica
es un principio de la existencia humana, el niño, desde
el punto de vista funcional, permanece unido a su madre durante
un periodo considerable.
Pero
tal independencia es real tan solo en el sentido muy imperfecto
de la separación de los dos cuerpos. En el
sentido funcional, la criatura sigue formando parte de la madre.
Es ésta quien lo alimenta, lo lleva, lo cuida en todos
los aspectos de la vida. Lentamente el niño llega a
considerar a su madre y a los objetos como entidades separadas
de él mismo; esto lo lleva a desarrollar su sistema
nervioso y sus características físicas; en general,
su aptitud para apoderarse física y mentalmente de los
objetos y dominarlos a través de su propia actividad
experimentando un mundo exterior a sí mismo. Luego de
este proceso el niño entra a un proceso de individualización
y se refuerza por el de educación, aquí es donde
deberían suceder una serie de privaciones y prohibiciones
que cambian el papel de la madre en el de una persona guiada
por fines distintos a los del niño.
Es
claro notar que el niño carece de libertad en la
medida en que todavía no ha cortado el cordón
umbilical que (hablando en sentido figurado) lo ata al mundo
exterior. Pero estos lazos le otorgan a la vez la seguridad
y el sentimiento de pertenecer a algo y de estar arraigado
a alguna parte. Cuanto el niño va creciendo, va cortando
los vínculos primarios y busca la libertad e independencia.
Una vez alcanzado el proceso de individualización y
cuando el niño se haya libre de los vínculos
primarios, una nueva tarea se le presenta: orientarse y arraigarse
en el mundo y encontrar seguridad siguiendo caminos distintos
de los que caracterizaban su existencia junto a su madre. La
libertad adquiere entonces un significado diferente del que
poseía antes de alcanzar esta etapa de evolución.
Este proceso contiene dos aspectos: el primero que el niño
se hace más fuerte, desde el punto de vista físico,
emocional y mental. El otro aspecto consiste en el aumento
de la soledad.
Los
vínculos primarios ofrecen la seguridad y la unión
básica con el mundo exterior a uno mismo. En la medida
en que el niño emerge de este mundo se da cuenta de
su soledad, de ser una persona separada de todos los demás;
cuando el niño está solo, debe enfrentar al mundo
en todos sus aspectos.
¿Qué pasa cuando en estos primeros años
los padres hacen hasta lo indecible para mostrarse con sus
hijos afectuosos, expresivos, indulgentes con las necesidades
del niño y muy tolerantes en cuanto a su comportamiento?
Pues los privan de su libertad y esto es grave porque trae
consecuencias.
Los
inscriben en clases de natación, de música,
de danza, a fin de desarrollar sus intereses intelectuales
y fomentar la exploración de su propio cuerpo y de su
mente. Aunado a esto algunos padres tienen a sus hijos como
centro de su existencia, se dedican a satisfacerles hasta sus
más mínimas necesidades. Los hacen ver que el
mundo es algo suave, generoso, cuyo eje son ellos. No hacen
más que llorar o quejarse y corren a satisfacer sus
necesidades. Se les protege cuidadosamente hacen de ellos una
infancia de fantasía. Estos métodos dan buenos
resultados en muchos sentidos; crecen y son jóvenes
francos, cordiales y congenian fácilmente con la gente,
llevan buenas relaciones con sus compañeros y también
con los miembros del sexo opuesto. Son cariñosos, amables
y simpáticos. No sienten ansiedad respecto al sexo,
ni por ser aceptados y ser simpáticos a los demás.
Dan por sentado que serán vistos con afecto y están
libres de las ansiedades sociales o sexuales. Hasta aquí todo
va bien, salvo que hay un pelo en la sopa.
Al
parecer estos jóvenes son incapaces de decidirse
por una profesión, de ganarse la vida, de canalizar
sus considerables capacidades y talento hacia una buena carrera,
están perdidos y descontrolados y no saben a quién
acudir. Tanto emocional como económicamente, siguen
dependiendo de los padres. Se sienten derrotados por su incapacidad
para enfrentar el reto que significa una posición en
el mundo, y debo decir que no me refiero a que no puedan llegar
a ser médicos o abogados o negociantes, o cualquier
otro tipo de hombre de “éxito” en el sentido institucional,
claro que pueden, pero una cosa es que consigan un título
universitario y otra que destaquen cuando lo ejerzan profesionalmente.
Parece
que lo que les falta a este tipo de jóvenes
es la perseverancia, el deseo o el empuje para triunfar en
lo que sea. El problema principal radica en que se dan cuenta
que tienen la capacidad intelectual pero tienen miedo a la
libertad y al triunfo y esto les preocupa. Se consideran fracasados,
individuos sin agallas, derrotados, anhelan gozar de algunas
de las ventajas que se derivan del éxito profesional
y económico, pero comprenden que carecen de voluntad
necesaria para lograrlo. Tienen miedo de hacer las cosas solos
porque están acostumbrados a que se les resuelva todo.
¿Qué ocurrió? ¿Por qué o
en qué falló su educación? Porque no se
les dio la libertad suficiente para desarrollarse en forma
natural. Papá y mamá se encargaron de hacer de él
un títere en donde ellos movían los hilos. Al
parecer, la falla está en que se les ofreció una
situación adecuada para propiciar su desarrollo emocional,
pero el niño fue desarrollándose sin problemas
y dificultades, sin privaciones y sin retos a los que tendrían
que enfrentarse. Y fue por esto que jamás desarrolló esta
clase de fuerza necesaria par hacer frente a los problemas,
entendiendo que esta fuerza es lo esencial para lograr el éxito
en cualquier campo y no sólo en las carreras institucionales.
Porque son incapaces de resolver por ellos mismos sus propios
problemas. De modo que estos jóvenes les falta algo,
sobre todo en nuestra sociedad que para que triunfes deberás
entrar en un proceso de competencia. Aquí es donde habrán
de desenvolverse como triunfadores o fracasados, o al menos
desenvolverse.
Aunado
a lo anterior, si sus padres (uno de ellos, cuando menos)
tuvieron éxito y les siguen sirviendo de modelo,
no le es fácil a este joven decir que la vida que ahora
tienen es una manera mejor de vivir la vida que la de sus padres.
Estos jóvenes recurren incluso a las drogas como una
alternativa para obtener la libertad psicológica que
andan buscando, aunque la mayor parte de las veces no se han
hecho adictos a ellas. Muchos se las han arreglado para salir
adelante en sus estudios, con frecuencia gracias a la ayuda
de toda la clase de profesores particulares y de toda clase
de trampas. A veces, si los cursos son pesados, suelen fracasar
llegando el momento de los exámenes. Otras veces, cuando
les resulta relativamente fácil, salen avante pero tienen
dificultades después que egresan de las instituciones.
Es triste y desesperante la situación en que viven estos
jóvenes.
Para
solucionar el problema es recomendable que recurran a terapias
grupales con personas experta. Y el éxito derivará en
lograr que reconozcan la ira que sienten contra los padres
por haberles pintado un cuadro que resultó esencialmente
falso, privándoles de la libertad de ser ellos mismos.
Los padres no se comportaron con honradez ni con apego a la
realidad, se dedicaron a desempeñar el papel de padres “consentidores” en
vez de negarles algunas cosas y ser exigentes, decepcionantes,
hostiles y al mismo tiempo padres amorosos; en resumen todos
los aspectos de una actitud humana, tanto negativos como positivos.
Los padres les prometieron un jardín de rosas cuando
sólo había un campo ordinario en el que abundaban
las ortigas.
En
vez de producir adultos prósperos, forjaron hijos
amistosos, francos, amables, encantadores, pero privados de
lo que se necesita tener para enfrentarse a los retos que es
necesario vencer a fin de tener éxito en esta sociedad
nuestra. Convendría agregar a nuestra orientación
para la educación de los niños el hecho de que
tal vez sea más importante para el padre y la madre
mostrarse verdaderamente francos, absolutamente honrados en
lo que a sentimientos se refiere, que proceder en todo momento
con amor y tolerancia.
Pero
hay elementos que deberán entender los padres:
debe existir una relación muy estrecha y consistente
entre la madre en los primeros uno o dos años de vida.
En esta época cualquier separación por breve
que sea, es extremadamente traumática para el niño.
Después de los primeros años el niño necesita
separarse e individualizarse de su madre y sentir con toda
claridad la diferencia que existe entre sus necesidades y deseos
y los de su madre. La madre no sólo debe dejarlo separarse
de ella tanto como sea posible de acuerdo con su edad, sino
que debe presentarse a sí misma como una personalidad
propia, con sus necesidades “egoístas”, y no sólo
como extensión del niño al que deberá satisfacer
sus necesidades. Se busca la autenticidad de los padres, no
a crear padres fanáticos de la disciplina. Que entiendan
de que pueden estar haciéndole más daño
al no ser auténtico.
Finalmente
les diré que la idea sobre la educación
de los niños debe variar de un niño a otro, así como
de unos padres a otros. Una cosa a la que ustedes los padres
jamás deben renunciar a favor de otra persona, es su
autonomía, su absoluta responsabilidad por su propia
vida y la vida de su hijo; sus decisiones, su derecho a equivocarse,
su iniciativa a amoldarse. |