Tardes ruborizadas de mayo,
arrebatan los cánticos a María,
del pecho de sus devotas,
oraciones el aire lleva.
Es mayo, mes de María
–decía la abuela Anita–
por las calles empedradas,
el incienso y las banderolas
anuncian el cortejo;
feligreses y socias,
madrinas de estandartes
y niños de mirada angelical
caminan rumbo al templo.
Huele la tarde a azahares,
copas de flores perfuman
el sendero que al altar
adornan blancura.
Abre sus puertas la iglesia,
decenas de voces entonan
misterios y alabanzas marianas.
Desde el campanario,
surca por el viento
el llamado a los creyentes,
cobijados por el ocaso
acuden puntuales al altar.
Con las manos entrelazadas,
las cuentas del santo rosario
y los misterios,
desvanecen las plegarias,
Padre Nuestro y la cadena de Aves Marías,
deshilande las fibras espirituales.
Devoción y fe emanan de los labios,
entre pétalos emana el amor virginal,
su dulce mirada bendice a sus siervos,
con su manto cobija,
y su imagen amorosa,
obsequia destellos de confianza.
¡Santísima María!
Claman en coro los fieles,
entre vivas y voladores,
desbordan las rogativas,
renace la fe y la alegría…
Madre intercesora del perdón,
protectora de los hijos,
sé luz en las tinieblas,
bendición al despertar,
reina por siempre en los corazones.
Santísima Natividad de María,
cubre con tu manto al pueblo,
bendice esta tierra mía.
26.05.2019 |