| Madre
mía,
tu sonrisa eterna,
ilumina la noche y el día;
tu andar,
las huellas de mi vida.
Una
de tantas tradiciones mexicanas, es la celebración
del día de las madres, un acontecimiento social; eminentemente
familiar. Así es, en el calendario, se ha dispuesto
el 10 de mayo, para honrar a las Madres, día ideal,
para la unión y la convivencia, en torno a la mujer,
cuya vida crea vida. Dicha fecha es un pretexto social y comercial,
casi intencionado por el ambiente, pero no condicionado, para
expresar con libertad y sinceridad los sentimientos, a ese
ser invaluable, a quien se le debe la vida.
La
generosidad de la creación, ha dispuesto para la
especie humana, un vínculo afectivo indisoluble,
entre madres e hijos; es tal, el poder del apego a su
existencia, que el hombre a cualquier edad, siente en la mirada
de mamá, la luz que ilumina su andar; percibe en su
voz, la caricia al oído y el consejo en el momento
preciso; su intuición indescriptible, no se equivoca,
tiene la sensibilidad a flor de piel y coraje para defender
a sus críos.
Una
Madre, es símbolo eterno de protección,
ayuda, compañía; consagra su ser a los hijos,
entrega en todo momento, trabajo y tiempo a las actividades
del hogar. Ningún otro ser humano, podrá sustituir
la imagen dulce, ni el calor de su regazo, mucho menos,
el aroma de sus senos; ella representa un oasis: se puede llegar
sediento de afecto, buscando alegría, olvidando algún
dolor, llorar sobre sus hombros o simplemente, para encontrar
regocijo, con sólo mirarle el rostro.
Elogiar
las cualidades o reconocer sus aptitudes, no requiere de
pruebas especializadas, es suficiente, su presencia para
admirar sus fortalezas; cuando deja de estar físicamente,
su recuerdo aviva, todas sus virtudes; por eso, en vida, debe
recibir todo cuanto pueda recibir; después, las
flores por muy frescas que parezcan, no rociarán la
fragancia a sus manos.
¡Qué lindas mujeres! Dios las bendijo con la
maternidad, ellas merecen respeto las 24 horas del día,
no importa la fecha o el mes, para halagarlas, cada instante
de su existencia y en cada etapa de su vida, Mamá añora
la felicidad para sus vástagos; su generosidad florece en
todas las estaciones del año y su amor no se extingue,
aunque el fuego del coraje encienda su temperamento, ella –con
inteligencia- calma la tempestad de sus regaños para
convertirlos en sutiles caricias.
A
través de estas líneas, envío cariñosamente
a esas valientes mujeres, mi respeto y admiración por
siempre.
A mi Señora
Madre, mi gratitud.
¡Felicidades
a todas las Madres!
San
Francisco de Campeche, Cam. 7 de mayo de 2008. |