| La
sociedad está cambiando a pasos agigantados, el acceso
a nuevas tecnologías de la información en la comunicación,
la globalización, la interculturalidad, así como,
los cambios en la estructura familiar y su dinámica,
hacen más compleja las exigencias en esta época.
Por una parte, el desarrollo de la humanidad, está resintiendo
el efecto de esas condiciones en su evolución, la influencia
nociva de patrones y estímulos plagados de comportamientos
agresivos; por otra, la función educativa de la familia,
paulatinamente está debilitando sus vínculos afectivos,
para dar paso a otras formas de socialización y estilos
de comunicación. La situación es preocupante.
Ante esa realidad, ¿Y la educación hacia dónde
dirige su intencionalidad? ¿Cómo participa la
escuela ante esos fenómenos sociales?
Hace
unas semanas -a través de internet- tuve oportunidad
de escuchar y ver a un grupo de intelectuales, destacados por
sus aportaciones a la psicología y a la educación;
personajes como Daniel Goleman, Linda Darling Hamond, Linda
Lantieri y Álvaro Marchesi junto con el Dalai Lama (Tenzín
Gyatso), compartieron sus puntos de vista, acerca de la importancia
de la educación para la formación de los ciudadanos
del siglo XXI. Fue interesante escuchar sus opiniones, apreciar
sus coincidencias respecto a la urgencia de transformar la educación
para formar ciudadanos capaces de afrontar los retos actuales.
Ellos coincidieron en que la educación es la clave, y
los maestros, las personas que a través de su profesión
pueden influir en el desarrollo de las competencias de las nuevas
generaciones de individuos.
Después
de escuchar a ese grupo de investigadores y percibir su preocupación
por la construcción de escuelas con escenarios más
respetuosos, de confianza, no violencia, de paz y amor; en donde
las actitudes positivas, habilidades, emociones y valores de
los profesores sean el principal motor para formar personas
respetuosas de sí mismas, del prójimo, el entorno
familia y el medio ambiente. Ahora, me pregunto ¿Podrá
la educación en Campeche transformarse para formar ciudadanos
que el estado requiere para crecer y progresar? ¿Qué
hacer para rescatar la esencia de la profesión docente
y motivar al Maestro para desarrollar nuevas competencias y
refirmar sus valores?
En
la medida que cada educador reconozca su labor como valiosa
y necesaria para empezar a construir entornos de convivencia,
acepte su responsabilidad como formador de personas, sea capaz
de enseñar a los alumnos, despertar el deseo de aprender,
sienta compromiso moral y se pregunte ¿Por qué
y para qué educar? ¿Por qué estoy en educación?
¿Cuál es mi misión? ¿Cómo
educo a mis alumnos y a mis hijos? ¿Cómo me veo
en esta profesión?
Cuando
el maestro se autoreconozca como la persona, cuya profesión
es indispensable en la vida de otras personas; esté consciente
de su misión, cómo ésta tiene una gran
relación con las posibilidades de cambio de su comunidad,
sus hijos y su estado… cuando esas actitudes y pensamientos
impulsen a los maestros cambiar para mejorar la calidad de la
educación, sólo entonces se sentirán orgullosos
de su profesión.
Este
es momento de renovar los valores éticos de la profesión
y transformar las creencias, costumbres y prácticas pasivas,
por la cultura del mejoramiento profesional y la trascendencia.
Ya lo decía Kant “Tan sólo por la educación
puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más
que lo que la educación hace de él”.
San
Francisco de Campeche, Cam. Enero de 2010.
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