Durante estos días, colorido y alegría inundan buena parte de ciudades y pueblos campechanos, el carnaval es la fiesta de la magia, lentejuelas, reinas, comparsas y excesos. Desde hace varias centurias, es la celebración heredada entre generaciones y familias.
Algunos cronistas municipales resguardan celosamente en fotografías y archivos, la remembranza de esos festejos dedicados a Momo, si bien, con el paso de los años, sólo quedan memorias impresas o grabadas, son los recuerdos de reyes y princesas carnestolendas quienes comparten sus testimonios orales para reconstruir aquellas noches bullangueras, con ritmos caribeños y vestuarios de plumaje abundante, luciendo en las sienes la corona, y en las manos, el cetro, imponiendo la autoridad para la diversión.
Horas agotadoras de numerosos ensayos, ritmos, coreografías, pruebas de vestuario, maquillaje de fantasía, accesorios para una cortísima espera la presentación en el escenario. El preludio se disipa largamente, llegó el momento de salir a la pista… ¿Quiénes se divierten durante el carnaval? ¿Serán los pobladores, bailarines, los reyes y su corte? ¿Acaso los organizadores? ¿Toda la sociedad o sólo los que participan en el bando, paseos o comparsas? Estoy segura que no todos se divierten durante esos días.
En algunas familias, los hijos a temprana edad, participan ya sea por el gusto de los padres, la tradición familiar, por invitación escolar o de algún grupo infantil, así la inocencia de los chiquillos se esconde debajo de una botarga y su tierna sonrisa se cubre con una máscara. No se diga de los más grandecitos: lucen leotardos, sombreros, arandelas, guantes, todo lo necesario según el compás musical o la temática de la corte. Llegada la adolescencia, –aunque con cierta resistencia y vergüenza- siguen participando. Al llegar a la juventud, el entusiasmo se desborda, la energía durante extenuantes y madrugadoras horas de ensayo no parece extinguirse; ya con mejores habilidades dancísticas, la lozanía en el rostro y las figuras femeninas hacen gala de la perfección del cuerpo. ¡Hay que lucir las piernas torneadas, el brillo labial, las pestañas postizas, la cintura..! ¡Oh maravillosa juventud! Y como adultos mayores, la alegría continúa –la vida es un carnaval- (cantaba Celia Cruz).
El carnaval de ahora es diferente al antaño. En buena parte de los municipios de la entidad, las veladas de coronación de los reyes sigue siendo el evento esperado por la mayoría de las familias; el corso infantil luce pletórico de creatividad, los pequeñines (acompañados por familiares o maestros) ya sea caminando, en triciclos, carriolas o plataformas adornan el paseo.
Y para los “grandes”, diversión a gran escala durante la tarde noche del “sábado de bando”, algunos abusando de las bebidas embriagantes, luciendo burlescos, con vestidos de la hermana, zapatillas de mamá y rebozos de la abuela, salen a la calle con vestimentas de mujer, como si fuera el disfraz más ocurrente. Con todo respeto, los huipiles, ternos, sayas y batas bordadas son parte de la prenda típica de la mujer campechana, de ninguna manera es una disfraz. Nadie de disfraza de campechana. La noche de vaquería y lunes de algarabía son para revivir nuestro origen, bailando los ritmos de la jarana y un armónico danzón, portando con elegancia el traje regional sin antifaces. Así, los varones que se visten de mestizas o campechanas, agravian la dignidad femenina y el traje regional.
En los últimos años, el precio del vestuario de reyes y bailarines va en aumento, la producción musical de la comparsa, el trabajo de los diseñadores se cotiza cada vez más. Aunque es una celebración anual, es el tiempo sin restricciones para la expresión artística, multifacética, luminosa, de mayor gasto familiar y del erario de los ayuntamientos. ¿Quién paga la renta de vehículos, traslado de artistas, contratos de equipos de sonido, préstamo de mobiliario y todo lo necesario mientras dura el carnaval? Al término de tanta bulla, ¿quién informa a los contribuyentes o a la sociedad en general de cuánto se gastó, cuánto aportaron los patrocinadores y cuánto se recaudó por los eventos realizados?
Los carnavales de ayer quedaron grabados en la memoria de los participantes, ya sea como integrante de una comparsa, coreógrafo, músico, modisto, estilista; también en los de hoy, pues cada uno con su talento contribuye a que la magia del color y la brillantez de la alegría no desaparezcan mientras perdura la fiesta de la carne. No obstante, los músicos, orquesta y cantantes ya no son cien por ciento locales pues se contrata a foráneos, la autoridad en turno paga cantidades onerosas a las empresas y representantes de artistas extranjeros.
El carnaval ha perdido su esencia comunitaria y de convivencia social, pues pareciera que traer al cantante del momento distrae, se olvidan temporalmente de los problemas como el deterioro lamentable de las calles de la ciudad o los organizadores creen que desaparece la incapacidad de los empleados municipales para brindar servicios de calidad a los habitantes que son el corazón de los pueblos.
Días de diversión, noches de algarabía. Que el entusiasmo de la gente perdure después del carnaval y en todo momento para contagiar a los vecinos, familiares y compañeros de trabajo a no tirar basura en la calle, en los camellones ni en la puerta de sus predios. Que la alegría de niños, jovencitos y adultos contagie a sus padres, familiares y maestros a sonreír y ser ejemplo de buenos modales; que los reyes y reinas con su simpatía encabecen una cruzada de apego a nuestro Campeche, porque si los que nacimos y vivimos en este rincón peninsular, destruimos la riqueza que heredamos, ¿qué dejaremos a los hijos de nuestros hijos? ¿Vivirán ellos las fiestas tradicionales o simplemente sabrán a través de libros y fotografías?
El carnaval es una de las fiestas tradicionales más coloridas, el esplendor de antaño se asoma al ocaso para dar paso a la producción escénica y a la competitividad de artistas y creadores. Disfrutar la celebración, participar y convivir pacíficamente enaltece el folclor y la algarabía popular.
San Francisco de Campeche, Cam. 7 de febrero de 2015. |