El carnaval es una celebración de antaño, fiesta popular de colores, magia y fantasía. El calendario anual marca los días de fiesta de la carne, previos a la preparación de la cuaresma; algunos pueblos y ciudades del planeta lucen multicolores formas y creaciones fantásticas. Días de adoración, disfraces y excesos.
Carnavales de siglos anteriores conservan el furor de disfraces y antifaces, noches de diversión se convierten en ríos de gente alegre; prevalecen caretas, plumas, capas, arandelas y coronas, ritmos bullangueros, comparsas coloridas bailan y bailan hasta el cansancio, siguiendo la cadencia de la música de tambores.
Personas animosas de todas las edades, y dispuestas a la invitación, se esmeran en ensayos para afinar coreografías; niñas, jóvenes y adultas, procuran lucir su belleza y elegancia, enfundadas en telas radiantes, la magia de las fiestas carnestolendas corona el júbilo popular. Es un verdadero festín.
Las poblaciones proyectan la fiesta según su presupuesto pues generan gastos, tanto en participantes como en la organización; telas, pinturas, escenografías, botargas, carros alegóricos, trajes de noche, disfraces y demás utilería se cotizan alto durante la temporada. Las comunidades, asociaciones, instituciones y personas que prefieren divertirse durante esos días, preparan el capital para la adquisición y contratación de expertos (maquillistas, modistos, coreógrafos, costureras, entre otros). De acuerdo a su economía, el carnaval muestra la calidad de productos, trajes, espectáculos, artistas y producciones musicales.
Durante los días de la celebración más colorida del año, los bailes expresan toda combinación de movimientos corporales; los disfraces, la representación imaginaria de alguna época de la historia, aunque también, se usan para emular o en forma sarcástica, hacer alusión a alguna figura pública o personaje. Debajo de los ropajes, mujeres y hombres – de todas las edades- se atreven a esconder el rostro y alguna parte del cuerpo, con vistosos modelos, producto del ingenio de diseñadores y modistas. Así, se aprecian bordados brillantes, pedrería, telas transparentes, plumas, sombreros, coronas, tocados, capas, penachos, entre tantos estilos de vestuario, confeccionados por manos creativas de los artesanos de la tela y reyes de las tijeras.
Para ser parte de una comparsa, participar el sábado de bando, disfrazarse o ser espectador en los paseos, tiene su precio. Una forma citadina de divertirse consiste en acudir a festivales de coronación, conciertos y shows de cómicos, que en la mayoría de los casos, de humor blanco pasan a la vulgaridad, sin respetar al público familiar.
En los últimos lustros, el carnaval resulta más rimbombante. A diferencia del siglo pasado, el gusto del público y el estilo de los participantes está metalizado. Por ejemplo, hace 50 años, en la población de Bécal, el escenario para la coronación de los reyes, se decoró con palmas de huano y coco, papel crepé, tarima de madera; el lugar fue el palacio municipal. Durante el sábado de bando, el paseo era a pie y en vehículos motorizados de los ricos del pueblo, la tarde-noche se convertía en elegante vaquería; las comparsas recorrían calles y hogares, música viva; máscaras y disfraces durante los bailes del domingo y lunes. Para terminar, el martes de carnaval, la pintadera y la batalla de flores; por la noche, las cortes reales lucían una vez más, los trajes de gala para después tirar batalla, dulces y confeti.
En los municipios campechanos, la algarabía sigue viva, las estudiantinas de antaño ahora son grupos de bailarines con música grabada, arreglos masterizados; el vestuario con tela de tafeta, lentejuelas, plumas pasaron de ser modelos sencillos en guardarropas estilizados según el tema y ritmo del baile, reinas y princesas elegantes, se convierten en modelos de diseñadores, destaca el alto peinado, maquillaje de fantasía y cuadros de bailarines con costosas producciones de sonido e iluminación. Los conjuntos y orquestas locales dejaron de ser contratados, para beneficiar a promotoras artísticas o firmar contratos con marcas comerciales. Los tiempos han cambiado.
Desde siglos pasados, el carnaval de Campeche es singular, su distintivo está en la infinidad de actividades; lo valioso de esa tradición popular, no radica, en la contratación del artista de moda, sino en el júbilo para participar con entusiasmo en las comparsas, veladas de coronación de los reyes, bailes y espectáculos para todo el público.
Una fiesta popular, pieza del patrimonio inmaterial; tiempo de entretenimiento familiar y convivencia social. ¡Viva la alegría y el color del carnaval!
San Francisco de Campeche, Cam., 25 de febrero de 2014. |