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(16 de junio de 2006)
 
Libertad. ¿Hasta cuánto? // Ernesto Rodríguez Moguel
 

"La disciplina es el mejor camino para la libertad pero,

si se le concibe como fin en sí misma,

degrada a la persona convirtiéndola en autómata".

Hermann Keyserling

 

Antes de abordar el tema sobre hasta cuánto debemos respetar la libertad de nuestros hijos, es necesario recurrir a los orígenes de la vida del ser humano, y es ahí donde nos daremos cuenta de la importancia de hacer de los niños, seres humanos de éxito.

Un niño nace cuando deja de formar un solo ser con su madre y se transforma en un ente biológicamente separado de ella. Sin embargo, si bien esta separación biológica es un principio de la existencia humana, el niño, desde el punto de vista funcional, permanece unido a su madre durante un periodo considerable.

Pero tal independencia es real tan solo en el sentido muy imperfecto de la separación de los dos cuerpos. En el sentido funcional, la criatura sigue formando parte de la madre. Es ésta quien lo alimenta, lo lleva, lo cuida en todos los aspectos de la vida. Lentamente el niño llega a considerar a su madre y a los objetos como entidades separadas de él mismo; esto lo lleva a desarrollar su sistema nervioso y sus características físicas; en general, su aptitud para apoderarse física y mentalmente de los objetos y dominarlos a través de su propia actividad experimentando un mundo exterior a sí mismo. Luego de este proceso el niño entra a un proceso de individualización y se refuerza por el de educación, aquí es donde deberían suceder una serie de privaciones y prohibiciones que cambian el papel de la madre en el de una persona guiada por fines distintos a los del niño.

Es claro notar que el niño carece de libertad en la medida en que todavía no ha cortado el cordón umbilical que (hablando en sentido figurado) lo ata al mundo exterior. Pero estos lazos le otorgan a la vez la seguridad y el sentimiento de pertenecer a algo y de estar arraigado a alguna parte. Cuanto el niño va creciendo, va cortando los vínculos primarios y busca la libertad e independencia. Una vez alcanzado el proceso de individualización y cuando el niño se haya libre de los vínculos primarios, una nueva tarea se le presenta: orientarse y arraigarse en el mundo y encontrar seguridad siguiendo caminos distintos de los que caracterizaban su existencia junto a su madre. La libertad adquiere entonces un significado diferente del que poseía antes de alcanzar esta etapa de evolución. Este proceso contiene dos aspectos: el primero que el niño se hace más fuerte, desde el punto de vista físico, emocional y mental. El otro aspecto consiste en el aumento de la soledad.

Los vínculos primarios ofrecen la seguridad y la unión básica con el mundo exterior a uno mismo. En la medida en que el niño emerge de este mundo se da cuenta de su soledad, de ser una persona separada de todos los demás; cuando el niño está solo, debe enfrentar al mundo en todos sus aspectos.

¿Qué pasa cuando en estos primeros años los padres hacen hasta lo indecible para mostrarse con sus hijos afectuosos, expresivos, indulgentes con las necesidades del niño y muy tolerantes en cuanto a su comportamiento? Pues los privan de su libertad y esto es grave porque trae consecuencias.

Los inscriben en clases de natación, de música, de danza, a fin de desarrollar sus intereses intelectuales y fomentar la exploración de su propio cuerpo y de su mente. Aunado a esto algunos padres tienen a sus hijos como centro de su existencia, se dedican a satisfacerles hasta sus más mínimas necesidades. Los hacen ver que el mundo es algo suave, generoso, cuyo eje son ellos. No hacen más que llorar o quejarse y corren a satisfacer sus necesidades. Se les protege cuidadosamente hacen de ellos una infancia de fantasía. Estos métodos dan buenos resultados en muchos sentidos; crecen y son jóvenes francos, cordiales y congenian fácilmente con la gente, llevan buenas relaciones con sus compañeros y también con los miembros del sexo opuesto. Son cariñosos, amables y simpáticos. No sienten ansiedad respecto al sexo, ni por ser aceptados y ser simpáticos a los demás. Dan por sentado que serán vistos con afecto y están libres de las ansiedades sociales o sexuales. Hasta aquí todo va bien, salvo que hay un pelo en la sopa.

Al parecer estos jóvenes son incapaces de decidirse por una profesión, de ganarse la vida, de canalizar sus considerables capacidades y talento hacia una buena carrera, están perdidos y descontrolados y no saben a quién acudir. Tanto emocional como económicamente, siguen dependiendo de los padres. Se sienten derrotados por su incapacidad para enfrentar el reto que significa una posición en el mundo, y debo decir que no me refiero a que no puedan llegar a ser médicos o abogados o negociantes, o cualquier otro tipo de hombre de “éxito” en el sentido institucional, claro que pueden, pero una cosa es que consigan un título universitario y otra que destaquen cuando lo ejerzan profesionalmente.

Parece que lo que les falta a este tipo de jóvenes es la perseverancia, el deseo o el empuje para triunfar en lo que sea. El problema principal radica en que se dan cuenta que tienen la capacidad intelectual pero tienen miedo a la libertad y al triunfo y esto les preocupa. Se consideran fracasados, individuos sin agallas, derrotados, anhelan gozar de algunas de las ventajas que se derivan del éxito profesional y económico, pero comprenden que carecen de voluntad necesaria para lograrlo. Tienen miedo de hacer las cosas solos porque están acostumbrados a que se les resuelva todo.

¿Qué ocurrió? ¿Por qué o en qué falló su educación? Porque no se les dio la libertad suficiente para desarrollarse en forma natural. Papá y mamá se encargaron de hacer de él un títere en donde ellos movían los hilos. Al parecer, la falla está en que se les ofreció una situación adecuada para propiciar su desarrollo emocional, pero el niño fue desarrollándose sin problemas y dificultades, sin privaciones y sin retos a los que tendrían que enfrentarse. Y fue por esto que jamás desarrolló esta clase de fuerza necesaria par hacer frente a los problemas, entendiendo que esta fuerza es lo esencial para lograr el éxito en cualquier campo y no sólo en las carreras institucionales. Porque son incapaces de resolver por ellos mismos sus propios problemas. De modo que estos jóvenes les falta algo, sobre todo en nuestra sociedad que para que triunfes deberás entrar en un proceso de competencia. Aquí es donde habrán de desenvolverse como triunfadores o fracasados, o al menos desenvolverse.

Aunado a lo anterior, si sus padres (uno de ellos, cuando menos) tuvieron éxito y les siguen sirviendo de modelo, no le es fácil a este joven decir que la vida que ahora tienen es una manera mejor de vivir la vida que la de sus padres. Estos jóvenes recurren incluso a las drogas como una alternativa para obtener la libertad psicológica que andan buscando, aunque la mayor parte de las veces no se han hecho adictos a ellas. Muchos se las han arreglado para salir adelante en sus estudios, con frecuencia gracias a la ayuda de toda la clase de profesores particulares y de toda clase de trampas. A veces, si los cursos son pesados, suelen fracasar llegando el momento de los exámenes. Otras veces, cuando les resulta relativamente fácil, salen avante pero tienen dificultades después que egresan de las instituciones. Es triste y desesperante la situación en que viven estos jóvenes.

Para solucionar el problema es recomendable que recurran a terapias grupales con personas experta. Y el éxito derivará en lograr que reconozcan la ira que sienten contra los padres por haberles pintado un cuadro que resultó esencialmente falso, privándoles de la libertad de ser ellos mismos. Los padres no se comportaron con honradez ni con apego a la realidad, se dedicaron a desempeñar el papel de padres “consentidores” en vez de negarles algunas cosas y ser exigentes, decepcionantes, hostiles y al mismo tiempo padres amorosos; en resumen todos los aspectos de una actitud humana, tanto negativos como positivos. Los padres les prometieron un jardín de rosas cuando sólo había un campo ordinario en el que abundaban las ortigas.

En vez de producir adultos prósperos, forjaron hijos amistosos, francos, amables, encantadores, pero privados de lo que se necesita tener para enfrentarse a los retos que es necesario vencer a fin de tener éxito en esta sociedad nuestra. Convendría agregar a nuestra orientación para la educación de los niños el hecho de que tal vez sea más importante para el padre y la madre mostrarse verdaderamente francos, absolutamente honrados en lo que a sentimientos se refiere, que proceder en todo momento con amor y tolerancia.

Pero hay elementos que deberán entender los padres: debe existir una relación muy estrecha y consistente entre la madre en los primeros uno o dos años de vida. En esta época cualquier separación por breve que sea, es extremadamente traumática para el niño. Después de los primeros años el niño necesita separarse e individualizarse de su madre y sentir con toda claridad la diferencia que existe entre sus necesidades y deseos y los de su madre. La madre no sólo debe dejarlo separarse de ella tanto como sea posible de acuerdo con su edad, sino que debe presentarse a sí misma como una personalidad propia, con sus necesidades “egoístas”, y no sólo como extensión del niño al que deberá satisfacer sus necesidades. Se busca la autenticidad de los padres, no a crear padres fanáticos de la disciplina. Que entiendan de que pueden estar haciéndole más daño al no ser auténtico.

Finalmente les diré que la idea sobre la educación de los niños debe variar de un niño a otro, así como de unos padres a otros. Una cosa a la que ustedes los padres jamás deben renunciar a favor de otra persona, es su autonomía, su absoluta responsabilidad por su propia vida y la vida de su hijo; sus decisiones, su derecho a equivocarse, su iniciativa a amoldarse.

 
 
Fuente: Texto enviado por el autor, desde Cárdenas, Tabasco